Enrique II de Navarra, capitán de hombres de armas de Francisco I de Francia, capturado en la batalla de Pavía

El 24 de febrero de 1525 en la batalla de Pavía era capturado «el Rey de Navarra», o, como un prudente abad de Nájera, comisario del ejército imperial en Lombardía llamó al escribir a Carlos V, «El que dizen Rey de Navarra», en tanto la titularidad de ese reino estaba disputada.

Henri d'Albret, rey de Navarra (1517-1555), Folio 2 de la Initiatoire instruction en la religion chrestienne pour les enffans atribuido Wurttemburg a Johann Brenz (b. 1499-d. 1570), Library of the Arsenal, MS 5096


Carlos I de España era rey de la alta Navarra conquistada en 1512 por su abuelo Fernando y el otro rey de Navarra, «le prince dom Henrique» - don Enrique de Labrit, nacido en Sangüesa en 1503 - era lo que la historiografía contemporánea acabaría denominando rey de la Baja Navarra.

Enrique II de Navarra, pues, a punto de cumplir 22 años, fue capturado junto a Francisco I en una batalla por el control del ducado de Milán, bastante lejos de su reino pirenaico. Ya en el verano de 1521 tras la derrota de Noáin sufrida por el ejército de Francisco I a cargo de André de Foix, «sieur d’Asparros», gobernador de Guyena, Enrique II de Navarra, además de lamentarse de la derrota sufrida por el ejército del rey de Francia - «à l’armée qui estoit en mon Royaulme» - le recordaba a Francisco I las ocasiones en que le había escrito y suplicado que le concediese  el cargo de una capitanía de 100 hombres de armas. Por aquel entonces, el joven rey Enrique, que se hallaba en Salvatierra - Sauvaterre de Bearn - tenía solo 18 años, pero Francisco I de Francia había combatido ya con 19 en Marignano; la edad no era un problema.

Francisco I de Francia combate en la batalla de Marignano [13-14 de septiembre de 1515] a la edad de 19 años


El 18 de octubre de 1521 Enrique II estaba en el campo del almirante Bonnivet que capturaba Fuenterrabía y de nuevo solicitaba al rey que meditase acerca de emplearle en su servicio, en lo cual aseguraba que no reservaría ni su persona ni sus bienes.

El 28 de abril de 1523 el rey de Navarra era ya capitán de una de las compañías de ordenanza del rey de Francia, teniendo a su cargo 100 hombres de armas y 200 «archiers» o «archeros». Su compañía tenía una estructura idéntica a las del mariscal Montmorency o del duque de Alençon.

«Recueil de Montres des Compagnies d'Hommes d'armes des Ordonnances du Roy». En este volumen se recogen las muestras de las compañías de hombres de armas del rey de Francia correspondientes a los años 1523-1524, el periodo en que Enrique II de Navarra acompaña a Francisco I para su malograda campaña en Lombardía

Muestra de la compañía de hombres de armas de Enrique II de Navarra como capitán de hombres de armas de Francisco I de Francia, tomada el 28 de abril de 1523.


Como en la compañía del señor Bayart en la del rey de Navarra servían varios «barones», así como bastardos de casas nobles que encontraban en el oficio militar una forma de progresar sin que su ilegitimidad fuera en menoscabo de sus personas, empleando el título de «le Bastard».

Aquí vemos a un hombre de armas de la compañía del rey de Navarra, «le Bastard de Montespay». Los bastardos - hijos ilegítimos de señores más o menos integrados en las estructuras familiares paternas - eran una parte nada desdeñable de las compañías de hombres de armas francesas, como demuestra la muestra de la compañía del señor de Bayard.



En octubre de 1524 el rey de Francia hacía su entrada en el ducado de Milán, dispuesto a reconquistarlo. Francisco I se empeñó en la captura de Pavía para acabar siendo apresado por las tropas imperiales en la batalla homónima el día de San Matías [24 de febrero] de 1525.

Preso el rey de Francia fue trasladado a Madrid, mientras que su capitán el rey de Navarra quedaba preso en Pavía a cargo del marqués de Pescara. El 28 de noviembre de 1525 Juan Bautista Castaldo regresaba de España trasladando las albricias reales por la victoria al marqués. Carlos V le concedía la «talla» o rescate del rey de Navarra a Pescara, tasada en 100.000 ducados. Francisco I tuvo que pagar dos millones y Asparrós, preso en Noáin, fue tasado en 10.500. 

Este sistema de rescates era positivo para los «mosiures» pues valían más vivos que muertos.

Francisco I de Francia capturado en la batalla de Pavía. Tapices sobre la batalla de Pavía conservados en el museo de Capodimonte. La talla o rescate de señores y caballeros era un incentivo para capturarlos con vida y convertirlos en prisioneros; de otro modo, es harto probable que la batalla hubiera sido aún más cruenta. 


El día 2 de diciembre Pescara fallecía. El día de Santa Lucía, 13 de diciembre de 1525, por la noche, el rey de Navarra se fugaba de su prisión en Pavía, según se dijo en primera instancia, junto a sus más de veinte criados y dos alabarderos de los seis que le custodiaban. 

La fuga no se descubrió hasta la mañana siguiente «algo tarde a la ora quel dicho Mosior de Labret se solia leuantar». De inmediato el capitán Nofre del Monte, que tenía a cargo el castillo de Pavía, dio aviso y Antonio de Leyva envió soldados de caballo para perseguirle.

También se dio aviso a toda «la gente de guerra del Exercito». Se decidió apresar a un tal Loaysa, criado del marqués de Pescara, contra el cual había muchas sospechas. El capitán Nofre del Monte acudió a Milán a defender su inocencia, dejando presos en Pavía a varios soldados.

Se hicieron pesquisas y se concluyó que «Mos[iu]r de Labret se salio del Castillo de Pauja por vna escala q hizo y puso vn alabardero delos q le guardaua q le saco y se fue con el / hizo la via del lago mayor por Arona y de alli por el pays de suyços a la buelta de Francia».

Trepada y descuelgue por cuerda de una torre y escalas, fijas y enrrollables. Dibujo del Mittelalterliches Hausbuch von Schloss Wolfegg 


El alabardero que ayudó al rey de Navarra resultó ser un portugués apellidado «Coymbra». Haciendo unos agujeros en su cámara, el rey ascendió a lo alto del castillo desde donde descendió al foso empleando una escala de cuerda. Allí le esperaban cuatro criados de su casa.

El ayudante de cámara del rey permaneció en la estancia de la prisión donde debía dormir el rey, intentando mantener la puerta cerrada lo más que pudo. Se rumoreó que el rey había sobornado a algunos guardias dando un caballo que valía más de 200 escudos. 

En Pavía se capturó a un camarero y un barbero, criados del rey de Navarra, y se pensó enviarlos a España con Del Monte para testificar. En Lombardía se hizo una pesquisa y se concluyó que en el capitán Del Monte no había sino «alguna negligençia y descuydo». 

Como vemos, los presos de renombre no estaban en mazmorras encadenados a pan y agua. Al contrario, ocupaban varias estancias en castillos con buena parte de sus criados, y podían mantener incluso joyas o caballos. De hecho, su manutención solía ser costosa para los captores.

Se daba el caso de que tres días antes de la muerte de Pescara, Nofre del Monte había obtenido su cargo a costa de reemplazar a un tal Clavero. El problema, se concluyó, fue que Nofre del Monte se había confiado en «este Loaysa questa preso», al cual se querían cargar las culpas.

El marqués de Pescara en la batalla de Pavía, equipado como caballo ligero. Tapices sobre la batalla de Pavía conservados en el museo de Capodimonte, detalle.


Sobre Loaysa, Antonio de Leyva le había dicho a Pescara que no convenía que «vn tal prisionero se pusiesse en manos de vn mançebo como este jugador y no muy virtuoso enlo demas». Pero Pescara, «de pura bondad», no quiso desconfiar de él y Enrique quedó bajo su custodia. 

La responsabilidad última se le quería cargar a Pescara, que, difunto, ya no podía defenderse, por haber confiado en Loaysa. Según Lope de Soria, embajador de Carlos V en Génova, los culpables eran Coymbra por traición, Loaysa por colaboración y Nofre del Monte por omisión.

Según el parecer de Soria, Loaysa y Nofre del Monte debían ser enviados presos a España junto al ayuda de cámara del rey Enrique, pero se desistió ante el temor de que fueran capturados por los enemigos franceses durante el viaje por mar entre Génova y Barcelona.

Enrique escapó a través de los montes. La llegada de don Enrique a Francia causó gran regocijo. Sus lazos con la corona francesa se fueron estrechando. En 1526 se casaba con Margarita de Angulema, hermana de Francisco I. En 1536 sería lugarteniente en Guyena por Francisco I.

Este tipo de lugartenencias solía ser el culmen de la carrera militar en Francia, pero en 1542 el rey de Francia previó poner un ejército a cargo de Enrique para invadir Navarra. Tenemos pues en este príncipe de Navarra una carrera militar notable al servicio de Francisco I.

Esta carrera militar al servicio de otro monarca más poderoso no era atípica para los príncipes europeos de estados menores, pero en el caso de Enrique de Navarra ese servicio se reforzó con lazos matrimoniales y alianzas. La casa de Albret quedó muy ligada a Francia, de manera que el bisnieto de don Enrique acabaría siendo rey de Francia, entronizado como Enrique IV en 1594. Desde el punto de visto dinástico - el que primaba en las políticas de las casas reinantes - al vincularse a Francia don Enrique posibilitó el engrandecimiento de sus descendientes.

Para el éxito de la estrategia dinástica primaban más las alianzas políticas y matrimoniales, pero el servicio militar venía a reforzar el vínculo establecido mediante tratados. Al marchar en 1523 como capitán de la ordenanza del rey, Enrique II ligó su destino a Francisco I no solo simbólicamente, sino físicamente, corriendo los mismos riesgos que su protector y obteniendo como resultado el mismo destino: ser preso por el ejército imperial en Lombardía un «dia del bienaventurado apostol Santo Matia» del año de 1525.


Bibliografía

  • Francis Brumont, Documents relatifs à la guerre de Navarre et au siège de Fontarrabie conservés à la Bibliothèque Nationale de France (mai-décembre 1521).
  • David Potter, Renaissance France at War: Armies, Culture and Society, C.1480-1560
  • Prosper Boissonnade, Histoire de la reunión de la Navarre à la Castille: essai sur les relations des princes de Foix-Albret avec la France et l’Espagne (1479-1521)
  • Corrrespondencia del abad de Nájera, comisario del ejército imperial en Lombardía, 1526, BNE,MSS/MSS/18697
  • MONTRES originales, classées par ordre chronologique. XIV Années 1523-1524. Bibliothèque nationale de France. Département des Manuscrits. Clairambault 247




Castigar con la espada. La disciplina en la época de los tercios

 Escribí esto hace siete años sobre el empleo de las armas blancas o de asta para disciplinar a los soldados de infantería española:

El oficial podía castigar con la espada, la alabarda o la jineta al soldado en el momento de la falta, pero esto no era tanto una pena, como un correctivo, aunque pudiera causar la muerte. 

Esta mala justicia, no obstante, podía ser muy caprichosa. 

Diego Núñez Alba decía que los capitanes, alféreces y sargentos, acuchillaban, daban alabardazos, despeñaban por las murallas, mandaban ahorcar a sus soldados, en fin, los mataban o mancaban, con excusas de disciplina militar, cuando en realidad estaban resolviendo querellas personales, quizá, por ejemplo, porque «marchando le requebraste el amiga por el camino».

Oficial con su alabarda dirigiendo el reembarque de las piezas de artillería empleadas durante el asedio de La Goleta de Túnez en 1535. Jan Cornelisz Vermeyen, KHM Wien


Sancho de Londoño, en su Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar al mejor y antiguo estado, de 1568, indicaba:

«A los inobedientes en las órdenes y escuadrones, guardias y centinelas, deben castigar con las ginetas o bastones, o con las espadas, si la inobediencia o desorden requiere el castigo en fragancia, y si no prender para que por justicia se castiguen. Pero no han de matar, ni mancar de los miembros necesarios al manejo de las armas».

Por lo que se puede interpretar, parece que el capitán puede herir, pero no matar ni dañar seriamente al soldado, dejándolo manco o inútil para el servicio. 

Leyendo la ‘Historia y conquista de Túnez’ del licenciado Arcos, pude ver lo que sigue:

«Y estando alli los esquadrones: las viñas estavan tan cerca deste lugar que podria auer como un tiro de piedra: y los soldados con la gana que tenian de comer huvas y higos: començaron algunos dellos a salir pocos a pocos del esquadron. Y entrauanse en las viñas y trayan vuas y higos y todo lo que auia. Y desta manera salieron unos en pos de otros y fueron tantos los que salieron que casi no quedo la mitad de los soldados en los esquadrones. Como esto vido el capitan Lope de Xexas (que ya les auia mandado muchas vezes que ningun soldado saliese fuera delos esquadrones e que todos estuviesen quedos en pie): viendo que no lo auian querido hazer e que contino no cesauan de salir, echo mano a su espada y fuese en pos de los soldados que yuan fuera del esquadron amenazandolos que se boluiesen a sus esquadrones dandoles algunos de espaldarazos e fue corriendo tras dellos hasta tanto que todos se metieron huiendo del en los esquadrones y estuvieron quedos con mucho conçierto»

Por lo que parece, este capitán Lope de Xexas, que estaba a cargo del arcabucería de la retaguardia de la escolta que se hizo en Túnez para los forrajeros, siendo capitán de la infantería novel que se reclutó en España para la jornada, empleó su espada para aplicar un correctivo a esos soldados que se desmandaban del escuadrón para tomar frutas de las huertas.

Lo curioso del caso es que el capitán usa la espada, pero no la usa como arma de punta o de corte, sino, por lo que se entiende, poniéndola plana, y golpeando con ella en las espaldas de los soldados, dándoles «espaldarazos». De esta manera, se correjía a los soldados con un arma blanca, y por lo tanto, no había infamia al recibir los golpes dado que no procedían de una vara, de un bastón o de un palo - algo que hubiera supuesto una afrenta para el soldado y además, los capitanes no llevaban dichos elementos - y la espada se empleaba sin filo, y por lo tanto, sin herir a los soldados. Pero al mismo tiempo, el oficial tenía la espada en la mano, por si acaso algún soldado le ofrecía resistencia. 

Los oficiales debían ser en lo que toca a la buena disciplina militar, rigurosos, pero tampoco podían ser inclementes, porque ni era su propósito matar o herir a los soldados, ni tampoco se podían permitir acabar siendo «malquistos», porque en el fragor de una batalla, o en la confusión de un asalto, una pelota perdida de arcabuz les podía pasar las espaldas.

Para saber más:

La disciplina en los tercios a mediados del siglo XVI



Lansquenetes españoles en época de Carlos V


Las compañías de los tercios de infantería española y los regimientos de infantería italiana o alemana al servicio de Carlos V solían ser bastante uniformes en cuanto a composición nacional, si bien era habitual hallar extranjeros en ellos. En 1546 entre 3 compañías de infantería española que pasaron muestra en Maastricht, había un total de 75 extranjeros junto a 646 españoles, «mesclados los unos con los otros». Una décima parte pues, de estos soldados de infantería española no eran españoles, siendo los extranjeros 28 franceses, 13 italianos, 5 alemanes altos, 11 alemanes bajos, 7 borgoñones y 1 lorenés.

Pero también los españoles podían servir en compañías de otras naciones, siendo relativamente habitual su servicio en compañías italianas. Lo que no era tan habitual era que sirvieran como lansquenetes. 


Códice de trajes de 1547, BNE. Alférez o abanderado alemán con gorjal de malla a la tudesca - las armas defensivas que permitían al lansquenete obtener paga y media - y bandera al hombro


El 30 de junio de 1544 en la ciudadela de Perpiñán pasaban muestra a «las siette Conpañias de la Coronelia del señor Conde Joan Baptista de Lodron», o sea, a las compañías de infantería alemana que residían ordinariamente en el Rosellón. En ellas se hallaron «quatro spañoles que rresciuen sueldo» y un catalán que era criado de uno de los capitanes y que no tenía plaza de soldado. De los cuatro españoles se decía que lo recibían «por horden alguno dellos de don Frances de Viamont de quando aqui fue capitan general». Uno de ellos había venido de Italia con los alemanes, y el otro era guía. Además, había 19 italianos que en 1544 servían en la coronelía de Lodrón, «que todos venieron de Ytalia», de donde había llegado dicha coronelía alemana.

Veinte años antes, pasaba muestra la compañía del capitán Nicolaus Wilderstorffer, un total de 371 hombres, entre oficiales, unos 40 soldados de paga doble - «doppelsöldner» o «double paye», en cuanto la nómina se hacía en francés - 31 soldados de paga y media - «a paye et demiye» - y cerca de 300 soldados de paga sencilla.

Entre todos los Henrich, Jacob, Joachim y Philipp, y sobretodo, entre todos los «von» que precedían a una localidad alemana: Wolff von Saltzburg, Hans von Regensburg o Caspar von Strasbourg, podemos hallar a un Francisco Periz, que recibía paga y media, o a otres dos españoles «Michel de Campos» y «Bartholme de Campillas». Ademá servían en dicha compañía un napolitano «Michel de Neapolis» y un eslavo «Nicolai».


Francisco Periz, lansquenete con paga y media, listado el 30º de los 31 lansquenetes de la compañía que recibían paga y media



«Michel de Campos» y «Bartholme de Campillas» servían en 1524 en la compañía del capitán Nicolaus Wilderstorffer junto a un napolitano «Michel de Neapolis»


Este Francisco Periz recibiría paga y media, emolumento que se daba por armarse con camisa y mangas de malla o gorjal de malla a la tudesca, a diferencia de los que recibían doble sueldo por armarse con coselete. Desde luego, era uno de los 31 lansquenetes que ganaban paga y media, y precedía a cientos de alemanes que tan solo percibían una «paga senzilla». 

Miguel de Campos y Bartolomé de Campillas, por su parte, recibían su paga sencilla, siendo seguramente picas secas, soldados armados con picas y sin armas defensivas. 

Curiosamente, todos estos hombres recibían su paga cada 28 días. 

La compañía de Wilderstorffer formaba parte del regimiento del coronel Wilhem von Roggendorf [Guillermo Rocandolfo para los españoles de la época] que había llegado a España en julio de 1522 escoltando a Carlos V desde los Países Bajos, integrado por unos 3000 o 4000 lansquenetes. 

Entre agosto de 1522 y el verano de 1523 estuvieron acantonados en San Sebastián, residiendo «en la guarda de la prouincia de Guipuzcoa». En julio de 1523 se les daban 125 varas de tafetanes para que hicieran banderas nuevas «a quatro reales cada vara». En el otoño de 1523 e invierno de 1524 participaban exitosamente en la empresa de recuperación de Fuenterrabía, ocupada por los franceses, luciendo su flamante librea y banderas nuevas. En octubre de 1524 la coronelía se estacionaba en el Rosellón para defender aquella frontera frente al francés. En abril de 1526 debían ser embarcados rumbo a Italia en Rosas o Palamós, pero finalmente fueron enviados al reino de Valencia para contribuir a atajar la rebelión de los moriscos valencianos en la sierra de Espadán. Después de esta intervención, los alemanes, ya reducidos a unos 2500, serían enviados a Italia con la armada del virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, partiendo de Cartagena un 20 de octubre, año de 1526.

Es difícil aventurar la vida de los españoles que servían como lansquenetes en 1524, y no sabemos si partirían a Italia en 1526, si es que para entonces todavía estaban en la compañía de Wilderstorffer. 

Aunque sea lo más probable, tampoco podemos tener la certeza que se enrolaron en la capitanía al llegar ésta a España, porque es posible que los españoles se unieran a ellas en los Países Bajos: de la misma manera que había alemanes en España que asentaban sus nombres en los libros del sueldo del rey sirviendo como soldados de infantería española, podía haber españoles en los Países Bajos que optasen por hacer lo propio.

Lo que sí podemos creer que los españoles vestirían como sus compañeros. En abril de 1523, su majestad concedía 8000 ducados para paños, sesenes y cordellates «para librea de los alemanes que estan en la frontera de Françia». Los tejidos eran blancos, amarillos y colorados y se les dieron descontados de sus sueldos, descontándoles 2000 ducados en cada paga siguiente.


Bibliografía:

María del Carmen Hidalgo Brinquis, Pilar Díaz Boj, Mª Mar Sánchez, Los lansquenetes al servicio de Carlos V en la conquista de Pavia: hallazgo de una interesante documentación

Anna Mur i Raurell, Rocandolfo al servicio de Carlos V, Wilhelm von Rogendorf, comendador de Otos (1481-1541)

Raymond. P. Fagel, De Hispano-Vlaamse wereld: de contacten tussen Spanjaarden en Nederlanders, 1496-1555

Carlos Javier de Carlos Morales, Carlos V y el crédito de Castilla: el tesorero general Francisco de Vargas y la Hacienda Real entre 1516 y 1524

Antonio Rodríguez Villa, El emperador Carlos V y su corte según las cartas de Don Martín de Salinas, embajador del infante Don Fernando (1522-1539)

Archivo General de Simancas, sección de Guerra y Marina y de Estado-Alemania, época de Carlos V, varios legajos




Del título de maestre de campo en la década de 1520. Diego García de Paredes, capitán, coronel y maestre de campo en Navarra, año de 1523

En 1523 Diego García de Paredes era capitán, coronel y maestre de campo.

El 23 de mayo de 1523, Álvaro de Noguerol, pagador de las guardas de su majestad, recibía 700.000 maravedíes para «pagar la gente de ynfanteria de que fue coronel Diego Garcia de Paredes, que vino de Navarra». Además de coronel, como era habitual, García de Paredes era capitán de una de las capitanías de infantería de su coronelía. En 1521 Paredes había sido capitán de una de las siete compañías de “infantería nueva” en Navarra. 

Pero además de sus títulos de capitán y coronel, Diego García de Paredes sería «maestre de campo» en 1523. Uno podría pensar que dado que fueron los maestres de campo los que sustituyeron a los coroneles y los tercios a las coronelías, quizá tanto coronel y maestre de campo eran en aquel momento denominaciones ambivalentes que se usaban alternativamente dependiendo del contexto. 

Pero lo cierto es que entonces el título de «maestre de campo» no era equiparable al de coronel, en tanto que el maestre de campo no tenía atribuciones de mando sobre una unidad, aunque pudiera ser, como el caso que nos ocupa, que la persona que ejercía tal cargo tuviera mando sobre tropas porque fuese además capitán de infantería o coronel.

capitán de infantería española liderando sus tropas durante la jornada de Túnez, Jan Cornelisz Vermeyen, KHMWien



El 9 de octubre de 1523, estando Carlos V en Logroño - ciudad donde comió antes de pasar a Los Arcos, donde pernoctó - el rey de España ordenaba que «por que en el dicho exército ay necesidad de algunos Maestros de Campo [...] vos ayan y tengan por uno de nuestros Maestres de Campo del dicho exército». La cédula era clara: Paredes era uno de los maestres de campo del ejército que habría de confrontar a los franceses en la frontera navarra.

Para ejercer su cargo, el capitán general debía poner al servicio de Paredes «diez de cavallo ginetes, de las capitanías de nuestras guardas, y dos alguaziles de los del dicho nuestro exército». Entre las prerrogativas de los maestres de campo estaba la de alojar al ejército, tanto en campaña, como en las marchas, tanto en aposentos de tropas en pueblos y villas, como formando lo que se llamaba un «campo» - también llamado «real» - o sea, lo que hoy llamaríamos campamento. De esta última acepción es probable que le venga el nombre.

El día anterior al nombramiento como maestre de campo, Carlos V ordenaba a los «Capitanes y gente de nuestra infantería que vais a nuestro exército» que obedecieran a Paredes «nuestro maestro de Campo, para que os aposente en el Burguete conforme a su oficio». Las tropas debían llegar hasta Burguete y cumplir la orden de «que os aposentéis allí por medio del dicho Diego García nuestro maestro de Campo».

Anteriormente al nombramiento de Paredes había otros dos maestres de campo del ejército de Navarra: Martín de Chaves, y el comendador Alonso de Santa Cruz. Este último estaba a cargo de una capitanía de infantería con título de capitán compuesta por unos 200 hombres que se hallaba en Pamplona en agosto de 1521, y era mencionado como «maestre del campo».

Por su parte, Martín de Chaves sirvió en el ejército como maestre de campo durante las tomas de Maya y Santisteban de Lerín, según consta en la libranza de su salario el 14 de febrero de 1523. hHabía percibido por el desempeño de su oficio un salario de 50.000 maravedíes al año, igual salario que gozaban los capitanes de infantería. No consta que Chaves fuera capitán en ese momento o que tuviera otro cargo amén del de maestre de campo, aunque había sido capitán de infantería nueva en 1516.

Martín de Chaves fue entre 1521 y 1523 «maestro de canpo del Ex[er]cito deste Reyno de navarra». Entre 1521 y 1522 tenía a cargo «diez honbres de ynfanteria q[ue] traya en su guarda para mejor poder husar su cargo». Esos diez hombres debían «de entrar en el numero delos doss mill ynfantes q ay de numero en la ynfanteria vieja e nueva», pero aún teniendo plaza de infantes, no servían en ninguna compañía, sino que acompañaban como guardia al maestro de campo del ejército. 

En 1523, en cambio, Paredes debía contar con diez jinetes y dos alguaciles, y parece imprescindible para el ejercicio de su cargo que fueran a caballo, quizá porque en el momento en que se le otorgó el cargo el ejército tenía un carácter expedicionario. En cambio, cuando se otorgó el oficio a Chaves, el ejército tenía un carácter marcadamente defensivo: de hecho, un ejército franco-navarro llegó a asediar Logroño en junio de 1521.

Para mejor ver el desempeño en plano defensivo del oficio del maestre de campo, podemos ver el extracto de un memorial de la guardia que se había de tener en la ciudad de Pamplona fechado en octubre de 1521:

«el maestro del campo tenga cargo de saver cada noche como sale la guarda de los sobresalientes a la plaça y que tenga cargo de sacarla · la qual ha de salir vn poco antes q anochezca y no se a de quitar de la plaça hasta que sea el dia claro · v salga el sol si lo vbyere». 

Los sobresalientes eran tropas de refuerzo que debían acudir a los rebatos que se dieran en los diferentes cuarteles - divisiones de la ciudad de Pamplona - por parte del enemigo. En el memorial se indicaba que las sobresalientes eran cuatro capitanías de hombres de armas - incluyendo la del virrey - reforzadas por cinco capitanías de infantería vieja, incluyendo la del coronel Gutierre Quixada, encargadas de «hazer cuerpo con los sobresalientes». De estas nueve capitanías se harían tres partes y a cada una de ellas se les debía dar «vna persona prinçipal que tenga cargo y cuydado de estar en la plaça en medio de la civdad la noche que le cupiere la guarda».

Por la lectura del documento, se ve que el maestre del campo no estaba a cargo de la gente que debía acudir a hacer guardia nocturna en la plaza de Pamplona, sino que simplemente debía cuidarse de que, efectivamente, las tropas cumplían con la misión encomendada, no permitiendo que abandonasen sus puestos antes de que fuera el día claro. 

Lo curioso del caso es que en el primer borrador ese cometido de «saver cada noche como sale la guarda», lo ejercía un sargento, y que avanzado el siglo XVI esta función de supervisar las guardias las haría - según podemos leer en la “Milicia, discurso y regla militar” de Martín de Eguiluz - el sargento mayor del tercio. 

Vemos pues que no hay que dejarse confundir con los nombres, pues lo que sería un maestro de campo en la Italia de 1530 - un oficial al mando de un conjunto de compañías de infantería española agrupadas con el nombre de tercio - era en la España de 1520 otra cosa bien diferente, con una mezcla de atribuciones de lo que serían furrieles mayores y sargentos mayores de los tercios.



Bibliografía

Documentación histórica de Diego García de Paredes, Miguel Muñoz de San Pedro, 1949

"Para la buena guarda e defensyón deste reyno de Navarra", Tomás Sáenz de Haro, 2021

Milicia, discurso, y regla militar, del alferez Martin de Eguiluz Vizcayno, 1592, Cap.VI. Que trata del oficio de Sargento mayor en presidio,como se retire su tercio del exercito. f.41.





La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva

Los procesos de creación de las compañías de infantería española son conocidos. El caso canónico nos situaría en España: un capitán «ordinario» residente en la corte recibe su conducta que le autoriza reclutar una compañía de 300 hombres en algún partido de la geografía española. 

El capitán, con la ayuda de sus oficiales, «hinche» su conducta con soldados «bisoños» en el partido asignado y la «rehinche» durante el camino al puerto. Allí se embarcan rumbo a los ejércitos de Italia o Flandes, o a algún presidio de Berbería o de las islas del Mediterráneo. 

Pero también hay que destacar casos curiosos que son difíciles de concebir teniendo como referente unas fuerzas armadas actuales altamente reguladas y burocratizadas, con procesos establecidos en sinfín de normas impresas. 

Este es el caso de la compañía de Luis de Alcocer, creada en 1535 con ocasión de la jornada en Túnez encabezada por Carlos V contra Barbarroja.

Esta compañía se creó no con reclutas de la Mancha, Jaén o Barcelona, sino con «soldados viejos» que sin licencia se fueron a servir a la guerra por su cuenta y riesgo y contra la voluntad de sus capitanes. 


Conviene replantearse la imagen del soldado de la Edad Moderna como un hombre cuya única motivación era la paga. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras. Los hombres de la época actuaban movidos por una multitud de factores, no siempre de carácter material. Imagen: Soldados de infantería española, pica seca con gorra y pica al hombro, y arcabucero con celada, gola de launas y arcabuz, típicos soldados de la jornada de Túnez. Cartón nº8 de la serie La conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen. KHMWien. 



Póngamonos en situación:

Carlos V ordena la leva de 8.400 hombres en España que debían embarcarse en Málaga, y manda que en los reinos de Sicilia y Nápoles se embarquen 4000 hombres de las compañías de infantería que residen en dichos territorios para acudir a la jornada en tierras norteafricanas.

La infantería de Lombardía quedó excluida de esta convocatoria: al ser territorio de frontera con Francia se pensó que el ducado de Milán no podía quedar desguarnecido, así que los soldados viejos del Milanesado debían permanecer alojados en las tierras del norte de Italia, entre otras cosas porque «no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar» [1].

Evidentemente, la empresa era un secreto a voces: Andrea Doria organizaba su armada en Génova para pasar a Barcelona a recoger a Carlos V y su corte, y en el puerto de La Spezia debían embarcarse 7000 lansquenetes alemanes para servir en la empresa de Berbería.

También en La Spezia se embarcarían coronelías de infantes italianos, como la del genovés Agustín Espínola. Teniendo noticia de tales preparativos, algunos soldados de infantería española de Lombardía sintieron que se perdían una gran jornada, así que se pusieron de acuerdo para irse a la guerra sin licencia.

El obispo Alonso de Sanabria recoge la historia como parece que fue vozpópuli:

«con estas seis compañías [de Nápoles] vinieron quatrocientos españoles de Lombardia / y entre ellos auia algunos q auian sido hombres de cargos. Antonio de Leyua principe de Ascola los persiguio fasta napoles. No llevauan paga al emperador ni tenian q Restituir mas de solo querer venirse sin liçencia del general. De estos quatroçientos hizieron capitan a Alcoçer / arbolo vandera en Cerdeña»

Prudencio de Sandoval, que copia a Sanabria en lo que a la jornada de Túnez se refiere en el libro XXII de su historia de Carlos V, escribe sobre estos hombres: «De estos cuatrocientos escogidos españoles hicieron capitán a Alcocer, un valiente español; arboló bandera en Cerdeña».

Sin duda eran gente escogida, pero nadie los escogió. Todo indica que estos soldados marcharon con la armada de Italia a Túnez buscando lo que se llamaba entonces «guerra viva» escapando del «amolentamiento» de los presidios del ducado de Milán durante un año en que no hubo guerra ni perspectiva de ella.

El relato de Sanabria hace que estos cuatrocientos españoles de Lombardía se embarquen con las compañías de infantería española de Nápoles, y además, los hace llegar al Reino huyendo de Antonio de Leyva, por entonces capitán general del ejército imperial en Lombardía.


Antonio de Leyva llevado en andas - padecía gota - durante la entrada o cabalgata del emperador Carlos V durante su coronación en Bolonia en 1529. Según informaron al emperador, cuando a don Antonio le venía «el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio». Un general siempre de mal humor podía llegar a ser «malquisto» por sus soldados, pero Leyva se preció siempre de empeñar su plata para poder pagarles el sueldo, cosa que granjearía a cambio una cierta lealtad. Grabado coloreado. 


Pero veamos qué sucedió entre Leyva y estos cuatrocientos que se fueron «sin liçencia del general». 

Para eso tenemos un resumen de una carta enviada por Andalot, caballerizo de Carlos V informando a su señor en lo tocante a la organización de la armada para la empresa de Túnez [2] 

«Andalot dize q delos españoles q estan en Lombardia se entresalieron hasta CCCCº Infantes buenos soldados para yrse a embarcar enel armada y q el hablo a Antonio de Leyua como se yuan aquellos y le respondio q pues no q[ue]rian quedar con la otra gente el holgaua q hiziesen lo q quisiesen. Por q aunq por entonces los quisiera detener sy despues tuuieran la misma voluntad de yrse tambien se le fueran y q sise offrecia necessidad de mas gente dela q le quedaua en lugar de aquellos embiaria por alemanes a Tirol y con esto se baxaron a la marina sin capitan ni perssona de cabo / y q el marques del Gasto con quien tuuieron su Intelligencia tuuo manera como los embarcassen en una delas naos del armada y que aun q no se les assento sueldo ninguno para su paga no les faltaron algunos bastimentos para su viuir. y assy los dexo embarcados aunq despues oyo dezir q por q no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar q[ue]rian alos españoles mudar los o repartir los en otras naos o desembarcarlos para q quedassen /»

Vemos pues que estos 400 españoles se marchan del ejército de Lombardía sin licencia, pero que cuestionado su general Antonio de Leyva por el caballerizo Andalot, éste responde que «holgaua q hiziesen lo q quisiesen», porque aunque los retuviera entonces después acabarían yéndose si esa era su voluntad.

El futuro tercio de Lombardía - entonces no tenía esa denominación, sino que se empleaban otras fórmulas para la agrupación, como la infantería ordinaria del estado de Milán, o la infantería que reside en Lombardía - lo integraban por entonces apenas 1.700 hombres en 5 compañías [3], por lo que la pérdida de esos 400 no era baladí, pero vemos que Leyva dice no preocuparle esta marcha sin licencia de tal cantidad de soldados. 

De hecho, en el plano organizativo Antonio de Leyva asume que los va a sustituir fácilmente con alemanes del Tirol. En el plano económico se les debían al menos dos pagas a la infantería española; si se marchaban sería un ahorro para las apretadas cuentas del ejército [4].


Ahora veamos el papel jugado por el marqués del Vasto, que fue capitán general en la jornada de Túnez en la parte terrestre.

Una de las más célebres pinturas que representa a Alfonso de Ávalos o Dávalos, marqués del Vasto, es la «Alocución del marqués del Vasto a sus soldados». En ella, el marqués es retratado junto a su hijo, el cual hubiera estado dispuesto a entregar como rehén a las tropas españolas amotinadas durante el infausto motín de 1538. La relación entre el alto mando y los soldados no siempre estaba en la «Intelligencia», y eran habituales y reiterados los conflictos. Para saber más acerca de este episodio, véase el libro de Idan Sherer, Italia mi ventura. El soldado español en las Guerras de Italia, editado por Desperta Ferro en 2024, al que haremos referencia más adelante.


El marqués del Vasto no sólo no rechaza a estos soldados, de hecho tiene «Intelligencia» con ellos para que se embarquen en el armada, ocupando un lugar en las naos de transporte de tropas donde debían recibir bastimentos embarcados en ellas y destinados a tropas de otras naciones - alemanes e italianos -.

Esto, como comenta Andalot, suponía competir con los alemanes por el espacio en las naos y por los bastimentos que se calculaban a tanto por hombre: «no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar». Competidores de los tudescos por el espacio y los bastimentos, las fuentes documentales, sin embargo, indican que los 400 españoles se embarcan, aunque se reitera que no se les otorga paga alguna. A esto volveremos más adelante.

El 15 de mayo de 1535 se daba a la vela en La Spezia la armada que debía recoger hombres y bastimentos en Nápoles y Sicilia. Gómez Suárez de Figueroa informaba que iban 39 galeras y 50 naves en que iban embarcados la infantería alemana e italiana y «parte de la española», oficializando su participación en la jornada.

Resulta evidente que aunque los soldados iban por su cuenta «sin capitan ni perssona de cabo» esto tan solo pudo producirse  con la aquiesciencia pasiva de Leyva que les dejaba «q hiziesen lo q quisiesen» y la implicación personal de Del Vasto que tuvo «Intelligencia» con ellos. Nadie juzgó a esos hombres por abandonar sus puestos: Leyva no los persiguió y Del Vasto los admitió en la armada. 

Según explica Sanabria, Luis de Alcocer arboló bandera en Cerdeña y se convirtió en capitán de estos cuatrocientos hombres. 

Según Cerezeda esa compañía se formó en La Goleta. 

Según refiere en carta de 7 de octubre de 1535, Francisco Duarte, contador del sueldo y por entonces comisario de la infantería española, al acabar la campaña tunecina «la conpanya de Luys de Alcoçer q es de treziºs ynfantes muy buenos por conducta del marques del gasto [... ] han servido y siruen con las otras vanderas de napoles y no han rescibido mas de sola una paga en dinero y el bastimento q han comido en estos seys meses».

Por Duarte vemos que es el marques del Gasto quién otorga la «conducta», oficializando la formación de la compañía, aunque esta se produjo bien en Cerdeña - habiéndose reunido la armada de Italia con la de Málaga y la de Barcelona, en la cual venía Carlos V - o en la Goleta, ya durante la campaña.

Atendiendo a lo expresado por Duarte, vemos que esos hombres solo recibieron una paga durante la empresa en Berbería y sirvieron básicamente a cambio de los bastimentos que comieron por espacio de seis meses. No se puede apreciar interés pecuniario alguno por ir a Túnez y participar en la jornada, y todo indica que su interés personal se basaba en buscar «guerra viva» plausiblemente, por motivos variados, algunos de orden material y otros de carácter inmaterial. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos capturados como botín, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras.

Se puede argumentar también que la vida en Lombardía era cara y que la paga llegaba de manera irregular y los soldados tenían que soportar la carestía sumada la falta de emolumentos, pero también hay que decir que esos soldados vivían y comían a crédito. De hecho, en julio del 34, después de pasar muestra a los 1000 soldados de la infantería española de Lombardía, Antonio de Leyva informa de lo siguiente a Carlos V [AGS,GYM,LEG,6.28]:

«por q le yuan quexas del estado de Monferrato delos soldados hizo hauer informacion en las tierras donde hauian estado alojados y se hallo mucho menos delo que publicauan / saluo enlo del comer que por que les faltauan las pagas se deuia algo en algunas partes y que aquello se tasso como lo quisieron y el les prometio de pagargelo dentro de vn mes quando se les diese otra paga / que el gouernador y los del estado estan muy quexosos pero que no teniendo otra parte donde los tener no se puede hazer mas»

De hecho, las compañías de Lombardía que continuaron sirviendo en Lombardía y en Génova, aunque con retrasos, intermitencias y con pérdida de alguna paga - a la cual renunciaron a cambio de un pronto pago del resto - fueron recibiendo sus sueldos, con lo cual vemos que los soldados que marcharon a Túnez, en lo que se refirere a los emolumentos, no solo no mejoraron su suerte, sino que la empeoraron respecto a los que permanecieron en Lombardía.

Esto nos ofrece una imagen muy alejada del clásico pobre soldado que va a la guerra por necesidad. Aquí vemos a unos soldados buscando poder combatir, siendo la alternativa permanecer en los presidios de Lombardía en un año en el que no hubo guerra abierta con Francia.

Y no era el primero. 

En febrero de 1534, Antonio de Leyva escribía :

«por aca no ay otro movimiento ninguno de guerra todo esta pacifico y quieto ni se haze gente ni se compreende q aya aparato ninguno ny cosa de hecho»

Carta de Antonio de Leyva a Carlos V, 2 de febrero de 1534 [AGS,GYM,LEG,6.4]


Aunque por el momento no se puede sostener documentalmente que parte de los soldados que estaban en Lombardía escogieran marchar a Túnez por considerar la empresa más estimulante que su estancia en el norte de Italia, esta hipótesis se puede incorporar aquí y plantearla como posible factor, sino determinante, sí al menos importante a la hora de que los 400 decidideran dejar sus banderas y embarcarse en La Spezia.
 

«A la guerra me lleva mi necesidad; si tuviera dineros, no fuera, en verdad». Miguel de Cervantes, escritor y poeta, pero también soldado, expresó en boca de uno de los personajes del Quijote un retrato que aún real, era parcial. Si bien el sueldo era una de las principales motivaciones para servir en el ejército - sino la primera - no era la única para permanecer en servicio después de muchos años y haberse convertido el bisoño en soldado viejo. Las posibilidades de regresar a casa, con licencia o sin ella, despedidos y con transporte pagado eran recurrentes, por lo que en la permanencia en el ejército debían pesar otras razones, más allás de las puramente materiales.


También se puede argumentar que los soldados tuvieran por «malquisto» a su general. En una deliciosa carta de Carlos V y la no menos ocurrente respuesta de Leyva, podemos ver algunos elementos de esa supuesta tensión:

De Carlos V a Antonio de Leyva:

«Os aviso de lo que por aqui me informan [...]: dicen me que quando os uiene el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio. Yo lo tendre por muy particular que mandeys con amor, sufrays con paciencia y trateys con afabilidad por que es mayor ganacia el ser amado, que si la Artileria se gasta y es menester bronce para repararla»

Respuesta de Leyva a Carlos V:

«La poca cuenta que he tenido de mi persona salud y uida y la mucha que tengo deste cargo con que  V. Magd. me ha cargado ha sido parte que he cobrado la insufrible gota y se me ha agotado mi hazienda, no me pesa delo uno ni de lo otro por el daño q se me sigue sino por no tener con que emplearme enel seruicio de V.Magd. Lo que se decir es que ni mis criados me dexan por insufrible ni mis soldados por mal acondicionado sino los unos como no los pago no me quieren seruir y los otros como [no] les doy sueldo rehusan de me acompañar, en toda Italia no ay nadie que lo atribuya a la gota y mala condicion de Antonio de Leyua sino a la poca moneda que de España pasa. Verdad es que la Artilleria esta gastada pero no me atreuere a reparalla hasta tener pagados los tiradores della y quando mas no hubiere hare que el bronce se conuierta en pan pues desto ay tan poco»


Pero todo indica que Leyva hacía todo lo que estaba en su mano para que las tropas recibieran su paga, incluso recurrir a los empréstitos personales sobre su hacienda personal - el origen de ella sería tema a desarrollar aparte - y además, tenía cierta manga ancha con las exacciones de los soldados a los pobladores, con lo cual los soldados podían, cuanto menos, comer. 

Respecto a marcha sin licencia de estos cuatrocientos hombres, cabe tener en cuenta que lo que hoy sería un caso de desobediencia grave, entonces podía ser visto con otros ojos: dónde hoy algunos pueden llegar a ver a un hatajo de indisciplinados, entonces podían llegar a ver a un grupo de hombres audaces que querían servir a su señor en una campaña. 

Tras Túnez, la compañía de Luis de Alcocer marchó al reino de Nápoles, incorporándose al tercio que se formaría en 1536. En 1536 pasó a la jornada en Provenza sirviendo de nuevo a las órdenes de Carlos V donde estaría reducida a tan solo 127 hombres

Si hacemos caso a Cerezeda - aunque en más de un caso yerra cuando habla de tropas que no eran de su agrupación - Luis de Alcocer hizo otra compañía en 1538, por lo que no es evidente la continuidad de dicha compañía agrupada bajo dicho capitán hasta su participación en la defensa de Castelnuovo en 1539.

Pero en otra relación - en este caso, un documento de AGS,GYM transcrito por Laiglesia fechado en Castelnuovo a 18 de noviembre de 1538 - se indica que la compañía de Alcocer se embarcó en la armada de Levante en el verano de 1538 y quedó para la guarda de Castelnuovo:

«y á las tres conpañias que aqui quedan, de las quatro que vinieron de Lonbardia, que son de Luis de Alcoçer, y Francisco de Silva, y Juan Vizcaíno, se les quedara deviendo en fin deste año un mes y medio de su sueldo, porque estos se enbarcaron en Genova en principios de agosto» 


En todo caso de la génesis de la compañía de Luis de Alcocer podemos extraer conclusiones muy interesantes:

1. La disciplina militar en la temprana Edad Moderna no era, ni mucho menos, prusiana. Los soldados tenían bastante margen de acción a la hora de tomar decisiones que afectaban a su “carrera” militar y a sus condiciones de servicio. Muchos autores - Geoffrey Parker o Idan Sherer, por ejemplo - se han ocupado por extenso de episodios en los cuales los soldados se organizaban para forzar al alto mando a mejorar dichas condiciones: los célebres motines de la infantería española, tanto en Italia durante la primera mitad del XVI [Sherer] como en Flandes para la segunda mitad del XVI y primeras décadas del XVII [Parker]. Pero conviene tener en cuenta otras decisiones unilaterales de los soldados para tener un retrato más completo que la que nos ofrece el soldado amotinado. Este es el caso de soldados que marchaban sin licencia y «salían de sus banderas», pero no para desertar y marchar a sus casas o como protesta por la falta de pagas, sino porque podían considerar que una campaña les ofrecía unas oportunidades - opciones de saqueo, promoción, aventuras - que sus actuales condiciones de servicio no le podían proporcionar. Aunque sin duda muchos soldados huían de la guerra, otros "huían" de la relativa paz de la guarnición. 

2. El alto mando no tenía demasiada capacidad - y en algunos casos, como parece ser el de Leyva en 1535, ni tan siquiera la intención - de perseguir a hombres por lo que podían considerar poco más que una falta leve. Los motines solían acabar en una negociación y acuerdo entre las partes, y tan solo se podía aplicar un castigo a «los mal culpados» - habitualmente, los «electos» y cancilleres que lideraban dichos motines - resultando la supresión o concialiación de los «alborotos» en una gran inversión de tiempo, energía y recursos humanos. Acometer ese esfuerzo para perseguir a soldados que, al fin y al cabo, lo único que buscaban era servir a su rey de manera más activa, podía ser visto como un derroche.

3. Los soldados tenían capacidad de forzar, o al menos, de influir en las decisiones del alto mando. En este caso, los soldados acuerdan con Del Vasto su embarque en la armada y además logran ser agrupados en una misma compañía bajo el mando de Luis de Alcocer una vez llegados a Cerdeña. Aunque la decisión de ponerlos a todos bajo una capitanía nos pueda parecer consecuente al proceder estos soldados de Lombardía, lo cierto es que había muchas alternativas, como la de repartir a estos cuatrocientos hombres en las disminuidas compañías de infatería española de Nápoles o de Sicilia. Por lo tanto, se les da la oportunidad de servir a todos juntos, lo que parece más bien un premio a su audacia que un castigo a su falta, pues agrupar a soldados que habían sido, a priori, «inobedientes» era justamente lo contrario a la lógica que se seguía en la represión del motín, en la cual desbandar a los amotinados era un objetivo primordial.

4. Conviene replantearse la imagen del pobre soldado del XVI que no tiene donde caerse muerto y que va la guerra porque carece de otra alternativa. Sin duda, cómo saben quiénes han estudiado el reclutamiento de tropas en la época, el dinero era una motivación básica, acaso la más importante, a la hora de decidirse a servir enrolándose en una compañía de nuevo cuño. Pero pasados unos años de servicio, esta motivación para buena parte de los soldados era tan solo una de ellas, y quizá no ya la más importante. Los que tan solo acudían por necesidad al oficio de las armas se marchaban en dos o tres años a sus casas con licencia o sin ella, hastiados de la vida militar. Por contra, los que quedaban demostraban haber hallado en la vida militar no sólo un modus vivendi en su acepción de modo de ganarse la vida en un sentido materal, sino en su acepción más literal, de “modo de vivir” con todo lo que ello implicaba. Aunque la vida militar fuera extremadamente dura - pensemos en el final de los días para parte de estos hombres que nos sirven de base para esta disertación, asediados por el turco en una plaza en los Balcanes sin posibilidad de victoria - para muchos hombres era su vida, la vida que ellos habían elegido, y a la que, por cierto, podían renunciar, como hicieron muchos «soldados viejos» de Nápoles o Sicilia, los cuales acabada la jornada de Túnez regresaron a sus casas en España, siendo reemplazados por «soldados noveles» de la armada de Málaga. 

5. Aunque en principio siempre se minusvaloró al bisoño, y esto en buena medida era así por no ser «pláticos» o «fogueados en la guerra», es muy probable que entre los noveles hubiera mayor proporción de soldados por necesidad y carentes de vocación. Con el paso del tiempo, la gente para la cual la vida militar era insoportable renunciaría a servir, y quedarían tan solo los «soldados viejos», que no eran únicamente veteranos, sino hombres - como razonó por extenso Idan Sherer - con verdadera vocación. Con esto en mente, se pueden explicar lo que supusieron verdaderas pruebas de resistencia “más allá del deber” como la de Castelnuovo en 1539 y también podemos entender porque 400 hombres dejaron sus guarniciones en Lombardía para ir a la guerra, no obteniendo en este cambio ninguna ventaja material aparente.

6. Los eventos de indisciplina militar llevados a cabo por una parte significativa de las tropas son importantes para poder tener un retrato más completo de los hombres que combatían en los ejércitos de la época, pues al fin y al cabo, evidencian de modo bastante claro su sentir respecto a las condiciones de servicio, que se hacían en no pocas ocasiones insoportables. Se ha hecho mucho hincapié en los motines por su alcance, su significación y por el gran número de tropas implicadas, pero si se pretender tener un retrato más completo de dichas tropas también hay que recuperar y estudiar eventos menores y particulares como el que nos ocupa. De forma análoga a la expresión de un sentimiento de aversión contra oficiales «malquistos» o corruptos, la rabia por la falta de paga o el temor ante destinos infaustos, los soldados también expresaban sus preferencias de servicio "saliéndose de las banderas", pero en este caso no era para alterarse, sino para disfrutar de un destino más acorde a sus expectativas. 


Para saber más



Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535]

A través de la correspondencia de Antonio de Leyva con Carlos V del año 1534 [AGS,GYM,LEG,6] y de la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa, embajador en Génova del año 1535 [AGS,EST,1368] podemos realizar una reconstrucción parcial de la organización de la infantería en el estado de Milán para la época previa a la jornada de Túnez.

El 21 de julio de 1534 se toma muestra a la infantería española que residía en el ducado de Milán, resultando que había 1000 hombres, 500 de ellos arcabuceros, y 500 coseletes. Curiosamente, se hallaron en la reseña cuarenta «hombres de diuersas naciones», o sea, soldados que servían en la infantería española pero que no eran naturales de ningún reino de España. Estos soldados extranjeros los mandó despedir Antonio de Leyva, y con el sueldo que les pagaba decidió reclutar 30 caballos; suponemos que caballos ligeros, dado el bajo sueldo.

A los 1000 españoles que pasan muestra se les denomina «ordinarios», evidenciando que eran las tropas que se había decidido sostener en este territorio en una época de relativa paz, o al menos, no de guerra abierta con el principal rival, Francisco I de Francia, con quién se sostenía una tensa calma desde 1529. Cuando se toma la muestra, se les da una paga de tres que les deben.

A estos 1000 españoles se les sumaron cerca de 200 hombres «casados y honbres de bien», que habían acudido para servir al marqués de Saluzzo, a los cuales Antonio de Leyva toma en su servicio y los reparte en las compañías ordinarias, de manera que no «hagan masa» y sirvan a este señor:

«de por aqui de Italia se llegaron despañoles casados y honbres de bien c[erc]a de dozientos honbres y por q el marques de Salucio los [venía] sobornando y so[n]sacando por q no viniesse a hazer massa los repartimos entrestas comp[añí]as»

Antonio de Leyva indica que de estos doscientos hombres casi todos eran arcabuceros, por lo que decidió quitar una parte de arcabuceros y les dio picas, armas no «menos provechosas» que el arcabuz. 

Por último, recibe en el servicio cerca de 500 hombres que habían participado en la defensa de Corón frente al turco. Esto suma unos 1700 hombres.

Todas estas tropas están organizadas en cinco compañías. Para el verano de 1535 conocemos los nombres de cuatro capitanes más, dos de los cuales retienen el título de maestre de campo:

  1. don Jerónimo de Mendoza, maestre de campo y capitán de una de las compañías
  2. don Pedro de Acuña
  3. don Juan de Vargas, maestre de campo y capitán [a 15 de septiembre son 300 hombres que cuestan 1.164 escudos]
  4. Hurtado de Mendoza

Los nombres de estos capitanes los conocemos por la correspondencia del embajador en Génova, pues se fueron rotando durante el verano - a partir de mayo - para guardar esta ciudad estando Andrea Doria ausente por participar en la jornada de Túnez, con la excusa de piratas berberiscos, pero también para evitar «novedades», o sea, para impedir revueltas y alteraciones, bien fueran populares o señoriales. 

En mayo de 1535, cerca de 400 hombres de la infantería española deciden por su cuenta participar en la jornada de Túnez [Véase el artículo La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva]. Por lo que debieron quedar repartidos entre Lombardía y Génova unos 1300 hombres para el verano de ese año.


Notas

[1] A este respecto hubo disparidad de pareceres. Del Gasto y Andrea Doria consideraron que la infantería de Lombardía sí que podía acudir a «tan Sancta» jornada. Finalmente, de las cinco banderas, dos quedaron acantonadas para la defensa de Génova y las otras tres quedaron en el ducado de Milán, aunque se fueron relevando en la guarda de la capital de la Señoría.

«Al principe de Melfi [Andrea Doria] y al marques del Gasto les parece q seria bien que la Infanteria q esta en lonbardia fuese en este Jornada por ser buena gente y platica y pues no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar se podria tomar vn medio q quedase con Antonio de Leyua mill alemanes y las dos vanderas que dize ultimamente dela gente que vino de Coron / y que las otras tres vanderas q tiene a cargo el maestro de campo don Jeronimo de Mendoça fuesen enel armada / no se si Antonio de Leyua lo haura por bien haujendo de quedar aca pues en todas partes paresçe q seran menester /».

Carta de Gómez Suárez de Figueroa, fechada en Génova a diez de marzo de 1535. Archivo General de Simancas, EST,LEG,1368,23-26, 

[2] Fuente: AGS, EST, Leg.1368,36

[3] Cifra estimada al alza a partir de la cantidad consignada para su paga, según aparece en la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa. En todo caso, ver apartado Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535].

En 1534 Antonio de Leyva informa que tenía 1000 españoles ordinarios en Lombardía y que había incorporado a parte de la infantería que vino de Corón, que en correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa se cifraba en unos 500 hombres [AGS,GYM,LEG,6.2]. 

Es probable que la cifra real de hombres rondará más los 1.400 o 1.500, calculando a una media de 3,88 escudos por soldado, y teniendo en cuenta la carta mencionada en el párrafo anterior. Además, 5 compañías de unos 300 hombres es una cifra más razonable.

[4] Para el tema de la paga, asunto siempre importante en la correspondencia de estado, vénase varias referencias del Archivo General de Simancas, 

AGS, EST,LEG,1368,50, 1535-05-04

Se les pagan dos pagas atrasadas y se les deben dos más que suman 10.700 escudos = a 3 escudos salen 1.783 hombres; a 3,88 escudos salen 1379 hombres. A  Génova se envían las compañías de don Jerónimo de Mendoza y de don Pedro de Acuña, las cuales ha de sufragar Génova con la excusa de Barbarroja. Dicen que vinieron 500 hombres de la empresa de Corón, y que cada vienen más.

AGS, EST,LEG,1368,48, 1535-05-10

Habla de las 5 banderas que están en Lombardía, y se les deben hasta 15 de mayo dos pagas. Jerónimo de Mendoza tiene concertado que perdonen una paga. 

AGS, EST,LEG,1368,57, 1535-05-22

La mitad de la paga de la gente de Lombardía suma 2.675 escudos [la cuarta parte de 10.700]

AGS, EST,LEG,1368,59-60, 1535-06-07

Idem. Pagan una tercera paga. La infantería perdona la cuarta que se le debía. 

AGS, EST,LEG,1368,74, 1535-07-22

5.350 escudos tomados en Sicilia para pagar las 5 banderas de infantería española de la paga de 15 de mayo a 15 de junio. 

AGS, EST,LEG,1368,85, 1535-08-04

1.955 escudos para pagar las dos compañías que están en Génova [651 hombres a 3 escudos] , que son las del maestre de campo Juan de Vargas y la de Hurtado de Mendoza. No halla dinero para las tres banderas que están en Lombardía. 

AGS, EST,LEG,1368,89-90, 1535-09-04

En Génova queda la compañía de Juan de Vargas [en carta de XVIII de septiembre dice que son 300 infantes = y cobran 1.164 escudos según carta de 1 de octubre; 3,88 escudos / infante]. Deudas a las diferentes compañías.