Dialéctica en torno al asedio de Castelnuovo en 1539

 «Y el maestro de campo consultó con todos los capitanes, y los capitanes con sus officiales, y se resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de su Maestà y que viniessen quando quisiessen»

Francisco Sarmiento a Barbarroja, según el testimonio de Juan de Alcaraz y Juan de Tapia «cabos desquadra de la compañía del capitán Juan Vizcayno», hecho el 4 de septiembre de 1539

En julio de 1539 la armada del Gran Señor Turco capitaneada por Barbarroja se plantaba ante Castilnovo o Castelnuovo, [hoy Herceg Novi, Montenegro] plaza fuerte conquistada el año anterior por una armada conjunta hispano-veneciana y custodiada entonces por tropas de infantería española. 


Infantería española en la jornada de Túnez, cuatro años del desastre o gesta de los de Sarmiento en Castelnuovo. Cartón de Jan Cornelisz Vermeyen. KHM Wien.


Al mando de ellas estaba el maese de campo Francisco Sarmiento, que había sido maestre de campo del tercio de Florencia, unidad que aportaba seis compañías al total de quince de la “nueva unidad” que con 2500 hombres formaba el presidio de la plaza costera adriática. 

Además había unos 120 «capeletes» griegos y albaneses, caballería ligera balcánica que servía a Carlos V desde - en algunos casos - la toma de Corón en 1532. Junto a la guarnición había varios cientos de mujeres y mozos, así como clérigos y antiguos vecinos “griegos” de la ciudad.

Como era costumbre en los asedios de la época, Barbarroja intentó que la plaza se rindiese por pactos, para lo cual un renegado español se aproximó a los muros de la ciudad con una carta en la que el general-corsario requirió  a Sarmiento «que dexasse la tierra al turco y que le darían passaje con naves araguseas para venir en Pulla, y a los soldados, XX ducados a cada uno, y que llevassen sus banderas desplegadas y su ropa, excepto el artillería y muniçiones». La oferta era muy generosa, pero Sarmiento proporcionó la respuesta mencionada.

Se podría pensar que esta elaborada respuesta debió ser creada a posteriori por algún cronista que glosase la hazaña de los defensores de Castelnovo, pero se recoge del testimonio de Juan de Alcaraz y Juan de Tapia «cabos desquadra de la compañía del capitán Juan Vizcayno», los cuales, según el virrey de Nápoles don Pedro de Toledo, eran «conosçidos y buenos soldados y muy antiguos».


En septiembre de 1539 el virrey de Nápoles informaba a Carlos V respecto al fatídico destino sufrido por los defensores de Castelnuovo, y recogía que la declaración en forma de testimonio que adjuntaba la habían realizado: «La particularidad de la perdida de castilnovo mandara v·mt entender por vna particular dipusicion q va con esta de dos soldados cabos desquadra dela compª de Jºn vizcayno q se rescataron en ragusa q son conosçidos y buenos soldados y muy antiguos».


Ambos soldados hicieron su declaración jurada el 4 de septiembre de 1539, después de haberse rescatado tras ser apresados al caer la plaza el 7 de agosto, y en dicha «deposicion» no se aprecian florituras estilísticas ni recursos narrativos propios de la literatura de avisos.

Además de los testimonios de Tapia y Alcaraz, tenemos la de un esclavo cristiano de la armada turca que pudo huir hasta Venecia y narrar el suceso desde el punto de vista otomano. Según este esclavo Barbarroja abroncó a los hombres que habían desembarcado antes de su llegada.


Esclavos de una galera durante la jornada de Túnez en 1535. En este caso, se trata de esclavos de la galera capitana de Andrea Doria. Además de llevar las barbas rapadas y el pelo casi rapado, a algunos de los esclavos de este cartón se les puede ver el hierro marcado en la cara que los identifica como propiedad del dueño de la galera. Cartón nº3 de la serie sobre la conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen titulado "Desembarco en La Goleta". KHM Wien.

n actuando como si estuvieran saqueando pueblos de Calabria, obviando que tenían delante a soldados que eran «los mejores q tiene el emperador carlos en todos sus reynos [...] los q tomaron preso al papa y rrey de françia y los q prendieron a coron y me echaron de tunez» 

Esta valoración no es inverosímil, pues la avanguardia turca había sufrido un par de reveses antes de llegar Barbarroja: «echaron en tierra hasta mill hombres [y los nuestros] diéronles dos buenas cargas que los hizieron embarcar con haver muerto muchos, y prendieron XVIII turcos»

El halago a las tropas españolas puesto en boca de Barbarroja no es más que un consejo de buen capitán: sus hombres debían ser cuidadosos en los enfrentamientos con los españoles porque eran soldados veteranos que les podían dar más de un quebradero de cabeza.

García Cerezeda, que escribió años más tarde en calidad de cronista soldado, recoge que Sarmiento tuvo consejo con sus capitanes y los demás oficiales y acordaron «de no se rendir, sí morir defendiendo la tierra en servicio de Dios é del Emperador».

Cerezeda escribió a partir de 1545, seguramente habiendo podido tener noticia de alguno de los 25 españoles cautivos que lograron apresar una galeota en Constantinopla y llegar al puerto de Mesina el 25 de junio de 1545.

El soldado cronista informa de la respuesta de Sarmiento: «que él no se pensaba rendir por cosa alguna, antes pensaba morir con toda la gente defendiéndole la tierra». Aunque el maestre de campo se dirige al Berlebey y no a Barbarroja.

Pero es Barbarroja quien quiere parlamentar con Sarmiento, que aventura una trampa en su invitación a reunirse con el corsario «vecino de la muralla». El maese de campo enviará, no obstante, a su alférez a hablar con el general otomano que le pregunta:.

«¿Por qué no os queréis rendir? dejad esta palomera á su señor. ¿Qué quiere hacer della el Emperador vuestro señor? ¿qué renta le ha de venir della? Dexalda á cuya es porque yo os prometo mi palabra que más ha de hacer por ella el gran señor que haria por Constantinopla».

Castelnuovo es un “palomar” en palabras de Barbarroja, una plaza inútil alejada de Sicilia y Nápoles que Carlos V no necesita y a la que no tiene derecho. En cambio, Solimán, señor de Grecia, es su soberano natural, y por ello cuidará del enclave como si fuera la propia Constantinopla.


Castelnovo, el palomar que defendieron los de Sarmiento. Manuel Fernández Álvarez en su artículo "La gesta de Castelnuovo" en la extinta revista Historia 16, sugiere que la presencia española en esta plaza importaba a Carlos V como posible plataforma para una ambiciosa empresa contra Constantinopla.


El alférez Garci Méndez responde a Barbarroja como rey de Argel: «Vuestra alteza sepa que yo no osaré decir á mi Maese de campo la cosa del rendir, porque pienso que por ello me matara ni menos él lo osará decir á los soldados, porque pienso lo mesmo harian con él».

Garci Méndez vuelve a Castelnuovo, donde transmite la exigencia de Barbarroja al maestro de campo, capitanes y gente, los cuales persisten «en defender la tierra ó morir en ella», pero se produce una última entrevista. En ella Barbarroja insiste en la rendición.

Garci Méndez responde al general corsario: 

«ya que nos rendiésemos ¿dónde habíamos de ir sino es á Italia? Ya vuestra alteza sabe que no es nuestra patria, y allí no nos querrán acoger por hombres de poco valor; y si fuésemos a España, nuestros padres e parientes nos abrusarian por habernos rendido».

No es posible, pues, la rendición, porque la sociedad no lo permitiría, llegando sus padres y familiares - según el alférez - a “abrusarlos” - un italianismo que significa quemarlos - en caso de que se rendiesen.

Según Cerezeda, Barbarroja transmite al alférez del maestre de campo Francisco Sarmiento su pesar porque sabe con certeza «que vos habéis de perder». El día 24 de julio «vigilia del glorioso apóstol Santiago», las tres batería de artillería comienzan a batir la plaza.

Llegando a disparar 12.553 pelotas «á los seis de Agosto estaba el castillo é casa-mata y muros de la tierra tan llanos como la campaña de fuera». Ese día dan un asalto general turcos, jenízaros y morlacos. 


Artillería otomana. Cartón nº8 de la serie sobre la conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen titulado "Batalla en los pozos de Túnez". KHM Wien.


El día 7 de agosto, quedando la plaza como último reducto «los turcos entraron tres vezes en la plaça y otras tantas fueron rebotados della por los christianos», pero la mayoría de defensores que quedaban en pie, incluendo al maestre de campo Sarmiento sucumbieron en el ataque. 

Aunque el discurso de Cerezeda está bien construido para sostener la narrativa de su crónica, los testimonios de Tapia y Alcaraz y del esclavo cristiano huido parecen apoyar lo que escribe el cronista, sino palabra por palabra, al menos, sí en el fondo. 

Había una ética en la resistencia a ultranza fruto del antagonismo entre musulmanes y cristianos, entre otomanos y españoles. Las normas de la guerra eran otras: se cortaban cabezas y se hacían esclavos, y la rendición era menos atractiva quedando en manos de un enemigo “cruel”.


La caza de cabezas la practicaron españoles y turcos en las guerras que sostuvieron. En esta escena, dos turcos presentan las cabezas de sendos españoles - o italianos - durante la jornada de Túnez. Estas y otras prácticas indican una guerra sin cuartel, muy diferente de la lógica habitual que imperaba en las Guerras Italianas, donde el rendido podía esperar merced y destinos más atractivos como la liberación o el rescate en lugar del cautiverio o de la esclavitud. Cartón nº6 de la serie sobre la conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen titulado "Salida del enemigo de La Goleta". KHM Wien.


Pero también la rendición era considerada más deshonrosa. Si se perdía una plaza a manos del rey de Francia en el Piamonte, era poco más que un intercambio habitual en el juego dinástico de sus monarcas, algo que se podía compensar fácilmente. 

En cambio, perder una plaza frente a un enemigo musulmán, fuera realmente estratégica o no, podía ser visto como una pérdida para la cristiandad, algo menos llevadero para quién protagonizara su entrega. La pérdida de Argel en 1516 supuso un duro golpe a sus protagonistas.

La oferta de Barbarroja era muy generosa: salida con banderas desplegadas, transporte en naves hasta Nápoles y algo insólito - al menos en las guerras italianas - que los soldados recibiesen 20 ducados cada uno. 

Pero también cabe tener en cuenta una cosa. Si los soldados tenían noticia de como había sido tomada Mahón por el propio Barbarroja en septiembre de 1535, no podían confiar en que el rey de Argel cumpliera su palabra una vez rendida la plaza.

Esto último, que no entra en la narrativa clásica de la pérdida de Castelnuovo, es algo a tener en cuenta: ¿por qué fiarse de la palabra de un hombre que había esclavizado a toda una ciudad cuatro años antes? 

Es probable que los españoles escogieran no rendirse antes que ser esclavos.


Capeletes griegos y albaneses al servicio de Carlos V. El caso de los estradiotes de Corón [1532-1539]

 Los estradiotes - soldados de caballería ligera balcánica - eran bastante populares en Italia a finales del siglo XV. El ejército de los Reyes Católicos a cargo del Gran Capitán los empleó, y en la batalla de Ceriñola había un contingente de al menos cincuenta estradiotes que sirvieron junto a los jinetes españoles. La monta a la estradiota se trajo a la península ibérica y hasta hubo tres compañías de estradiotes españoles en el ejército imperial en Lombardía en la época de Pavía [1525].


Compañías de capeletes greco-albaneses del capitán Lázaro Siraco durante la jornada de Túnez en 1535. Cartón nº8 de la serie de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez titulado Batalla en los pozos de Túnez, detalle KHM Wien


Más allá de la adopción, ciertamente tímida, de esta escuela de monta y combate, los ejércitos al servicio del rey de España continuaron reclutando estradiotes para sus empresas militares. 

El caso de los «capeletes» de Corón resulta paradigmático.

Los estradiotes coroneses habían servido a la Señoría de Venecia hasta que la plaza fue conquistada por Bayaceto en 1500. Caída la plaza muchos continuaron en servicio veneciano formando parte de las guarniciones que la Señoría en el Mediterráneo e incluso embarcándose en armadas.


Estradiotes al servicio de los estados italianos que combatieron al ejército de Carlos VIII de Francia en la batalla de Fornovo en 1495 cargan y ahuyentan a los hombres de armas franceses. Podemos ver que los estradiotes llevan sombreros altos en la cabeza y la mayoría se protege con camisas o cotas de malla. Aquí aparecen armados con espadas curvas, del tipo cimitarra, aunque podemos ver a uno de ellos cargando con lanza y protegiéndose con el escudo curvo que los españoles llamarían «tablachina», en ocasiones llamado también «targa».


En 1532, tras la conquista de la ciudad griega de Corón por parte de una armada imperial capitaneada por Andrea Doria, la plaza quedó a cargo del maestre de campo Jerónimo de Mendoza al mando de 9 compañías de infantería española. Pero este contingente no tenía caballeria. Estaban en el Peloponeso en una zona controlada por el «famulario de la Morea», gobernador de la provincia o reino de Morea en nombre del Gran Señor Solimán. Así pues, cada vez que tenían que realizar alguna salida debían contar con caballería local.

Esta caballería local eran estradiotes, llamados por los españoles «capeletes» por los altos sombreros típicos de los albaneses. En 1532 los coroneos - griegos y albaneses - se emplearon al servicio de Carlos V como estradiotes que complementaban las tropas de infantería española.

Tres caballeros albaneses de mediados de siglo XVI, según recoge el Códice de trajes de 1547 que se conserva en la Biblioteca Nacional de España.  


Cabe tener en cuenta que buena parte del enorme poderío turco se basaba en su caballería, tanto regular como irregular. Las compañías de estradiotes eran pequeñas, de entre 20 y 30 hombres, que servían en labores de información, exploración y escolta.

El capitán Lazaro Siraco, por ejemplo, partió en enero de 1533 a «tomar lengua», capturando dos turcos, un «subasçi» y un jenízaro. Estos informaron de los movimientos de tropas de los «sanjacos» de la Morea y Negroponte que con sus tropas destruían los molinos de los pueblos griegos donde se hacía la molienda del grano que alimentaba a Corón. 

Imágenes del Der Weiss Kunig, una obra de elogio a la figura del emperador Maximiliano I. En esta escena podemos ver a caballería turca - izquierda - cargando sobre soldados de caballería ligera europea. Era esta caballería turca la que podía estorbar los movimientos de las tropas españolas alrededor de Corón, y sobre todo, estorbar el abastecimiento de la plaza del Peloponeso, cortando caminos y saqueando pueblos cercanos donde se obtenía la cosecha o se molía el grano.


Tras socorrer la plaza en agosto de 1533, Andrea Doria dejó 3 compañías de caballos ligeros españoles. Pero siguieron sirviendo en la plaza 5 compañías de estradiotes albaneses y dos de estradiotes griegos. 

En enero de 1534 Machicao, maestre de campo y gobernador de la plaza, decidió emprender la infausta jornada de Andrusa en que perdería la vida junto a 118 compañeros. En la retirada «se señalaron el capitán Lázaro y el capitán Barbate, con los turcos que venian á caballo» que persiguían a los cristianos que se retiraban a Corón. En marzo de 1534 se ordenó evacuar la ciudad del Peloponeso. Aparte de la guarnición española, sus mozos, mujeres y clérigos, se invitó a los pobladores de Corón a trasladarse a tierras del rey de España en Italia.

Muchos de ellos se instalaron en el reino de Nápoles y en 1536 Carlos V les otorgó un estatus especial, con exención de impuestos y otras franquezas. En 1535 durante la jornada de Túnez los capeletes tuvieron la oportunidad de participar en un empresa junto a su nuevo señor. 

El 21 de junio desembarcaban para participar en el asedio de La Goleta. Según Sandoval los capeletes era  «albaneses de su naturaleza, y la lengua que hablan es griega». Es probable que el cronista mezclase ambas comunidades que tendían a servir conjuntamente.


Los estradiotes usaban la lanza como arma principal y la podían acompañar de un escudo, similar a la tablachina húngara. En este caso, vemos a uno de los capeletes con un escudo embrazado que asemeja una adarga. Compañías de capeletes greco-albaneses del capitán Lázaro Siraco durante la jornada de Túnez en 1535. Cartón nº4 de la serie de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez titulado Ataque a la Goleta o Escaramuzas en Cabo Cartago, detalle KHM Wien


En los reinos de Nápoles y Sicilia se habían establecido, siendo reconocidos con sus privilegios como «los griegos y albaneses de Corón habitantes en esse nuestro reyno», aunque no todos eran estradiotes, pues había muchos exiliados civiles, hasta cerca de cinco mil.

Entre los participantes en la jornada de Túnez se destacó el capitán Lázaro Siraco que entró en una escaramuza «con sus capeletes albaneses [...] y peleó bien». El capitán Lázaro combatió en Italia y se distinguió combatiendo contra los franceses en 1537.


Compañías de capeletes greco-albaneses del capitán Lázaro Siraco durante la jornada de Túnez en 1535. Tapiz nº8 de la serie basada en los cartones de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez titulado Ataque a la Goleta, detalle. Patrimonio Nacional


Según Sandoval llevaban «lanza y ristre de armas, con maza de hierro; arman el cuerpo con coselete de enristre y brazales; la cabeza, descubierta. Algunos traen cotas de malla». Esta armadura, aunque ligera, les daba más protección que la mayoría de guerreros turcos o árabes.

Por la iconografía sabemos que, además, solían usar escudos recogidos similares a las «tablachinas» húngaras, montando con silla estradiota de estribos largos, estando la estradiota a caballo entre la monta a la jineta española y la de los hombres de armas.

Los capeletes griegos y albaneses llegaron a embarcarse en la armada que ganaría Castelnuovo en 1538, y en esa plaza se quedaron de guarnición.El capitán Lázaro quedó con 40 hombres «cavallos ligeros», todos «griegos y albaneses praticos y experimentados en la guerra».

Además gobernaba a otro tanto número de hombres que habían servido como caballos ligeros, pero que en ese momento estaban descabalgados y servían a pie, seguramente por no haber tenido la posibilidad de embarcar sus monturas en las naves de la armada.

Además había otros cinco capitanes con unos 25 hombres cada uno «griegos y albaneses aventureros», que no tenían sueldo, pero sí ración en la plaza. Los estradiotes combatieron a los turcos que asediaron la plaza en el verano de 1539.

Sandoval recoge que en Castelnuovo había «ciento y cinquenta capeletes de cauallo con el capitán Lazaro de Coron, y otros muchos griegos, con el cauallero George y con Andres Escrapula y otros capitanes, y todos gente que tenia honra».


Compañías de capeletes greco-albaneses del capitán Lázaro Siraco durante la jornada de Túnez en 1535. Cartón nº4 de la serie de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez titulado Ataque a la Goleta o Escaramuzas en Cabo Cartago, detalle KHM Wien


Tenemos noticia del destino de algunos de estos capitanes tras caer la plaza: «Dizen que el capitán Lázaro estava en su posada malherido y que no le mataron a él y al capitán Andrés y al cavallero George y al capitán Paulo, que todos estavan heridos y que los llevaron al turco».

En 1563 los griegos y albaneses de Corón del reino de Nápoles aún recordaban en un memorial presentado a Felipe II los servicios hechos por sus antepasados en la guerra contra el turco:

 «que dichos griegos coroneses sirvieron fidelíssimamente en la empressa y defensión de dicha ciudad derramando mucha sangre, moriendo en dicho assedio por servicio de la fee christiana y de su Majestad más de dos mil coroneses y continuando dichos servicios dexaron su patria y sus haziendas [...] se vinieron en dicho reyno de Nápoles con la armada de su Majestad, donde y en otras partes han servido en todas las guerras passadas con grande estento, fatiga y espesa». 

Como tantas otras comunidades, parte de los coroneos hicieron del servicio militar su modo de vida, facilitando su incorporación a la sociedad de acogida.


Enrique II de Navarra, capitán de hombres de armas de Francisco I de Francia, capturado en la batalla de Pavía

El 24 de febrero de 1525 en la batalla de Pavía era capturado «el Rey de Navarra», o, como un prudente abad de Nájera, comisario del ejército imperial en Lombardía llamó al escribir a Carlos V, «El que dizen Rey de Navarra», en tanto la titularidad de ese reino estaba disputada.

Henri d'Albret, rey de Navarra (1517-1555), Folio 2 de la Initiatoire instruction en la religion chrestienne pour les enffans atribuido Wurttemburg a Johann Brenz (b. 1499-d. 1570), Library of the Arsenal, MS 5096


Carlos I de España era rey de la alta Navarra conquistada en 1512 por su abuelo Fernando y el otro rey de Navarra, «le prince dom Henrique» - don Enrique de Labrit, nacido en Sangüesa en 1503 - era lo que la historiografía contemporánea acabaría denominando rey de la Baja Navarra.

Enrique II de Navarra, pues, a punto de cumplir 22 años, fue capturado junto a Francisco I en una batalla por el control del ducado de Milán, bastante lejos de su reino pirenaico. Ya en el verano de 1521 tras la derrota de Noáin sufrida por el ejército de Francisco I a cargo de André de Foix, «sieur d’Asparros», gobernador de Guyena, Enrique II de Navarra, además de lamentarse de la derrota sufrida por el ejército del rey de Francia - «à l’armée qui estoit en mon Royaulme» - le recordaba a Francisco I las ocasiones en que le había escrito y suplicado que le concediese  el cargo de una capitanía de 100 hombres de armas. Por aquel entonces, el joven rey Enrique, que se hallaba en Salvatierra - Sauvaterre de Bearn - tenía solo 18 años, pero Francisco I de Francia había combatido ya con 19 en Marignano; la edad no era un problema.

Francisco I de Francia combate en la batalla de Marignano [13-14 de septiembre de 1515] a la edad de 19 años


El 18 de octubre de 1521 Enrique II estaba en el campo del almirante Bonnivet que capturaba Fuenterrabía y de nuevo solicitaba al rey que meditase acerca de emplearle en su servicio, en lo cual aseguraba que no reservaría ni su persona ni sus bienes.

El 28 de abril de 1523 el rey de Navarra era ya capitán de una de las compañías de ordenanza del rey de Francia, teniendo a su cargo 100 hombres de armas y 200 «archiers» o «archeros». Su compañía tenía una estructura idéntica a las del mariscal Montmorency o del duque de Alençon.

«Recueil de Montres des Compagnies d'Hommes d'armes des Ordonnances du Roy». En este volumen se recogen las muestras de las compañías de hombres de armas del rey de Francia correspondientes a los años 1523-1524, el periodo en que Enrique II de Navarra acompaña a Francisco I para su malograda campaña en Lombardía

Muestra de la compañía de hombres de armas de Enrique II de Navarra como capitán de hombres de armas de Francisco I de Francia, tomada el 28 de abril de 1523.


Como en la compañía del señor Bayart en la del rey de Navarra servían varios «barones», así como bastardos de casas nobles que encontraban en el oficio militar una forma de progresar sin que su ilegitimidad fuera en menoscabo de sus personas, empleando el título de «le Bastard».

Aquí vemos a un hombre de armas de la compañía del rey de Navarra, «le Bastard de Montespay». Los bastardos - hijos ilegítimos de señores más o menos integrados en las estructuras familiares paternas - eran una parte nada desdeñable de las compañías de hombres de armas francesas, como demuestra la muestra de la compañía del señor de Bayard.



En octubre de 1524 el rey de Francia hacía su entrada en el ducado de Milán, dispuesto a reconquistarlo. Francisco I se empeñó en la captura de Pavía para acabar siendo apresado por las tropas imperiales en la batalla homónima el día de San Matías [24 de febrero] de 1525.

Preso el rey de Francia fue trasladado a Madrid, mientras que su capitán el rey de Navarra quedaba preso en Pavía a cargo del marqués de Pescara. El 28 de noviembre de 1525 Juan Bautista Castaldo regresaba de España trasladando las albricias reales por la victoria al marqués. Carlos V le concedía la «talla» o rescate del rey de Navarra a Pescara, tasada en 100.000 ducados. Francisco I tuvo que pagar dos millones y Asparrós, preso en Noáin, fue tasado en 10.500. 

Este sistema de rescates era positivo para los «mosiures» pues valían más vivos que muertos.

Francisco I de Francia capturado en la batalla de Pavía. Tapices sobre la batalla de Pavía conservados en el museo de Capodimonte. La talla o rescate de señores y caballeros era un incentivo para capturarlos con vida y convertirlos en prisioneros; de otro modo, es harto probable que la batalla hubiera sido aún más cruenta. 


El día 2 de diciembre Pescara fallecía. El día de Santa Lucía, 13 de diciembre de 1525, por la noche, el rey de Navarra se fugaba de su prisión en Pavía, según se dijo en primera instancia, junto a sus más de veinte criados y dos alabarderos de los seis que le custodiaban. 

La fuga no se descubrió hasta la mañana siguiente «algo tarde a la ora quel dicho Mosior de Labret se solia leuantar». De inmediato el capitán Nofre del Monte, que tenía a cargo el castillo de Pavía, dio aviso y Antonio de Leyva envió soldados de caballo para perseguirle.

También se dio aviso a toda «la gente de guerra del Exercito». Se decidió apresar a un tal Loaysa, criado del marqués de Pescara, contra el cual había muchas sospechas. El capitán Nofre del Monte acudió a Milán a defender su inocencia, dejando presos en Pavía a varios soldados.

Se hicieron pesquisas y se concluyó que «Mos[iu]r de Labret se salio del Castillo de Pauja por vna escala q hizo y puso vn alabardero delos q le guardaua q le saco y se fue con el / hizo la via del lago mayor por Arona y de alli por el pays de suyços a la buelta de Francia».

Trepada y descuelgue por cuerda de una torre y escalas, fijas y enrrollables. Dibujo del Mittelalterliches Hausbuch von Schloss Wolfegg 


El alabardero que ayudó al rey de Navarra resultó ser un portugués apellidado «Coymbra». Haciendo unos agujeros en su cámara, el rey ascendió a lo alto del castillo desde donde descendió al foso empleando una escala de cuerda. Allí le esperaban cuatro criados de su casa.

El ayudante de cámara del rey permaneció en la estancia de la prisión donde debía dormir el rey, intentando mantener la puerta cerrada lo más que pudo. Se rumoreó que el rey había sobornado a algunos guardias dando un caballo que valía más de 200 escudos. 

En Pavía se capturó a un camarero y un barbero, criados del rey de Navarra, y se pensó enviarlos a España con Del Monte para testificar. En Lombardía se hizo una pesquisa y se concluyó que en el capitán Del Monte no había sino «alguna negligençia y descuydo». 

Como vemos, los presos de renombre no estaban en mazmorras encadenados a pan y agua. Al contrario, ocupaban varias estancias en castillos con buena parte de sus criados, y podían mantener incluso joyas o caballos. De hecho, su manutención solía ser costosa para los captores.

Se daba el caso de que tres días antes de la muerte de Pescara, Nofre del Monte había obtenido su cargo a costa de reemplazar a un tal Clavero. El problema, se concluyó, fue que Nofre del Monte se había confiado en «este Loaysa questa preso», al cual se querían cargar las culpas.

El marqués de Pescara en la batalla de Pavía, equipado como caballo ligero. Tapices sobre la batalla de Pavía conservados en el museo de Capodimonte, detalle.


Sobre Loaysa, Antonio de Leyva le había dicho a Pescara que no convenía que «vn tal prisionero se pusiesse en manos de vn mançebo como este jugador y no muy virtuoso enlo demas». Pero Pescara, «de pura bondad», no quiso desconfiar de él y Enrique quedó bajo su custodia. 

La responsabilidad última se le quería cargar a Pescara, que, difunto, ya no podía defenderse, por haber confiado en Loaysa. Según Lope de Soria, embajador de Carlos V en Génova, los culpables eran Coymbra por traición, Loaysa por colaboración y Nofre del Monte por omisión.

Según el parecer de Soria, Loaysa y Nofre del Monte debían ser enviados presos a España junto al ayuda de cámara del rey Enrique, pero se desistió ante el temor de que fueran capturados por los enemigos franceses durante el viaje por mar entre Génova y Barcelona.

Enrique escapó a través de los montes. La llegada de don Enrique a Francia causó gran regocijo. Sus lazos con la corona francesa se fueron estrechando. En 1526 se casaba con Margarita de Angulema, hermana de Francisco I. En 1536 sería lugarteniente en Guyena por Francisco I.

Este tipo de lugartenencias solía ser el culmen de la carrera militar en Francia, pero en 1542 el rey de Francia previó poner un ejército a cargo de Enrique para invadir Navarra. Tenemos pues en este príncipe de Navarra una carrera militar notable al servicio de Francisco I.

Esta carrera militar al servicio de otro monarca más poderoso no era atípica para los príncipes europeos de estados menores, pero en el caso de Enrique de Navarra ese servicio se reforzó con lazos matrimoniales y alianzas. La casa de Albret quedó muy ligada a Francia, de manera que el bisnieto de don Enrique acabaría siendo rey de Francia, entronizado como Enrique IV en 1594. Desde el punto de visto dinástico - el que primaba en las políticas de las casas reinantes - al vincularse a Francia don Enrique posibilitó el engrandecimiento de sus descendientes.

Para el éxito de la estrategia dinástica primaban más las alianzas políticas y matrimoniales, pero el servicio militar venía a reforzar el vínculo establecido mediante tratados. Al marchar en 1523 como capitán de la ordenanza del rey, Enrique II ligó su destino a Francisco I no solo simbólicamente, sino físicamente, corriendo los mismos riesgos que su protector y obteniendo como resultado el mismo destino: ser preso por el ejército imperial en Lombardía un «dia del bienaventurado apostol Santo Matia» del año de 1525.


Bibliografía

  • Francis Brumont, Documents relatifs à la guerre de Navarre et au siège de Fontarrabie conservés à la Bibliothèque Nationale de France (mai-décembre 1521).
  • David Potter, Renaissance France at War: Armies, Culture and Society, C.1480-1560
  • Prosper Boissonnade, Histoire de la reunión de la Navarre à la Castille: essai sur les relations des princes de Foix-Albret avec la France et l’Espagne (1479-1521)
  • Corrrespondencia del abad de Nájera, comisario del ejército imperial en Lombardía, 1526, BNE,MSS/MSS/18697
  • MONTRES originales, classées par ordre chronologique. XIV Années 1523-1524. Bibliothèque nationale de France. Département des Manuscrits. Clairambault 247




Castigar con la espada. La disciplina en la época de los tercios

 Escribí esto hace siete años sobre el empleo de las armas blancas o de asta para disciplinar a los soldados de infantería española:

El oficial podía castigar con la espada, la alabarda o la jineta al soldado en el momento de la falta, pero esto no era tanto una pena, como un correctivo, aunque pudiera causar la muerte. 

Esta mala justicia, no obstante, podía ser muy caprichosa. 

Diego Núñez Alba decía que los capitanes, alféreces y sargentos, acuchillaban, daban alabardazos, despeñaban por las murallas, mandaban ahorcar a sus soldados, en fin, los mataban o mancaban, con excusas de disciplina militar, cuando en realidad estaban resolviendo querellas personales, quizá, por ejemplo, porque «marchando le requebraste el amiga por el camino».

Oficial con su alabarda dirigiendo el reembarque de las piezas de artillería empleadas durante el asedio de La Goleta de Túnez en 1535. Jan Cornelisz Vermeyen, KHM Wien


Sancho de Londoño, en su Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar al mejor y antiguo estado, de 1568, indicaba:

«A los inobedientes en las órdenes y escuadrones, guardias y centinelas, deben castigar con las ginetas o bastones, o con las espadas, si la inobediencia o desorden requiere el castigo en fragancia, y si no prender para que por justicia se castiguen. Pero no han de matar, ni mancar de los miembros necesarios al manejo de las armas».

Por lo que se puede interpretar, parece que el capitán puede herir, pero no matar ni dañar seriamente al soldado, dejándolo manco o inútil para el servicio. 

Leyendo la ‘Historia y conquista de Túnez’ del licenciado Arcos, pude ver lo que sigue:

«Y estando alli los esquadrones: las viñas estavan tan cerca deste lugar que podria auer como un tiro de piedra: y los soldados con la gana que tenian de comer huvas y higos: començaron algunos dellos a salir pocos a pocos del esquadron. Y entrauanse en las viñas y trayan vuas y higos y todo lo que auia. Y desta manera salieron unos en pos de otros y fueron tantos los que salieron que casi no quedo la mitad de los soldados en los esquadrones. Como esto vido el capitan Lope de Xexas (que ya les auia mandado muchas vezes que ningun soldado saliese fuera delos esquadrones e que todos estuviesen quedos en pie): viendo que no lo auian querido hazer e que contino no cesauan de salir, echo mano a su espada y fuese en pos de los soldados que yuan fuera del esquadron amenazandolos que se boluiesen a sus esquadrones dandoles algunos de espaldarazos e fue corriendo tras dellos hasta tanto que todos se metieron huiendo del en los esquadrones y estuvieron quedos con mucho conçierto»

Por lo que parece, este capitán Lope de Xexas, que estaba a cargo del arcabucería de la retaguardia de la escolta que se hizo en Túnez para los forrajeros, siendo capitán de la infantería novel que se reclutó en España para la jornada, empleó su espada para aplicar un correctivo a esos soldados que se desmandaban del escuadrón para tomar frutas de las huertas.

Lo curioso del caso es que el capitán usa la espada, pero no la usa como arma de punta o de corte, sino, por lo que se entiende, poniéndola plana, y golpeando con ella en las espaldas de los soldados, dándoles «espaldarazos». De esta manera, se correjía a los soldados con un arma blanca, y por lo tanto, no había infamia al recibir los golpes dado que no procedían de una vara, de un bastón o de un palo - algo que hubiera supuesto una afrenta para el soldado y además, los capitanes no llevaban dichos elementos - y la espada se empleaba sin filo, y por lo tanto, sin herir a los soldados. Pero al mismo tiempo, el oficial tenía la espada en la mano, por si acaso algún soldado le ofrecía resistencia. 

Los oficiales debían ser en lo que toca a la buena disciplina militar, rigurosos, pero tampoco podían ser inclementes, porque ni era su propósito matar o herir a los soldados, ni tampoco se podían permitir acabar siendo «malquistos», porque en el fragor de una batalla, o en la confusión de un asalto, una pelota perdida de arcabuz les podía pasar las espaldas.

Para saber más:

La disciplina en los tercios a mediados del siglo XVI



Lansquenetes españoles en época de Carlos V


Las compañías de los tercios de infantería española y los regimientos de infantería italiana o alemana al servicio de Carlos V solían ser bastante uniformes en cuanto a composición nacional, si bien era habitual hallar extranjeros en ellos. En 1546 entre 3 compañías de infantería española que pasaron muestra en Maastricht, había un total de 75 extranjeros junto a 646 españoles, «mesclados los unos con los otros». Una décima parte pues, de estos soldados de infantería española no eran españoles, siendo los extranjeros 28 franceses, 13 italianos, 5 alemanes altos, 11 alemanes bajos, 7 borgoñones y 1 lorenés.

Pero también los españoles podían servir en compañías de otras naciones, siendo relativamente habitual su servicio en compañías italianas. Lo que no era tan habitual era que sirvieran como lansquenetes. 


Códice de trajes de 1547, BNE. Alférez o abanderado alemán con gorjal de malla a la tudesca - las armas defensivas que permitían al lansquenete obtener paga y media - y bandera al hombro


El 30 de junio de 1544 en la ciudadela de Perpiñán pasaban muestra a «las siette Conpañias de la Coronelia del señor Conde Joan Baptista de Lodron», o sea, a las compañías de infantería alemana que residían ordinariamente en el Rosellón. En ellas se hallaron «quatro spañoles que rresciuen sueldo» y un catalán que era criado de uno de los capitanes y que no tenía plaza de soldado. De los cuatro españoles se decía que lo recibían «por horden alguno dellos de don Frances de Viamont de quando aqui fue capitan general». Uno de ellos había venido de Italia con los alemanes, y el otro era guía. Además, había 19 italianos que en 1544 servían en la coronelía de Lodrón, «que todos venieron de Ytalia», de donde había llegado dicha coronelía alemana.

Veinte años antes, pasaba muestra la compañía del capitán Nicolaus Wilderstorffer, un total de 371 hombres, entre oficiales, unos 40 soldados de paga doble - «doppelsöldner» o «double paye», en cuanto la nómina se hacía en francés - 31 soldados de paga y media - «a paye et demiye» - y cerca de 300 soldados de paga sencilla.

Entre todos los Henrich, Jacob, Joachim y Philipp, y sobretodo, entre todos los «von» que precedían a una localidad alemana: Wolff von Saltzburg, Hans von Regensburg o Caspar von Strasbourg, podemos hallar a un Francisco Periz, que recibía paga y media, o a otres dos españoles «Michel de Campos» y «Bartholme de Campillas». Ademá servían en dicha compañía un napolitano «Michel de Neapolis» y un eslavo «Nicolai».


Francisco Periz, lansquenete con paga y media, listado el 30º de los 31 lansquenetes de la compañía que recibían paga y media



«Michel de Campos» y «Bartholme de Campillas» servían en 1524 en la compañía del capitán Nicolaus Wilderstorffer junto a un napolitano «Michel de Neapolis»


Este Francisco Periz recibiría paga y media, emolumento que se daba por armarse con camisa y mangas de malla o gorjal de malla a la tudesca, a diferencia de los que recibían doble sueldo por armarse con coselete. Desde luego, era uno de los 31 lansquenetes que ganaban paga y media, y precedía a cientos de alemanes que tan solo percibían una «paga senzilla». 

Miguel de Campos y Bartolomé de Campillas, por su parte, recibían su paga sencilla, siendo seguramente picas secas, soldados armados con picas y sin armas defensivas. 

Curiosamente, todos estos hombres recibían su paga cada 28 días. 

La compañía de Wilderstorffer formaba parte del regimiento del coronel Wilhem von Roggendorf [Guillermo Rocandolfo para los españoles de la época] que había llegado a España en julio de 1522 escoltando a Carlos V desde los Países Bajos, integrado por unos 3000 o 4000 lansquenetes. 

Entre agosto de 1522 y el verano de 1523 estuvieron acantonados en San Sebastián, residiendo «en la guarda de la prouincia de Guipuzcoa». En julio de 1523 se les daban 125 varas de tafetanes para que hicieran banderas nuevas «a quatro reales cada vara». En el otoño de 1523 e invierno de 1524 participaban exitosamente en la empresa de recuperación de Fuenterrabía, ocupada por los franceses, luciendo su flamante librea y banderas nuevas. En octubre de 1524 la coronelía se estacionaba en el Rosellón para defender aquella frontera frente al francés. En abril de 1526 debían ser embarcados rumbo a Italia en Rosas o Palamós, pero finalmente fueron enviados al reino de Valencia para contribuir a atajar la rebelión de los moriscos valencianos en la sierra de Espadán. Después de esta intervención, los alemanes, ya reducidos a unos 2500, serían enviados a Italia con la armada del virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, partiendo de Cartagena un 20 de octubre, año de 1526.

Es difícil aventurar la vida de los españoles que servían como lansquenetes en 1524, y no sabemos si partirían a Italia en 1526, si es que para entonces todavía estaban en la compañía de Wilderstorffer. 

Aunque sea lo más probable, tampoco podemos tener la certeza que se enrolaron en la capitanía al llegar ésta a España, porque es posible que los españoles se unieran a ellas en los Países Bajos: de la misma manera que había alemanes en España que asentaban sus nombres en los libros del sueldo del rey sirviendo como soldados de infantería española, podía haber españoles en los Países Bajos que optasen por hacer lo propio.

Lo que sí podemos creer que los españoles vestirían como sus compañeros. En abril de 1523, su majestad concedía 8000 ducados para paños, sesenes y cordellates «para librea de los alemanes que estan en la frontera de Françia». Los tejidos eran blancos, amarillos y colorados y se les dieron descontados de sus sueldos, descontándoles 2000 ducados en cada paga siguiente.


Bibliografía:

María del Carmen Hidalgo Brinquis, Pilar Díaz Boj, Mª Mar Sánchez, Los lansquenetes al servicio de Carlos V en la conquista de Pavia: hallazgo de una interesante documentación

Anna Mur i Raurell, Rocandolfo al servicio de Carlos V, Wilhelm von Rogendorf, comendador de Otos (1481-1541)

Raymond. P. Fagel, De Hispano-Vlaamse wereld: de contacten tussen Spanjaarden en Nederlanders, 1496-1555

Carlos Javier de Carlos Morales, Carlos V y el crédito de Castilla: el tesorero general Francisco de Vargas y la Hacienda Real entre 1516 y 1524

Antonio Rodríguez Villa, El emperador Carlos V y su corte según las cartas de Don Martín de Salinas, embajador del infante Don Fernando (1522-1539)

Archivo General de Simancas, sección de Guerra y Marina y de Estado-Alemania, época de Carlos V, varios legajos




Del título de maestre de campo en la década de 1520. Diego García de Paredes, capitán, coronel y maestre de campo en Navarra, año de 1523

En 1523 Diego García de Paredes era capitán, coronel y maestre de campo.

El 23 de mayo de 1523, Álvaro de Noguerol, pagador de las guardas de su majestad, recibía 700.000 maravedíes para «pagar la gente de ynfanteria de que fue coronel Diego Garcia de Paredes, que vino de Navarra». Además de coronel, como era habitual, García de Paredes era capitán de una de las capitanías de infantería de su coronelía. En 1521 Paredes había sido capitán de una de las siete compañías de “infantería nueva” en Navarra. 

Pero además de sus títulos de capitán y coronel, Diego García de Paredes sería «maestre de campo» en 1523. Uno podría pensar que dado que fueron los maestres de campo los que sustituyeron a los coroneles y los tercios a las coronelías, quizá tanto coronel y maestre de campo eran en aquel momento denominaciones ambivalentes que se usaban alternativamente dependiendo del contexto. 

Pero lo cierto es que entonces el título de «maestre de campo» no era equiparable al de coronel, en tanto que el maestre de campo no tenía atribuciones de mando sobre una unidad, aunque pudiera ser, como el caso que nos ocupa, que la persona que ejercía tal cargo tuviera mando sobre tropas porque fuese además capitán de infantería o coronel.

capitán de infantería española liderando sus tropas durante la jornada de Túnez, Jan Cornelisz Vermeyen, KHMWien



El 9 de octubre de 1523, estando Carlos V en Logroño - ciudad donde comió antes de pasar a Los Arcos, donde pernoctó - el rey de España ordenaba que «por que en el dicho exército ay necesidad de algunos Maestros de Campo [...] vos ayan y tengan por uno de nuestros Maestres de Campo del dicho exército». La cédula era clara: Paredes era uno de los maestres de campo del ejército que habría de confrontar a los franceses en la frontera navarra.

Para ejercer su cargo, el capitán general debía poner al servicio de Paredes «diez de cavallo ginetes, de las capitanías de nuestras guardas, y dos alguaziles de los del dicho nuestro exército». Entre las prerrogativas de los maestres de campo estaba la de alojar al ejército, tanto en campaña, como en las marchas, tanto en aposentos de tropas en pueblos y villas, como formando lo que se llamaba un «campo» - también llamado «real» - o sea, lo que hoy llamaríamos campamento. De esta última acepción es probable que le venga el nombre.

El día anterior al nombramiento como maestre de campo, Carlos V ordenaba a los «Capitanes y gente de nuestra infantería que vais a nuestro exército» que obedecieran a Paredes «nuestro maestro de Campo, para que os aposente en el Burguete conforme a su oficio». Las tropas debían llegar hasta Burguete y cumplir la orden de «que os aposentéis allí por medio del dicho Diego García nuestro maestro de Campo».

Anteriormente al nombramiento de Paredes había otros dos maestres de campo del ejército de Navarra: Martín de Chaves, y el comendador Alonso de Santa Cruz. Este último estaba a cargo de una capitanía de infantería con título de capitán compuesta por unos 200 hombres que se hallaba en Pamplona en agosto de 1521, y era mencionado como «maestre del campo».

Por su parte, Martín de Chaves sirvió en el ejército como maestre de campo durante las tomas de Maya y Santisteban de Lerín, según consta en la libranza de su salario el 14 de febrero de 1523. hHabía percibido por el desempeño de su oficio un salario de 50.000 maravedíes al año, igual salario que gozaban los capitanes de infantería. No consta que Chaves fuera capitán en ese momento o que tuviera otro cargo amén del de maestre de campo, aunque había sido capitán de infantería nueva en 1516.

Martín de Chaves fue entre 1521 y 1523 «maestro de canpo del Ex[er]cito deste Reyno de navarra». Entre 1521 y 1522 tenía a cargo «diez honbres de ynfanteria q[ue] traya en su guarda para mejor poder husar su cargo». Esos diez hombres debían «de entrar en el numero delos doss mill ynfantes q ay de numero en la ynfanteria vieja e nueva», pero aún teniendo plaza de infantes, no servían en ninguna compañía, sino que acompañaban como guardia al maestro de campo del ejército. 

En 1523, en cambio, Paredes debía contar con diez jinetes y dos alguaciles, y parece imprescindible para el ejercicio de su cargo que fueran a caballo, quizá porque en el momento en que se le otorgó el cargo el ejército tenía un carácter expedicionario. En cambio, cuando se otorgó el oficio a Chaves, el ejército tenía un carácter marcadamente defensivo: de hecho, un ejército franco-navarro llegó a asediar Logroño en junio de 1521.

Para mejor ver el desempeño en plano defensivo del oficio del maestre de campo, podemos ver el extracto de un memorial de la guardia que se había de tener en la ciudad de Pamplona fechado en octubre de 1521:

«el maestro del campo tenga cargo de saver cada noche como sale la guarda de los sobresalientes a la plaça y que tenga cargo de sacarla · la qual ha de salir vn poco antes q anochezca y no se a de quitar de la plaça hasta que sea el dia claro · v salga el sol si lo vbyere». 

Los sobresalientes eran tropas de refuerzo que debían acudir a los rebatos que se dieran en los diferentes cuarteles - divisiones de la ciudad de Pamplona - por parte del enemigo. En el memorial se indicaba que las sobresalientes eran cuatro capitanías de hombres de armas - incluyendo la del virrey - reforzadas por cinco capitanías de infantería vieja, incluyendo la del coronel Gutierre Quixada, encargadas de «hazer cuerpo con los sobresalientes». De estas nueve capitanías se harían tres partes y a cada una de ellas se les debía dar «vna persona prinçipal que tenga cargo y cuydado de estar en la plaça en medio de la civdad la noche que le cupiere la guarda».

Por la lectura del documento, se ve que el maestre del campo no estaba a cargo de la gente que debía acudir a hacer guardia nocturna en la plaza de Pamplona, sino que simplemente debía cuidarse de que, efectivamente, las tropas cumplían con la misión encomendada, no permitiendo que abandonasen sus puestos antes de que fuera el día claro. 

Lo curioso del caso es que en el primer borrador ese cometido de «saver cada noche como sale la guarda», lo ejercía un sargento, y que avanzado el siglo XVI esta función de supervisar las guardias las haría - según podemos leer en la “Milicia, discurso y regla militar” de Martín de Eguiluz - el sargento mayor del tercio. 

Vemos pues que no hay que dejarse confundir con los nombres, pues lo que sería un maestro de campo en la Italia de 1530 - un oficial al mando de un conjunto de compañías de infantería española agrupadas con el nombre de tercio - era en la España de 1520 otra cosa bien diferente, con una mezcla de atribuciones de lo que serían furrieles mayores y sargentos mayores de los tercios.



Bibliografía

Documentación histórica de Diego García de Paredes, Miguel Muñoz de San Pedro, 1949

"Para la buena guarda e defensyón deste reyno de Navarra", Tomás Sáenz de Haro, 2021

Milicia, discurso, y regla militar, del alferez Martin de Eguiluz Vizcayno, 1592, Cap.VI. Que trata del oficio de Sargento mayor en presidio,como se retire su tercio del exercito. f.41.