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La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva

Los procesos de creación de las compañías de infantería española son conocidos. El caso canónico nos situaría en España: un capitán «ordinario» residente en la corte recibe su conducta que le autoriza reclutar una compañía de 300 hombres en algún partido de la geografía española. 

El capitán, con la ayuda de sus oficiales, «hinche» su conducta con soldados «bisoños» en el partido asignado y la «rehinche» durante el camino al puerto. Allí se embarcan rumbo a los ejércitos de Italia o Flandes, o a algún presidio de Berbería o de las islas del Mediterráneo. 

Pero también hay que destacar casos curiosos que son difíciles de concebir teniendo como referente unas fuerzas armadas actuales altamente reguladas y burocratizadas, con procesos establecidos en sinfín de normas impresas. 

Este es el caso de la compañía de Luis de Alcocer, creada en 1535 con ocasión de la jornada en Túnez encabezada por Carlos V contra Barbarroja.

Esta compañía se creó no con reclutas de la Mancha, Jaén o Barcelona, sino con «soldados viejos» que sin licencia se fueron a servir a la guerra por su cuenta y riesgo y contra la voluntad de sus capitanes. 


Conviene replantearse la imagen del soldado de la Edad Moderna como un hombre cuya única motivación era la paga. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras. Los hombres de la época actuaban movidos por una multitud de factores, no siempre de carácter material. Imagen: Soldados de infantería española, pica seca con gorra y pica al hombro, y arcabucero con celada, gola de launas y arcabuz, típicos soldados de la jornada de Túnez. Cartón nº8 de la serie La conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen. KHMWien. 



Póngamonos en situación:

Carlos V ordena la leva de 8.400 hombres en España que debían embarcarse en Málaga, y manda que en los reinos de Sicilia y Nápoles se embarquen 4000 hombres de las compañías de infantería que residen en dichos territorios para acudir a la jornada en tierras norteafricanas.

La infantería de Lombardía quedó excluida de esta convocatoria: al ser territorio de frontera con Francia se pensó que el ducado de Milán no podía quedar desguarnecido, así que los soldados viejos del Milanesado debían permanecer alojados en las tierras del norte de Italia, entre otras cosas porque «no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar» [1].

Evidentemente, la empresa era un secreto a voces: Andrea Doria organizaba su armada en Génova para pasar a Barcelona a recoger a Carlos V y su corte, y en el puerto de La Spezia debían embarcarse 7000 lansquenetes alemanes para servir en la empresa de Berbería.

También en La Spezia se embarcarían coronelías de infantes italianos, como la del genovés Agustín Espínola. Teniendo noticia de tales preparativos, algunos soldados de infantería española de Lombardía sintieron que se perdían una gran jornada, así que se pusieron de acuerdo para irse a la guerra sin licencia.

El obispo Alonso de Sanabria recoge la historia como parece que fue vozpópuli:

«con estas seis compañías [de Nápoles] vinieron quatrocientos españoles de Lombardia / y entre ellos auia algunos q auian sido hombres de cargos. Antonio de Leyua principe de Ascola los persiguio fasta napoles. No llevauan paga al emperador ni tenian q Restituir mas de solo querer venirse sin liçencia del general. De estos quatroçientos hizieron capitan a Alcoçer / arbolo vandera en Cerdeña»

Prudencio de Sandoval, que copia a Sanabria en lo que a la jornada de Túnez se refiere en el libro XXII de su historia de Carlos V, escribe sobre estos hombres: «De estos cuatrocientos escogidos españoles hicieron capitán a Alcocer, un valiente español; arboló bandera en Cerdeña».

Sin duda eran gente escogida, pero nadie los escogió. Todo indica que estos soldados marcharon con la armada de Italia a Túnez buscando lo que se llamaba entonces «guerra viva» escapando del «amolentamiento» de los presidios del ducado de Milán durante un año en que no hubo guerra ni perspectiva de ella.

El relato de Sanabria hace que estos cuatrocientos españoles de Lombardía se embarquen con las compañías de infantería española de Nápoles, y además, los hace llegar al Reino huyendo de Antonio de Leyva, por entonces capitán general del ejército imperial en Lombardía.


Antonio de Leyva llevado en andas - padecía gota - durante la entrada o cabalgata del emperador Carlos V durante su coronación en Bolonia en 1529. Según informaron al emperador, cuando a don Antonio le venía «el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio». Un general siempre de mal humor podía llegar a ser «malquisto» por sus soldados, pero Leyva se preció siempre de empeñar su plata para poder pagarles el sueldo, cosa que granjearía a cambio una cierta lealtad. Grabado coloreado. 


Pero veamos qué sucedió entre Leyva y estos cuatrocientos que se fueron «sin liçencia del general». 

Para eso tenemos un resumen de una carta enviada por Andalot, caballerizo de Carlos V informando a su señor en lo tocante a la organización de la armada para la empresa de Túnez [2] 

«Andalot dize q delos españoles q estan en Lombardia se entresalieron hasta CCCCº Infantes buenos soldados para yrse a embarcar enel armada y q el hablo a Antonio de Leyua como se yuan aquellos y le respondio q pues no q[ue]rian quedar con la otra gente el holgaua q hiziesen lo q quisiesen. Por q aunq por entonces los quisiera detener sy despues tuuieran la misma voluntad de yrse tambien se le fueran y q sise offrecia necessidad de mas gente dela q le quedaua en lugar de aquellos embiaria por alemanes a Tirol y con esto se baxaron a la marina sin capitan ni perssona de cabo / y q el marques del Gasto con quien tuuieron su Intelligencia tuuo manera como los embarcassen en una delas naos del armada y que aun q no se les assento sueldo ninguno para su paga no les faltaron algunos bastimentos para su viuir. y assy los dexo embarcados aunq despues oyo dezir q por q no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar q[ue]rian alos españoles mudar los o repartir los en otras naos o desembarcarlos para q quedassen /»

Vemos pues que estos 400 españoles se marchan del ejército de Lombardía sin licencia, pero que cuestionado su general Antonio de Leyva por el caballerizo Andalot, éste responde que «holgaua q hiziesen lo q quisiesen», porque aunque los retuviera entonces después acabarían yéndose si esa era su voluntad.

El futuro tercio de Lombardía - entonces no tenía esa denominación, sino que se empleaban otras fórmulas para la agrupación, como la infantería ordinaria del estado de Milán, o la infantería que reside en Lombardía - lo integraban por entonces apenas 1.700 hombres en 5 compañías [3], por lo que la pérdida de esos 400 no era baladí, pero vemos que Leyva dice no preocuparle esta marcha sin licencia de tal cantidad de soldados. 

De hecho, en el plano organizativo Antonio de Leyva asume que los va a sustituir fácilmente con alemanes del Tirol. En el plano económico se les debían al menos dos pagas a la infantería española; si se marchaban sería un ahorro para las apretadas cuentas del ejército [4].


Ahora veamos el papel jugado por el marqués del Vasto, que fue capitán general en la jornada de Túnez en la parte terrestre.

Una de las más célebres pinturas que representa a Alfonso de Ávalos o Dávalos, marqués del Vasto, es la «Alocución del marqués del Vasto a sus soldados». En ella, el marqués es retratado junto a su hijo, el cual hubiera estado dispuesto a entregar como rehén a las tropas españolas amotinadas durante el infausto motín de 1538. La relación entre el alto mando y los soldados no siempre estaba en la «Intelligencia», y eran habituales y reiterados los conflictos. Para saber más acerca de este episodio, véase el libro de Idan Sherer, Italia mi ventura. El soldado español en las Guerras de Italia, editado por Desperta Ferro en 2024, al que haremos referencia más adelante.


El marqués del Vasto no sólo no rechaza a estos soldados, de hecho tiene «Intelligencia» con ellos para que se embarquen en el armada, ocupando un lugar en las naos de transporte de tropas donde debían recibir bastimentos embarcados en ellas y destinados a tropas de otras naciones - alemanes e italianos -.

Esto, como comenta Andalot, suponía competir con los alemanes por el espacio en las naos y por los bastimentos que se calculaban a tanto por hombre: «no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar». Competidores de los tudescos por el espacio y los bastimentos, las fuentes documentales, sin embargo, indican que los 400 españoles se embarcan, aunque se reitera que no se les otorga paga alguna. A esto volveremos más adelante.

El 15 de mayo de 1535 se daba a la vela en La Spezia la armada que debía recoger hombres y bastimentos en Nápoles y Sicilia. Gómez Suárez de Figueroa informaba que iban 39 galeras y 50 naves en que iban embarcados la infantería alemana e italiana y «parte de la española», oficializando su participación en la jornada.

Resulta evidente que aunque los soldados iban por su cuenta «sin capitan ni perssona de cabo» esto tan solo pudo producirse  con la aquiesciencia pasiva de Leyva que les dejaba «q hiziesen lo q quisiesen» y la implicación personal de Del Vasto que tuvo «Intelligencia» con ellos. Nadie juzgó a esos hombres por abandonar sus puestos: Leyva no los persiguió y Del Vasto los admitió en la armada. 

Según explica Sanabria, Luis de Alcocer arboló bandera en Cerdeña y se convirtió en capitán de estos cuatrocientos hombres. 

Según Cerezeda esa compañía se formó en La Goleta. 

Según refiere en carta de 7 de octubre de 1535, Francisco Duarte, contador del sueldo y por entonces comisario de la infantería española, al acabar la campaña tunecina «la conpanya de Luys de Alcoçer q es de treziºs ynfantes muy buenos por conducta del marques del gasto [... ] han servido y siruen con las otras vanderas de napoles y no han rescibido mas de sola una paga en dinero y el bastimento q han comido en estos seys meses».

Por Duarte vemos que es el marques del Gasto quién otorga la «conducta», oficializando la formación de la compañía, aunque esta se produjo bien en Cerdeña - habiéndose reunido la armada de Italia con la de Málaga y la de Barcelona, en la cual venía Carlos V - o en la Goleta, ya durante la campaña.

Atendiendo a lo expresado por Duarte, vemos que esos hombres solo recibieron una paga durante la empresa en Berbería y sirvieron básicamente a cambio de los bastimentos que comieron por espacio de seis meses. No se puede apreciar interés pecuniario alguno por ir a Túnez y participar en la jornada, y todo indica que su interés personal se basaba en buscar «guerra viva» plausiblemente, por motivos variados, algunos de orden material y otros de carácter inmaterial. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos capturados como botín, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras.

Se puede argumentar también que la vida en Lombardía era cara y que la paga llegaba de manera irregular y los soldados tenían que soportar la carestía sumada la falta de emolumentos, pero también hay que decir que esos soldados vivían y comían a crédito. De hecho, en julio del 34, después de pasar muestra a los 1000 soldados de la infantería española de Lombardía, Antonio de Leyva informa de lo siguiente a Carlos V [AGS,GYM,LEG,6.28]:

«por q le yuan quexas del estado de Monferrato delos soldados hizo hauer informacion en las tierras donde hauian estado alojados y se hallo mucho menos delo que publicauan / saluo enlo del comer que por que les faltauan las pagas se deuia algo en algunas partes y que aquello se tasso como lo quisieron y el les prometio de pagargelo dentro de vn mes quando se les diese otra paga / que el gouernador y los del estado estan muy quexosos pero que no teniendo otra parte donde los tener no se puede hazer mas»

De hecho, las compañías de Lombardía que continuaron sirviendo en Lombardía y en Génova, aunque con retrasos, intermitencias y con pérdida de alguna paga - a la cual renunciaron a cambio de un pronto pago del resto - fueron recibiendo sus sueldos, con lo cual vemos que los soldados que marcharon a Túnez, en lo que se refirere a los emolumentos, no solo no mejoraron su suerte, sino que la empeoraron respecto a los que permanecieron en Lombardía.

Esto nos ofrece una imagen muy alejada del clásico pobre soldado que va a la guerra por necesidad. Aquí vemos a unos soldados buscando poder combatir, siendo la alternativa permanecer en los presidios de Lombardía en un año en el que no hubo guerra abierta con Francia.

Y no era el primero. 

En febrero de 1534, Antonio de Leyva escribía :

«por aca no ay otro movimiento ninguno de guerra todo esta pacifico y quieto ni se haze gente ni se compreende q aya aparato ninguno ny cosa de hecho»

Carta de Antonio de Leyva a Carlos V, 2 de febrero de 1534 [AGS,GYM,LEG,6.4]


Aunque por el momento no se puede sostener documentalmente que parte de los soldados que estaban en Lombardía escogieran marchar a Túnez por considerar la empresa más estimulante que su estancia en el norte de Italia, esta hipótesis se puede incorporar aquí y plantearla como posible factor, sino determinante, sí al menos importante a la hora de que los 400 decidideran dejar sus banderas y embarcarse en La Spezia.
 

«A la guerra me lleva mi necesidad; si tuviera dineros, no fuera, en verdad». Miguel de Cervantes, escritor y poeta, pero también soldado, expresó en boca de uno de los personajes del Quijote un retrato que aún real, era parcial. Si bien el sueldo era una de las principales motivaciones para servir en el ejército - sino la primera - no era la única para permanecer en servicio después de muchos años y haberse convertido el bisoño en soldado viejo. Las posibilidades de regresar a casa, con licencia o sin ella, despedidos y con transporte pagado eran recurrentes, por lo que en la permanencia en el ejército debían pesar otras razones, más allás de las puramente materiales.


También se puede argumentar que los soldados tuvieran por «malquisto» a su general. En una deliciosa carta de Carlos V y la no menos ocurrente respuesta de Leyva, podemos ver algunos elementos de esa supuesta tensión:

De Carlos V a Antonio de Leyva:

«Os aviso de lo que por aqui me informan [...]: dicen me que quando os uiene el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio. Yo lo tendre por muy particular que mandeys con amor, sufrays con paciencia y trateys con afabilidad por que es mayor ganacia el ser amado, que si la Artileria se gasta y es menester bronce para repararla»

Respuesta de Leyva a Carlos V:

«La poca cuenta que he tenido de mi persona salud y uida y la mucha que tengo deste cargo con que  V. Magd. me ha cargado ha sido parte que he cobrado la insufrible gota y se me ha agotado mi hazienda, no me pesa delo uno ni de lo otro por el daño q se me sigue sino por no tener con que emplearme enel seruicio de V.Magd. Lo que se decir es que ni mis criados me dexan por insufrible ni mis soldados por mal acondicionado sino los unos como no los pago no me quieren seruir y los otros como [no] les doy sueldo rehusan de me acompañar, en toda Italia no ay nadie que lo atribuya a la gota y mala condicion de Antonio de Leyua sino a la poca moneda que de España pasa. Verdad es que la Artilleria esta gastada pero no me atreuere a reparalla hasta tener pagados los tiradores della y quando mas no hubiere hare que el bronce se conuierta en pan pues desto ay tan poco»


Pero todo indica que Leyva hacía todo lo que estaba en su mano para que las tropas recibieran su paga, incluso recurrir a los empréstitos personales sobre su hacienda personal - el origen de ella sería tema a desarrollar aparte - y además, tenía cierta manga ancha con las exacciones de los soldados a los pobladores, con lo cual los soldados podían, cuanto menos, comer. 

Respecto a marcha sin licencia de estos cuatrocientos hombres, cabe tener en cuenta que lo que hoy sería un caso de desobediencia grave, entonces podía ser visto con otros ojos: dónde hoy algunos pueden llegar a ver a un hatajo de indisciplinados, entonces podían llegar a ver a un grupo de hombres audaces que querían servir a su señor en una campaña. 

Tras Túnez, la compañía de Luis de Alcocer marchó al reino de Nápoles, incorporándose al tercio que se formaría en 1536. En 1536 pasó a la jornada en Provenza sirviendo de nuevo a las órdenes de Carlos V donde estaría reducida a tan solo 127 hombres

Si hacemos caso a Cerezeda - aunque en más de un caso yerra cuando habla de tropas que no eran de su agrupación - Luis de Alcocer hizo otra compañía en 1538, por lo que no es evidente la continuidad de dicha compañía agrupada bajo dicho capitán hasta su participación en la defensa de Castelnuovo en 1539.

Pero en otra relación - en este caso, un documento de AGS,GYM transcrito por Laiglesia fechado en Castelnuovo a 18 de noviembre de 1538 - se indica que la compañía de Alcocer se embarcó en la armada de Levante en el verano de 1538 y quedó para la guarda de Castelnuovo:

«y á las tres conpañias que aqui quedan, de las quatro que vinieron de Lonbardia, que son de Luis de Alcoçer, y Francisco de Silva, y Juan Vizcaíno, se les quedara deviendo en fin deste año un mes y medio de su sueldo, porque estos se enbarcaron en Genova en principios de agosto» 


En todo caso de la génesis de la compañía de Luis de Alcocer podemos extraer conclusiones muy interesantes:

1. La disciplina militar en la temprana Edad Moderna no era, ni mucho menos, prusiana. Los soldados tenían bastante margen de acción a la hora de tomar decisiones que afectaban a su “carrera” militar y a sus condiciones de servicio. Muchos autores - Geoffrey Parker o Idan Sherer, por ejemplo - se han ocupado por extenso de episodios en los cuales los soldados se organizaban para forzar al alto mando a mejorar dichas condiciones: los célebres motines de la infantería española, tanto en Italia durante la primera mitad del XVI [Sherer] como en Flandes para la segunda mitad del XVI y primeras décadas del XVII [Parker]. Pero conviene tener en cuenta otras decisiones unilaterales de los soldados para tener un retrato más completo que la que nos ofrece el soldado amotinado. Este es el caso de soldados que marchaban sin licencia y «salían de sus banderas», pero no para desertar y marchar a sus casas o como protesta por la falta de pagas, sino porque podían considerar que una campaña les ofrecía unas oportunidades - opciones de saqueo, promoción, aventuras - que sus actuales condiciones de servicio no le podían proporcionar. Aunque sin duda muchos soldados huían de la guerra, otros "huían" de la relativa paz de la guarnición. 

2. El alto mando no tenía demasiada capacidad - y en algunos casos, como parece ser el de Leyva en 1535, ni tan siquiera la intención - de perseguir a hombres por lo que podían considerar poco más que una falta leve. Los motines solían acabar en una negociación y acuerdo entre las partes, y tan solo se podía aplicar un castigo a «los mal culpados» - habitualmente, los «electos» y cancilleres que lideraban dichos motines - resultando la supresión o concialiación de los «alborotos» en una gran inversión de tiempo, energía y recursos humanos. Acometer ese esfuerzo para perseguir a soldados que, al fin y al cabo, lo único que buscaban era servir a su rey de manera más activa, podía ser visto como un derroche.

3. Los soldados tenían capacidad de forzar, o al menos, de influir en las decisiones del alto mando. En este caso, los soldados acuerdan con Del Vasto su embarque en la armada y además logran ser agrupados en una misma compañía bajo el mando de Luis de Alcocer una vez llegados a Cerdeña. Aunque la decisión de ponerlos a todos bajo una capitanía nos pueda parecer consecuente al proceder estos soldados de Lombardía, lo cierto es que había muchas alternativas, como la de repartir a estos cuatrocientos hombres en las disminuidas compañías de infatería española de Nápoles o de Sicilia. Por lo tanto, se les da la oportunidad de servir a todos juntos, lo que parece más bien un premio a su audacia que un castigo a su falta, pues agrupar a soldados que habían sido, a priori, «inobedientes» era justamente lo contrario a la lógica que se seguía en la represión del motín, en la cual desbandar a los amotinados era un objetivo primordial.

4. Conviene replantearse la imagen del pobre soldado del XVI que no tiene donde caerse muerto y que va la guerra porque carece de otra alternativa. Sin duda, cómo saben quiénes han estudiado el reclutamiento de tropas en la época, el dinero era una motivación básica, acaso la más importante, a la hora de decidirse a servir enrolándose en una compañía de nuevo cuño. Pero pasados unos años de servicio, esta motivación para buena parte de los soldados era tan solo una de ellas, y quizá no ya la más importante. Los que tan solo acudían por necesidad al oficio de las armas se marchaban en dos o tres años a sus casas con licencia o sin ella, hastiados de la vida militar. Por contra, los que quedaban demostraban haber hallado en la vida militar no sólo un modus vivendi en su acepción de modo de ganarse la vida en un sentido materal, sino en su acepción más literal, de “modo de vivir” con todo lo que ello implicaba. Aunque la vida militar fuera extremadamente dura - pensemos en el final de los días para parte de estos hombres que nos sirven de base para esta disertación, asediados por el turco en una plaza en los Balcanes sin posibilidad de victoria - para muchos hombres era su vida, la vida que ellos habían elegido, y a la que, por cierto, podían renunciar, como hicieron muchos «soldados viejos» de Nápoles o Sicilia, los cuales acabada la jornada de Túnez regresaron a sus casas en España, siendo reemplazados por «soldados noveles» de la armada de Málaga. 

5. Aunque en principio siempre se minusvaloró al bisoño, y esto en buena medida era así por no ser «pláticos» o «fogueados en la guerra», es muy probable que entre los noveles hubiera mayor proporción de soldados por necesidad y carentes de vocación. Con el paso del tiempo, la gente para la cual la vida militar era insoportable renunciaría a servir, y quedarían tan solo los «soldados viejos», que no eran únicamente veteranos, sino hombres - como razonó por extenso Idan Sherer - con verdadera vocación. Con esto en mente, se pueden explicar lo que supusieron verdaderas pruebas de resistencia “más allá del deber” como la de Castelnuovo en 1539 y también podemos entender porque 400 hombres dejaron sus guarniciones en Lombardía para ir a la guerra, no obteniendo en este cambio ninguna ventaja material aparente.

6. Los eventos de indisciplina militar llevados a cabo por una parte significativa de las tropas son importantes para poder tener un retrato más completo de los hombres que combatían en los ejércitos de la época, pues al fin y al cabo, evidencian de modo bastante claro su sentir respecto a las condiciones de servicio, que se hacían en no pocas ocasiones insoportables. Se ha hecho mucho hincapié en los motines por su alcance, su significación y por el gran número de tropas implicadas, pero si se pretender tener un retrato más completo de dichas tropas también hay que recuperar y estudiar eventos menores y particulares como el que nos ocupa. De forma análoga a la expresión de un sentimiento de aversión contra oficiales «malquistos» o corruptos, la rabia por la falta de paga o el temor ante destinos infaustos, los soldados también expresaban sus preferencias de servicio "saliéndose de las banderas", pero en este caso no era para alterarse, sino para disfrutar de un destino más acorde a sus expectativas. 


Para saber más



Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535]

A través de la correspondencia de Antonio de Leyva con Carlos V del año 1534 [AGS,GYM,LEG,6] y de la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa, embajador en Génova del año 1535 [AGS,EST,1368] podemos realizar una reconstrucción parcial de la organización de la infantería en el estado de Milán para la época previa a la jornada de Túnez.

El 21 de julio de 1534 se toma muestra a la infantería española que residía en el ducado de Milán, resultando que había 1000 hombres, 500 de ellos arcabuceros, y 500 coseletes. Curiosamente, se hallaron en la reseña cuarenta «hombres de diuersas naciones», o sea, soldados que servían en la infantería española pero que no eran naturales de ningún reino de España. Estos soldados extranjeros los mandó despedir Antonio de Leyva, y con el sueldo que les pagaba decidió reclutar 30 caballos; suponemos que caballos ligeros, dado el bajo sueldo.

A los 1000 españoles que pasan muestra se les denomina «ordinarios», evidenciando que eran las tropas que se había decidido sostener en este territorio en una época de relativa paz, o al menos, no de guerra abierta con el principal rival, Francisco I de Francia, con quién se sostenía una tensa calma desde 1529. Cuando se toma la muestra, se les da una paga de tres que les deben.

A estos 1000 españoles se les sumaron cerca de 200 hombres «casados y honbres de bien», que habían acudido para servir al marqués de Saluzzo, a los cuales Antonio de Leyva toma en su servicio y los reparte en las compañías ordinarias, de manera que no «hagan masa» y sirvan a este señor:

«de por aqui de Italia se llegaron despañoles casados y honbres de bien c[erc]a de dozientos honbres y por q el marques de Salucio los [venía] sobornando y so[n]sacando por q no viniesse a hazer massa los repartimos entrestas comp[añí]as»

Antonio de Leyva indica que de estos doscientos hombres casi todos eran arcabuceros, por lo que decidió quitar una parte de arcabuceros y les dio picas, armas no «menos provechosas» que el arcabuz. 

Por último, recibe en el servicio cerca de 500 hombres que habían participado en la defensa de Corón frente al turco. Esto suma unos 1700 hombres.

Todas estas tropas están organizadas en cinco compañías. Para el verano de 1535 conocemos los nombres de cuatro capitanes más, dos de los cuales retienen el título de maestre de campo:

  1. don Jerónimo de Mendoza, maestre de campo y capitán de una de las compañías
  2. don Pedro de Acuña
  3. don Juan de Vargas, maestre de campo y capitán [a 15 de septiembre son 300 hombres que cuestan 1.164 escudos]
  4. Hurtado de Mendoza

Los nombres de estos capitanes los conocemos por la correspondencia del embajador en Génova, pues se fueron rotando durante el verano - a partir de mayo - para guardar esta ciudad estando Andrea Doria ausente por participar en la jornada de Túnez, con la excusa de piratas berberiscos, pero también para evitar «novedades», o sea, para impedir revueltas y alteraciones, bien fueran populares o señoriales. 

En mayo de 1535, cerca de 400 hombres de la infantería española deciden por su cuenta participar en la jornada de Túnez [Véase el artículo La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva]. Por lo que debieron quedar repartidos entre Lombardía y Génova unos 1300 hombres para el verano de ese año.


Notas

[1] A este respecto hubo disparidad de pareceres. Del Gasto y Andrea Doria consideraron que la infantería de Lombardía sí que podía acudir a «tan Sancta» jornada. Finalmente, de las cinco banderas, dos quedaron acantonadas para la defensa de Génova y las otras tres quedaron en el ducado de Milán, aunque se fueron relevando en la guarda de la capital de la Señoría.

«Al principe de Melfi [Andrea Doria] y al marques del Gasto les parece q seria bien que la Infanteria q esta en lonbardia fuese en este Jornada por ser buena gente y platica y pues no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar se podria tomar vn medio q quedase con Antonio de Leyua mill alemanes y las dos vanderas que dize ultimamente dela gente que vino de Coron / y que las otras tres vanderas q tiene a cargo el maestro de campo don Jeronimo de Mendoça fuesen enel armada / no se si Antonio de Leyua lo haura por bien haujendo de quedar aca pues en todas partes paresçe q seran menester /».

Carta de Gómez Suárez de Figueroa, fechada en Génova a diez de marzo de 1535. Archivo General de Simancas, EST,LEG,1368,23-26, 

[2] Fuente: AGS, EST, Leg.1368,36

[3] Cifra estimada al alza a partir de la cantidad consignada para su paga, según aparece en la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa. En todo caso, ver apartado Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535].

En 1534 Antonio de Leyva informa que tenía 1000 españoles ordinarios en Lombardía y que había incorporado a parte de la infantería que vino de Corón, que en correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa se cifraba en unos 500 hombres [AGS,GYM,LEG,6.2]. 

Es probable que la cifra real de hombres rondará más los 1.400 o 1.500, calculando a una media de 3,88 escudos por soldado, y teniendo en cuenta la carta mencionada en el párrafo anterior. Además, 5 compañías de unos 300 hombres es una cifra más razonable.

[4] Para el tema de la paga, asunto siempre importante en la correspondencia de estado, vénase varias referencias del Archivo General de Simancas, 

AGS, EST,LEG,1368,50, 1535-05-04

Se les pagan dos pagas atrasadas y se les deben dos más que suman 10.700 escudos = a 3 escudos salen 1.783 hombres; a 3,88 escudos salen 1379 hombres. A  Génova se envían las compañías de don Jerónimo de Mendoza y de don Pedro de Acuña, las cuales ha de sufragar Génova con la excusa de Barbarroja. Dicen que vinieron 500 hombres de la empresa de Corón, y que cada vienen más.

AGS, EST,LEG,1368,48, 1535-05-10

Habla de las 5 banderas que están en Lombardía, y se les deben hasta 15 de mayo dos pagas. Jerónimo de Mendoza tiene concertado que perdonen una paga. 

AGS, EST,LEG,1368,57, 1535-05-22

La mitad de la paga de la gente de Lombardía suma 2.675 escudos [la cuarta parte de 10.700]

AGS, EST,LEG,1368,59-60, 1535-06-07

Idem. Pagan una tercera paga. La infantería perdona la cuarta que se le debía. 

AGS, EST,LEG,1368,74, 1535-07-22

5.350 escudos tomados en Sicilia para pagar las 5 banderas de infantería española de la paga de 15 de mayo a 15 de junio. 

AGS, EST,LEG,1368,85, 1535-08-04

1.955 escudos para pagar las dos compañías que están en Génova [651 hombres a 3 escudos] , que son las del maestre de campo Juan de Vargas y la de Hurtado de Mendoza. No halla dinero para las tres banderas que están en Lombardía. 

AGS, EST,LEG,1368,89-90, 1535-09-04

En Génova queda la compañía de Juan de Vargas [en carta de XVIII de septiembre dice que son 300 infantes = y cobran 1.164 escudos según carta de 1 de octubre; 3,88 escudos / infante]. Deudas a las diferentes compañías. 

La compañía de Álvaro de Madrigal en la Barcelona de 1537. Un «crisol» de las tierras de España

Y pasé por mitad de Barçelona delante del Rey y de su Corte y de algunos de mi tierra en hordenança con los otros soldados, con la pica en el honbro. 

De lo que me acaesçió entrando en Barçelona, en Libro de la vida y costumbres de don Alonso Enríquez de Guzmán


En la playa de Barcelona - la ciudad no tenía puerto - se embarcaban gente y pertrechos en barcas, bateles y esquifes que les transportaban hasta las galeras y naves fondeadas cerca de la orilla. No pocos soldados, como «Joan Boxo» de Puigcerdà, «Jeronymo Galces» de Barbastro, o «Anton de Letran» de Jaca, verían el mar por primera vez en su vida. Los viajes por mar, aún por el Mediterráneo en verano, eran inciertos pues había que cuidarse de multitud de peligros. Otros soldados, como «Pedro de Roues de Castro de Ordiales», «Pedro de Aguillar de Caliz» o los 18 mallorquines de la compañía, eran conocedores de la mar, quizá, incluso, habían llegado a Barcelona embarcados como grumetes. Detalle del cartón nº2 de la serie «La Conquista de Túnez», titulado «La revista de tropas en Barcelona», por Jan Cornelisz Vermeyen [1546-1554].


I.A.A. Thompson publicó en 2003 El soldado del Imperio: una aproximación al perfil del recluta español en el Siglo de Oro, un pequeño muestreo de los orígenes geográficos de unos 3.500 reclutas de tres levas realizadas en los años de 1575, 1587 y 1628, que se convirtió entonces, dada la escasez de estudios similares, en una verdadera «radiografía» para la historiografía del reclutamiento de tropas de infantería en España. 

Sus conclusiones, basadas en el análisis de esas levas, indicaban que más del 90% de los bisoños procedían del reino de Castilla, y el resto de reinos peninsulares apenas si aportaban conjuntamente el 10% de las tropas. Aún así, Thompson señaló que las «compañías a nivel micro eran verdaderos crisoles de la integración nacional», dado que, aunque la mayoría de soldados fueran de los partidos donde se había señalado la leva, una parte no desdeñable de las tropas que integraban las compañías eran de otras partes de España, a veces, bastante lejanas a dichas zonas de reclutamiento.

Idan Sherer realizó en 2017 un análisis detallado de la compañía de Francisco de Sarmiento, embarcada en Alicante el 26 de noviembre de 1528. Los orígenes de los 464 soldados de dicha compañía, ofrecen un retrato mucho más diverso que los analizados por Thompson. Aunque 7 de cada 10 bisoños procedían del reino de Castilla, un 30% de los reclutas procedían de reinos de la corona de Aragón o de Navarra, siendo un 14% de los soldados del reino de Valencia, donde se ubicaba el puerto de embarque.

Un sucinto muestreo de envíos de tropas y reclutas en las décadas de 1530, 1540 y 1550 sugiere que tanto los partidos asignados para realizar las levas en las «conductas» otorgadas a los capitanes, como las zonas en las que se complementaba dicha leva, guardaban relación con el destino final de dichas compañías. Si, por ejemplo, se pretendía enviar tropas por mar a Flandes, las ciudades, villas, tierras y comarcas donde se reclutaban los soldados solían estar en la mitad norte del país, dado que el tránsito a los puertos de embarque - fundamentalmente Laredo, aunque también La Coruña - se realizaba con mayor brevedad. Si se enviaban tropas a empresas en Berbería, el puerto de Málaga solía ser el escogido, y las levas se realizaban en la mitad sur, mayormente, en Andalucía, pero también en Murcia, La Mancha o incluso Extremadura. Si las levas eran para Italia, vía Barcelona, se intentaba reclutar no solo tropas en Castilla, sino también en Aragón y de paso, en Cataluña.

Este último fue el caso de la compañia del capitán Álvaro de Madrigal, que se levantó en la primavera de 1537 para la defensa de la isla de Cerdeña. Madrigal, que acabaría ligado a dicho reino, pues sería nombrado virrey de dicha isla en agosto de 1556, recibió una conducta para levantar a 500 hombres con destino a la isla mediterránea. En Barcelona pasó muestra con 398 infantes, arcabuceros y piqueros.

Los capitanes en esta época solían levantar compañías de 300 hombres, pero se estimó que la isla precisaba de mayor cantidad de soldados para su defensa, y se optó por concentrarlos bajo un único mando, cosa que se sabía evitaba los problemas de precedencia entre oficiales de igual rango, y además, ahorraba costes al rey. 

Todos los capitanes debían tratar de completar sus levas en los partidos asignados, pero se asumía, y a veces se ordenaba, que debían partir con cierta premura desde las plazas de muestra hasta los puertos de embarque aunque la cifra de su conducta no se hubiera alcanzado. Por el camino, los llamados «tornilleros» - verdaderos profesionales de la deserción - dejaban sus banderas tras recibir las primeras pagas y, en ocasiones, arrastraban a otros bisoños descubriéndoles las ventajas de esta «profesión». De 3.096 hombres que recibieron las primeras pagas ese año de 1537 para acudir a la defensa del Rosellón repartidos en 14 «compañías nuevas», 785 no llegaron a Perpiñán para recibir la segunda paga. Esto supuso una pérdida del 25%, que se produjo simplemente en el tránsito desde la plaza de muestras hasta su destino «caminando sus jornadas» por España.  

Los capitanes, padeciendo estas ausencias tras las primeras pagas, para cumplir con lo estipulado en su conducta en lo que al número de tropas se refiere, se veían obligados a ir reclutando tropas a su paso por las tierras que cruzaban, con o sin colaboración activa de las autoridades locales, y en ocasiones, con su oposición, cosa que causaba ciertas querellas entre estos y los oficiales de la compañía, especialmente, con los «oficiales menores», como era el caso de los tambores, los cuales, «tocando cajas» llamaban al reclutamiento. 

En última instancia, y llegados al puerto de embarque, y viéndose apurados, los oficiales del rey instaban a los capitanes a que reclutasen tropas en las zonas aledañas a dichos puertos, aprovechando así el tiempo de demora que solía darse en reunir y aprestar las naves para el transporte, así como el que los marinos se veían obligados a invertir aguardando tiempo favorable para la navegación. 

Sumadas a las levas de soldados «oficiales» en los partidos señalados en la «conducta» del capitán, tanto las reclutas en camino como las reclutas en puerto generaban una amalgama de gentes de tierras diversas en las compañías. En lugar de corresponderse la vecindad o naturaleza de los soldados de la compañía a lo estipulado en la conducta de sus capitanes, por ejemplo que dichos soldados fueran en su mayoría zamoranos vecinos de «Toro y Zamora y su comarca», o aragoneses de la «ciudad de Zaragoza y su tierra», las vecindades y naturalezas de los soldados eran mucho más diversas, como veremos en este ejemplo.


Alféreces de una compañía de infantería española en 1535. La bandera, una vez se arbolaba, simbolizaba el espíritu de la compañía. Para los bisoños, era, junto a la caja que tocaba el tambor, el símbolo que les señalaba el luar donde se llevaba a cabo el reclutamiento. Detalle del cartón nº10 de la serie «La Conquista de Túnez», titulado «El saqueo de Túnez», por Jan Cornelisz Vermeyen [1546-1554].


Evidentemente, también la propia idiosincrasia del soldado, aventurero y «vagamundo», propiciaba que un hombre en busca de fortuna se hallase lejos de su tierra cuando oyese tocar las cajas y viese la bandera que señalaba el alojamiento del capitán, lugar donde podría asentar su nombre en las planas del alarde de la compañía. Por eso, si no nos extraña que en la compañía de Madrigal sentaran plaza flamencos, sardos o napolitanos, tampoco nos ha de extrañar que un «Lucas de Mondregon vecino de Honyate», un «Baltesar de Ojeda, vecino de Çevilla» o un «Joan Gonçales vecino de Sant Domyngo de la Calçada», acabasen juntos rumbo a Cerdeña en una compañía en que los naturales de los reinos de la antigua corona de Aragón eran mayoría.



Las tropas de la capitanía de Álvaro de Madrigal

El 9 de mayo de 1537 la compañía recibía la primera paga, que se solía dar por mano de un «pagador», un oficial del rey encargado de tomar muestra y pagar a los soldados, realizándose dicha paga en la «plaza de muestra», un lugar asignado para realizar dicha acción. 

El 11 de julio de 1537, estando la compañía ya en Barcelona preparándose para embarcar rumbo a Cerdeña, con la presencia de don Federico de Portugal, arzobispo de Zaragoza y lugarteniente y capitán general del principado de Cataluña y condados de Rosellón y Cerdaña, el notario público Bernat Clemente Canaletes, «de la scrivania de raçon de sus magestades», certificaba la segunda paga que se les daba a los soldados de la capitanía de Álvaro de Madrigal, que abonaba el periodo comprendido entre el 10 de mayo y el 10 de junio de dicho año, pasándoles muestra a todos los que se hallaban presentes.

En un documento escrito en un castellano de la época con algunos catalanismos [«alferris» por alférez, «vantatja» o «avantatja» por ventaja, «partides» por partidas, etc], el notario barcelonés certificaba que en la compañía de Madrigal había trescientos noventa y ocho hombres - incluidos los oficiales - de los cuales 145 tenían plaza de arcabuceros percibiendo 1000 maravedíes «moneda de Castilla» cada uno, y 253 piqueros que cobraban 900 maravedíes por cabeza. No consta que hubiera soldado alguno que percibiera la ventaja de coselete, algo habitual en compañías de «soldados noveles», así que estos piqueros serían «picas secas» o «picas desarmadas», careciendo de armas defensivas. 

Las pagas a los soldados y oficiales de la compañía sumaban 1.049 ducados, 1 sueldo y 5 dineros.  Vemos pues, que aunque la cuenta en «dinero contante» se realizaban en moneda de Castilla, los abonos en «moneda sonante» se realizaban en moneda de Cataluña, cosa habitual en otros territorios de la monarquía, en los cuales el dinero sonante era, fundamentalmente, el que se acuñaba y circulaba en esa zona. 

En el documento se indicaba que la siguiente paga, la tercera, abonaría el periodo comprendido entre el 11 de junio y el 11 de julio de 1537. En esa tercera paga, se les descontaría a los soldados la cantidad de 810 ducados, 4 sueldos y 4 dineros que el capitán Álvaro de Madrigal tenía «resçebidos en armas y polvora y bastimentos», y que se debían descontar a los soldados, según lo contenido en una relación que el capitán había firmado y en la que aparecerían los soldados con las armas, municiones y bastimentos que se les habían entregado. Esta entrega de armas y de pólvora se solía realizar ya en la zona del puerto de embarque, como hemos visto en un artículo sobre las armas de munición de la época, y es probable que dichas armas se sacaran de la «casa de munición» de las atarazanas de Barcelona.


El documento tiene varios tipos de letra; probablemente, el notario certificaba el documento pero intervenían otros escribanos en su redacción.

Más allá de la estructura de la compañía, lo que nos interesa son las 15 planas en que se recogen los nombres, vecindades y naturalezas de los diferentes soldados. 


La compañía. La primera plana

En la primera plana de la muestra, encontramos lo que se acabó llamando precisamente, la «primera plana» de la compañía, o sea, todos los oficiales de la misma, que en este caso, son 7. 



Aquí hallamos las primeras peculiaridades. De los dos «atambores», uno, llamado «Miquell Leon», es italiano. El «pifaro» o pífano es un tal «Jayme Gonser flamenco». Vemos pues, que parte de los oficiales músicos de la compañía son extranjeros, cosa que, al menos en el caso de los tambores, era moda durante el reinado de Carlos V. Cabe destacar la ausencia de un sargento; es poco improbable que no estuviera ya nombrado, así que quizá se hallaba ausente de la muestra por razones de importancia que no quedaron registradas en el documento. 

Dos tambores o «atambores» y un «pifaro» o pifano de una compañía de infantería española, los oficiales músicos de la compañía. En esta época, se tendía a tener músicos extranjeros, sobretodo, tambores tudescos y flamencos. Detalle del cartón nº10 de la serie «La Conquista de Túnez», titulado «El saqueo de Túnez», por Jan Cornelisz Vermeyen [1546-1554].



Del capitán, alférez, capellán, barbero y otro atambor, no se indica la procedencia. Que esto sea así, quizá se deba a que se partía de la base que no era necesaria dicha afiliación, dado que al ser oficiales, ni desertarían ni se intentaría cometer fraudes con sus plazas. Del capellán, de hecho, ni se recoge el nombre: aparece en la lista como «mossen capellan». 

Todos estos oficiales tienen, además, plaza de arcabuceros, que como indicamos, cobran 1000 maravedíes mensuales.

En el documento se indica que los sueldos abonados a los soldados se pagaron «a cada uno en persona», excusándose de esa manera los fraudes por parte del capitán, y los consiguientes agravios para los soldados. Sin embargo, se abonaron al capitán las «ventajas» - complementos o sobresueldos - correspondientes a 16 cabos de escuadra, los que debía juntar la bandera en proporción a 400 soldados, a 25 soldados por cada escuadra. Estas ventajas eran de 900 maravedíes cada una, pero en la muestra, por desgracia, no se indican los soldados que las perciben, quizá porque el capitán no los habían señalado para ese cargo.

Siguiendo a los oficiales de la primera plana aparecen el resto de 145 arcabuceros de la compañía - hasta la sexta plana - que sí están listados por vecindad o naturaleza. Entre la séptima y la quincena planas aparecen los 253 piqueros de la bandera. 

Dado que se trata de un documento contable, es lógico que se ordenen por oficios, cuando cada oficio tenía una sueldo diferenciado, aunque en otras nóminas se mezclaban los oficios, o se realizaba la clasificación por escuadras que agrupaban 25 soldados cada una; cada escuadra, por cierto, con los soldados agrupados por su oficio, fueran escuadras de arcabuceros o escuadras de piqueros. En este caso, como hemos comentado, no consta quienes eran los cabos de escuadra, ni parece, por tanto, que estas estén formadas.


Identificación de los soldados


A los soldados se les identifica sucintamente. Cabe tener en cuenta que este documento es una «muestra» y no un «alarde». 

En los alardes, que solían realizarse junto a la primera muestra, se recogían datos físicos de los soldados, tales como altura, complexión, color del cabello, barba, y alguna señal o característica que ayudara a identificarlo, para «perseguirlo» en caso de ausentarse tras la primera paga - algo que ya hemos visto era bastante habitual viendo las cifras de un 25% de ausencias en las 14 compañías nuevas que marcharon al Rosellón - o para evitar fraudes: que los capitanes pasaran criados y mozos en plazas de soldados que ya estuvieran ausentes de la compañía o que hubieran incluso fallecido. 

En dichos alardes, acompañando a esta descripción, se indicaba nombre y apellido, vecindad y/o naturaleza, edad y nombre del padre.

En el caso de la muestra tomada en las pagas siguientes solo se indica el nombre y primer apellido y la vecindad o naturaleza. 

La vecindad se señalaba con la abreviatura de vecino: «vº», y la naturaleza, con un gentilicio, bien fuera español - «valenciano», «navarro», «mallorquin» - o extranjero - «sauoyano», «ytaliano», «flamenco». 


Así pues, vemos intercalados en la «quatorzena plana» de la muestra a un «Joan Tafalles vº de Alagon», a un «Miguell Figarolla de Taragona» y a un «Francº de Soria vº de Salerno» junto a un «Joan flamenco», un «Joan savoyano» y un «Berthomeu ytaliano»:

Como vemos, Joan - prueben a decirlo de viva voz en castellano, y verá que no suena muy diferente a Juan - era un nombre estremadamente común, también en el extranjero.


En esta misma plana catorce aparecen «Miguell M[ar]tin valenciano», «Joan Dias vº de Logronyo», «Joan Borgonyon de Borgonya», «Garau Ferando vº de Puigcerda», «Ramon Soldat de Belpuig», «Joan Pons de Puigcerdan» y «Pedro Aragones vº de Tudela».



Como vemos, ni siquiera el mismo escribano reproduce nombres idénticos de la misma forma: Puigcerda aparece en espacio de tres renglones con dos formas distintas: «Puigcerda» y «Puigcerdan». Pero esto no debe sorprendernos, porque en una época en que las normas ortográficas no estaban fijadas, los escribanos muchas veces escribían de oídas y como les parecía, y en casos como este, quizá incluso hasta deprisa y corriendo.

Los escribanos también empleaban abreviaturas para nombres propios como «Mtin» por Martín, «Francº» por Francisco, «Bautsª» por Bautista, «Migll» por Miguell, o «Xofol» por «Cristofol», forma catalana antigua del actual Cristòfor. 

Este arcabucero de Barcelona aparece como «Xofol»: o sea, la cruz, el símbolo de Cristo, seguido de un ofol, resultando la expansión de la abreviatura en Cristofol. A veces, como en los casos de un soldado milanés y otro granadino, el símbolo de Cristo se escribía Xp, resultando el nombre en «Xpofol». 

Este vecino de Segura, se llamaba Antonio de «Guire», probablemente, Aguirre. 



Otros nombres catalanes como Guerau, aparecen en una forma sonora simplificada como «Garau». 

Si a veces se castellanizaban los nombres propios de los soldados catalanes, como «Jayme Pujades vº de Gerona» o «Pedro Vila vº de Leyda» en otras, el escribano catalanizaba el de soldados de regiones de idioma castellano: un sevillano y un murciano aparecían como «Lorens Descobar vº de Murcia» y «Lorens de Errera vº de Civilla», un navarro era «Jordi Ximenez navarro vº de Mendaça», un vecino de «Julibon» era «Bertomeu Dura[n]», mientras que un vecino de Quintanilla [«Quyntenila»] era «Steven», una mezcla del catalán Esteve alargado a Esteban.

También un soldado italiano era «Berthomeu ytaliano», y quizá podría haber optado el escribano por la versión castellana de «Bertholome».

En ocasiones, se omitía el nombre del infante, como en el caso de «Masaguer de Solsona», y en otras, el apellido, como el de un «Pedro de Caragoça». Evidentemente, el segundo caso podía dar a confusión. 

En caso de homonimia en nombre y apellido y coincidencia de población, se optaba por añadir epítetos: de dos soldados llamados Pedro Salinas, ambos vecinos de Zaragoza, a uno le correspondió el apelativo de «el menor»: 





Distribución geográfica 


Si descontamos los 7 oficiales, tenemos 391 soldados. De estos 391, hemos podido identificar claramente la vencindad o naturaleza de 360 de ellos. 


Muestra de la compañía de Álvaro de Madrigal
Barcelona, 11 de julio de 1537
AGS,GYM,LEG,11.48
Pasan la muestra398
Oficiales7
Soldados391
Identificación geográfica o nacional de los 391 soldados
Sin región31
Con vecindad y/o naturaleza fidedigna360
Extranjeros195,28%
Españoles34194,72%
Corona de Aragón17548,61%
Corona de Castilla12434,44%
Reino de Navarra4211,67%

Descartes


En los 31 casos restantes ha sido imposible determinar con certeza su vecindad, bien por defecto del escribano, bien por limitaciones paleográficas del que suscribe, bien porque el nombre de la población da lugar a equívoco, bien porque no se indicaban, como es el caso de un «Miquell Culiola» que aparece en la primera plana de la muestra sin más datos que su nombre y su apellido.

De estos 31 infantes se puede presumir que son en su práctica totalidad soldados españoles, pues los extranjeros se identifican normalmente con apelativos como «ytaliano», «flamenco» o «siciliano», aunque en un caso, aparece un vecino de Palermo, del cual no se identifica nación alguna y que no hemos dudado en clasificar como siciliano.  

Respecto a las vecindades, lugares como «Godelejada», «Julibon» o «Almonesa» son ígnotos o deformaciones del copista al escuchar de viva voz lo que les refería el soldado. Tal vez «Godelejada» sea Guadalajara, y «Almonesa», de donde venía Rufino de Alvarado, Almuñécar, pero esta interpretación posibilitaría los errores y no hemos trasladado dichas localidades a regiones concretas.


Es difícil ubicar «Nave Terra de Cugulada». Cugulada podría ser Cogullada en Zaragoza, pero el piquero «Bertholome Scrivano» se quedará sin que quede clara su procedencia.

Otros nombres pueden ser de pequeñas parroquias, como «San Miguel de Sayall» o «San Pedro de Aygues», a las que es difícil, sino imposible, adscribirle una región en concreto. 

Otros nombres, como el de «Vilagarçia» pueden ser de Galicia - Vilagarcía de Arosa - o de Cuenca - Villagarcía del Llano. «Turell», «Tornell»y «Llumell» evocan tierras catalanas, pero quizá sea una deformación del escribano que tenía, como vemos, tendencia a catalanizar alguno topónimos, así que, en todo caso, ante la duda, hemos dejado todos estos lugares al margen de la estadística. 

«Salerno», desde luego, se escribe como la población napolitana, pero el nombre del infante - Francisco de Soria - sugiere que se trata de un soldado español, quizá afincado en Nápoles por un tiempo, cosa que tampoco sería extraña. Además, a su nombre no se le añade el gentilicio que normalmente acompaña a los súbditos de reinos no españoles. 


De «Albiach» era un tal Miguell Navarro. Del apellido, en ocasiones, se puede inferir la naturaleza, pero en este caso no podemos afirmar nada con certeza; hay dos poblaciones con el nombre de Albiach, las dos en el Languedoc, y aunque a veces los gascones pasaban por vascos o navarros, hemos preferido descartarlo por tener dudas al respecto. 


Aunque podríamos haber intentado dilucidar la procedencia de los soldados por sus nombres y apellidos - Joan Prats y Joan Pol pueden ser catalanes, así como Joan Sarmiento y Francisco Valle castellanos, hemos preferido no hacer este ejercicio que podría dar pie a errores, porque hay apellidos que pueden ser tanto catalanes como valencianos, así como otros podrían ser tanto aragoneses como castellanos o aún navarros.

De este modo, aparece en la octava plana un «Joan de Urgell vº de Huesca», del cual, sin su vecindad registrada, y tan solo en base a nombre y apellido, hubiéramos podido pensar que se trataba de un soldado catalán.

Este Joan de Urgell era vecino de Huesca. El nombre y el apellido no son suficientes para determinar la vecindad ni la naturaleza del soldado, por mucho que el apellido tuviera un origen tan claro como es el caso. 

 



Extranjeros


Excluidos los oficiales, de los 391 soldados de los que tenemos vecindad o naturaleza, los extranjeros forman una fracción nada desdeñable, para haberse realizado la leva en España, de 19 soldados, que suponen el 5,28% del total. A pesar de las prohibiciones de reclutar personas que no fueran naturales de los reinos de España, se hacían excepciones, más teniendo en cuenta que buena parte serían súbditos de Carlos V. 

Generalmente, estos extranjeros se listan citando su naturaleza, sin molestarse en indicar la vecindad o procedencia local, salvo algún caso en que se indica que el soldado era de Messina, de Palermo, de Milán o de Setúbal.

Casi la mitad (9) eran italianos. 3 aparecen con ese apelativo de «ytaliano» - como un «Berthomeu ytaliano» - cosa que sugiere que no eran de los reinos de Nápoles y Sicilia, o del ducado de Milán, y que, por lo tanto, no eran súbditos de Carlos V.

A estos 3 italianos se les suman 2 napolitanos, 3 sicilianos y 1 milanés. Además, había 4 sardos y 1 saboyano. Quizá estos 4 sardos encontraron en esa compañía la oportunidad de volver a su tierra con los fletes pagados, como un «Angell sardo vº de Caller» o un «Francº Fuentes sardo vº del Alguer». 

Entre los extranjeros hay, además, un «Pedro portugues vº de Setuba». 

2 flamencos, «Unberto» y «Joan», y 2 borgoñones - «Jayme burguinyon» y «Joan borgonyon de borgonya»- cerrarían con la aportación del norte de Europa esta soldadesca extranjera. Como vemos, los nombres se adaptan a la grafía española de la época.

Mapa con los orígenes de los soldados de la compañía de Álvaro de Madrigal. Unos pocos extranjeros tienen vecindad identificada. Otros son simplemente «ytaliano», «flamenco» o «borgoñón». A estos, los hemos marcado en el mapa en el centro de Italia, en la provincia de Flandes y en la parte francófona de la actual Bélgica, por corresponderse esta con la habitual definición de «borgoñón» de la época de Carlos V, antes de que se popularizara el término valón hacia la década de 1550-1560.


De los 360 soldados de los que hemos identificado vecindad o naturaleza, 19 pues, no eran de los reinos de España. Veamos a los 341 que sí lo eran. 







Reinos y señoríos de España



Mapa con las localidades de las vecindades identificadas, incluyéndose en el mapa también «naturalezas» como la de «mallorquín», «empurdanes» o «valenciano».


De los 341 soldados españoles con vecindad o naturaleza identificada, 175 eran de algún territorio de la antigua corona de Aragón, 124 del reino de Castilla y 42 del reino de Navarra.


Soldados españoles de la compañía de Álvaro de Madrigal, con vecindad o naturaleza clara
Total341% sobre total
Corona de Aragón17551,32%
Principado de Cataluña, condados de Rosellón y de Cerdaña7923,17%
Reino de Aragón5516,13%
Reino de Valencia226,45%
Reino de Mallorca195,57%
Reino de Castilla12436,36%
Castilla la Vieja, Castilla la Nueva y León7822,87%
Andalucía236,74%
Señoríos de Vizcaya y provincias de Álava y Guipúzcoa164,69%
Extremadura41,17%
Murcia30,88%
Reino de Navarra4212,32%


Soldados catalanes


Del principado de Cataluña y condados del Rosellón y Cerdaña había 79 soldados. O sea, en la compañía de infantería española de Álvaro de Madrigal, 1 de cada 5 soldados era catalán.

Barcelona - abreviada en ocasiones como «Barna» - como es normal, siendo el puerto donde se embarca la compañía con rumbo a Cerdeña, aporta el mayor número de hombres, hasta 15. Soldados vecinos de Barcelona como «Rayffell Mayoll», «Pedro Spinos» o «Agostin Pons». 
De localidades cercanas como «Spitalet» [l'Hospitalet de Llobregat] y «Viladesens» [la villa de Sants, hoy un barrio de la ciudad condal], también salieron hombres como «Salvador Oliver» o «Joan Puig». 

Barcelona se abreviava en ocasiones como «Barna», de la misma manera que Cartagena aparecía en ocasiones como «Cagena» o Perpiñan como  «Ppinyan»; fórmulas de los escribanos para ahorrar tinta. «Rayfell Mayoll», «Bertomeu Julian» y «Simo Pallares» eran todos vecinos de Barcelona. 


El condado del Rosellón aporta al menos 9 soldados de su plaza fuerte, Perpiñán. Cabe tener en cuenta que esta era la principal plaza defensiva catalana, pues guardaba la frontera del principado frente a los ataques franceses, y es normal que hubiera allí muchos soldados como «Arnau Espenya» o un «Joan Francesch» que quizá estaban en Barcelona por otros asuntos, o buscando, precisamente, una compañía para enrolarse.

Puigcerdà - «Puigcerdan» o «Puigçcerda» para el escribano - plaza defensiva del condado de Cerdaña, frontero con Francia, se trata de un caso similar al de la villa de Perpiñán y aporta cinco soldados a la compañía de Madrigal. 

Soldados de Agramunt, P[er]pinyan, Solsona, Martorell, Bar[celo]na, P[er]pinya, Puigçerda, Servera o Viladasens, juntos en la catorcena plana de la muestra de la compañía.


Respecto a otras ciudades y villas de importancia catalanas, Tarragona aporta 5 infantes, mientras que Gerona y «Leyda» aportan 3 cada uno; Balaguer y Cervera, 2, estando esta última villa en el camino de Zaragoza a Barcelona. 

La red viaria catalana no cambió mucho entre la época romana y el siglo XVIII. Al fin y al cabo, la orografía continuó siendo el factor limitante en el transporte hasta las grandes obras de ingeniería del siglo XX. De hecho, la actual autovía A-2, que una Barcelona con Zaragoza, sigue discurriendo por los mismos términos municipales que el «camí ral» - o camino real - de Lérida a Barcelona, eso sí, sin atravesar los núcleos urbanos. Este camino pasaba por varias localidades o comarcas que sumaron varios reclutas: Lérida, Bellpuig d'Urgell, Camp d'Urgell, Cervera, El Bruc, Martorell, l'Hospitalet y Barcelona. 


Los casos de «Pedro Gariga» de Berga, «Jayme Frexa» y «Pere Simon» vecinos de «Balsebra» o «Balsebre» y de «Joan de Lom vº de Geronella» son curiosos. De Frexa y Simon no cabe duda de que debieron partir juntos en buscar de fortuna: sus nombres aparecen uno detrás de otro en una de las planas de la muestra. Los cuatro vivían en las inmediaciones de Berga - Vallcebre a una jornada al norte, y Gironella a media jornada al sur. Es difícil establecer una clara conexión entre los cuatro, pero es evidente que el Berguedà, sin ser una comarca recóndita, tampoco está en ninguna artería comercial o camino principal, así que no cabe descartar que los cuatro marcharan como compañeros a Barcelona y que tuvieran algún tipo de relación previa antes de sentar plaza de soldados. 


Es probable que soldados como «Jayme Frexa» y «Pere Simon», vecinos de Vallcebre en el Berguedà, o «Joan Aranes» y «Joan Laborria», vecinos del Valle de Arán,   marcharan juntos de sus pueblos en buscar de fortuna en las grandes ciudades, y que hallaran en la vida militar una oportunidad de aventuras y de ganarse el pan de cada día. En otras regiones se repite la pauta: de Ojos Negros, un pequeño pueblo turolense de la comarca del Jiloca, salieron dos soldados para la compañía de Madrigal: Francisco Soler y «Anton de Vetia». 

Los dos soldados del Valle de Arán compartiendo plana como buenos compradres.


Esta pauta se repite también con otros dos soldados araneses, «Joan Aranes vº de Valderan» y «Joan Laborria vº de Val de Aran», y también lo veremos replicado en otras regiones.


Con estos ejemplos pretendemos distinguir varios casos: el primero, el de las grandes villas y ciudades donde era evidente que los capitanes y oficiales invertían un cierto tiempo en tocar cajas y desplegar banderas para atraer a un número importante de reclutas a la compañía, como es el caso de Barcelona o como se verá, de Zaragoza. El segundo, aquellas poblaciones menores que se hallaban en el camino de paso, y que podían ser aprovechadas para enganchar algún que otro soldado, como es el caso de Bellpuig d'Urgell, El Bruc o Martorell. El tercero, aquellas poblaciones, que sin estar estrictamente en el camino de paso, sí que estaban cerca de él, a una jornada de camino, como Guissona, Agramunt o Balaguer, o a un par de días de camino, como Ponts o Camarassa. Y por último, todas aquellas poblaciones, en especial, las más pequeñas, que estando lejos de todo camino principal, no tenían, a priori, muchas oportunidades de aportar soldados a estas compañías, a no ser que un cierto ánimo buscavidas y aventurero impulsase a estos jóvenes a salir del pueblo y ver mundo. 

Gente que venía de «Monblanc», de «Pallares», de la Seu de Urgell, , de Cambrils, de «la Pobla», de Vidreres, de Solsona o de Castellò d'Empúries, tenían, a priori, menos posibilidades de acabar enrolados que alguien de  «Sant Culgat» o de «Granolers», pero su presencia nos hace replantear ideas preconcebidas sobre la movilidad en la época moderna. 
Al fin y al cabo, si un señor de Trujillo podía acabar en los Andes como conquistador, tampoco debería sorprendernos que un «Joan Ubach vº de Camaraça» acabara en Barcelona para pasar a Cerdeña como soldado.


Soldados aragoneses


Del reino de Aragón había 55 soldados. La mitad (27) eran vecinos de Zaragoza, como «Pedro Estevan», o «Domyngo Ynygo  vº de Caragoca» pero también había poblaciones donde se habían reclutado varios soldados, como Jaca, Huesca, Tarazona o Alagón y que aportaban soldados como «Pedro Carera vº de Huesca», o  «Anton de Letran vº de Jaca»

Aunque los lugares más grandes como Barbastro podían dar, a priori, más soldados, también los había de lugares más pequeños o más apartados de los grandes caminos, como Benabarre, Ojos Negros o «Vilar del Cobo en Albaraçin», en una pauta que ya hemos visto para el caso catalán. 


Varios piqueros aragoneses de la octava plana de la compañía. Pedro Segura, de Villar del Cobo, Antón Marqués de Maluenda, Pedro Moncayo de Tarazona, Joan Tafalles de Mallén y Pedro Pérez de Huesca.


De Ojos Negros, un pequeño pueblo turolense de la comarca del Jiloca, salieron dos soldados para la compañía de Madrigal: «Francisco Soler aragones» y «Anton de Vetia». 

Es más que probable que en Zaragoza los tambores de Álvaro de Madrigal tocaran cajas para señalar a los interesados la posibilidad de sentar plaza de soldado, y que estos aragoneses estuvieran en las proximidades de la ciudad, o formaran parte de la población flotante que acudía a las ciudades en búsqueda de empleo.

Francisco de Ribes, vecino de «Alfegerin», quizá lo tuvo más fácil, porque Alfajarín está a una jornada de Zaragoza en el camino que lleva a Barcelona. «Ernando de Spinoça vº de Benavare» vivía a 7 jornadas de Zaragoza, o 3 de Lérida.  


Soldados navarros

El caso navarro es particular, porque de los 42 soldados, hay 13 de los cuales no conocemos su vecindad, tan solo conocemos su naturaleza, pues aparecen simplemente como navarro o de Navarra, como es el caso de «Miguell de Armandaris navarro» o «Joan Donyate de terra de Navarra». A «Pedro de Ronsesvalles navarro», se le podría, sin muchas dudas, afincar en dicho valle; la preposición denota antes procedencia que apellido toponímico.


Muchos soldados navarros no aparecen identificados como vecinos de una localidad, sino como naturales del reino, con el simple apelativo de navarro añadido a su nombre y primer apellido.


De los que tienen recogida vecindad, vemos que hay 8 vecinos de «Tudella», 5 de Estella, 3 de Pamplona y 2 de Los Arcos, como «Pedro Navarro vº Destella», «Miquell Navarro vº de Tudella» o «Joan de Torres vº de Los Arcos»

Las otras 11 poblaciones tan solo aportan 1 hombre cada una: localidades unívocas como Olite, Corella, Sangüesa, Cascante y«Mendaça» pero también otras como «Olejo de Navarra», «Arante» «Sentrenygo», «Mandobra», «Legolia» o «Saval», emplazamientos a veces confusos, que se pueden ubicar en Navarra gracias a que se indica ser su soldado natural de dicho reino, como «Pedro Masparota vº de Saval navarro» o «Joan de Legolia vº de Legolia de Navara».



Soldados valencianos

Del reino de Valencia hay 22 soldados enrolados en la compañía de Álvaro de Madrigal. De estos, 9 son vecinos de Valencia, y hay 6  «valencianos», de los cuales, como en el caso navarro, tan solo conocemos su naturaleza e ignoramos su vecindad. De Morvedre, hoy, un barrio de la ciudad de Valencia, procedía «Joan Majoli», aunque también podría ser de Campo de Murviedro, o Murviedro, la actual Sagunto.


Joan Roca era un arcabucero vecino de Valencia


 «Joan Balester» era simplemente, valenciano, siendo Ballester, amén de un oficio militar, un apellido típico del reino de Valencia. 


Los 6 restantes son de Morella, «Vilareal», «Suera», «Xueca», Requena y Denia, de donde venía un «Guilem de Denia». 




Soldados mallorquines

En el caso del reino de Mallorca poco se puede apuntar: hay 19 soldados y excepto uno de «Yviza», el resto son de Mallorca, escrita en ocasiones como «Malorca» o «Mallorqua» o clasificados como mallorquines, como «Joanot mallorqui» o un redundante «Nicolau malorqui vº de Malorca». Ser de la isla era suficiente identificador.


«Antonyo Costa» vecino de «Yviza» era el único soldado del reino de Mallorca que no era mallorquín. Aparece aquí acompañado por un Pere Joan Vell que sí es vecino de Mallorca.


Como curiosidad, 10 de los 19 mallorquines aparecen juntos, con dos vecinos de Barcelona intercalados entre ellos en la quinta plana de la muestra, siendo todos arcabuceros: Pedro Vidal, Bernat Simon, Joan Ramon, Anton Vidal, Gabriel [I]Sbert y los otros vecinos de Mallorca quizá tenían alguna relación, más allá de su vecindad común, observándose en ocasiones este patrón de anotar juntos a vecinos de las mismas tierras, cosa que es más evidente, como hemos apuntado, en el caso de localidades o comarcas más pequeñas.  



Soldados del reino de Castilla

En la compañía que debía partir de Barcelona para Cerdeña en el verano de 1537, tenemos a 124 soldados del reino de Castilla. 78 eran de las dos Castillas y de León, había 25 andaluces, 16 vascos, 3 murcianos y 4 extremeños.

No encontramos ningún soldado de Galicia ni de Asturias, pero cabe destacar que en esta época estas regiones aportaban fundamentalmente tropas para su defensa, siendo atacadas sus poblaciones costeras reiteradamente por corsarios franceses, y que en dichos reinos se levaban tropas y marineros para la llamada armada de Poniente, que guardaba las costas del Cantábrico. 

Por lo tanto, no es inusual la ausencia de soldados de estas regiones en compañías reclutadas para empresas mediterráneas.


Soldados castellanos y leoneses


Las dos Castillas - incluyendo lo que hoy son la Rioja y Cantabria - aportaban 70 soldados. De ciudades como Salamanca y Logroño venían 5 reclutas de cada una. «Madritt», Burgos o Cuenca, aportaban 3 cada una, mientras que Sigüenza llegaba hasta 4 soldados. 

Como buen catalán, el escribano escribió «Medritt» y con dos tes, no fuera caso que alguien la pronunciara con una zeta, y además le dio nombre catalán al soldado, que pasó a llamarse Pere. 

Por su parte, «Anton de Fonseca» era vecino de «Valadolit»


«Valadolit», junto a Palencia, Toledo, Cuenca, Ciudad Rodigo, «Avilla» o Soria aportaban 2 soldados, pero también lo hacían Agreda, Carrión de los Condes o «Santo Domyngo de la Calçada». 

Alonso de Mesa, era vecino de «Ciudat Rod[r]igo»



Poblaciones importantes, o que lo habían sido en el pasado, como Almansa, Almagro, Ureña,  Tordesillas, o «Alcaser de Consuegra» - la actual Alcázar de San Juan - aportaban un soldado, pero también lo hacían pequeñas poblaciones como «Cormenal de Erenas» - Colmenar de Arenas - o «Erençana» - Arenzana - en la Rioja. 

«Anton de Xea» [de Ejea] era vecino de «Valterra terra de Soria», localidad que no hemos sido capaces de hallar en el mapa, pero que sin duda, pertenece a las tierras comarcanas de Soria.


De Cantabria encontrarmos soldados de importantes poblaciones costeras como Laredo, Santillana del Mar y Castro Urdiales, pero también de poblaciones interiores como Cabezón de la Sal, y hasta un «Pedro Remirez vº de Saron». 

Del antiguo reino de León venían 8 soldados: 3 de Toro, 2 de «Estorga» o Astorga, 1 de «Samora», 1 de Sahagún, y otro de Villalobos.

«Gaspar de Mondregon» era vecino de «Estorga» o Astorga.



De los 78 soldados castellanos y leoneses, se puede decir que 52 - las dos terceras partes - venían de ciudades y villas de cierta importancia, y unos 26, de poblaciones de un entorno no urbano, en una época de la cual sabemos que la población de España era en su mayor parte rural.


Estos dos soldados riojanos «Pedro Ximenez vº de Logronyo» y «Joan de Erensana vº de Erençana», habían vivido antes de la recluta a un día de camino el uno del otro, estando Arenzana a apenas 30 quilómetros de Logroño, antes de aparecer juntos en la muestra de la compañía de Álvaro de Madrigal.





Soldados andaluces


Entre los soldados andaluces el patrón urbano castellano se repite y se amplifica. De los 23 soldados, 8 son de «Çevilla» o «Sivilla», como «Thomas Xuares vº de Çivilla», 5 de «Cordova», como Alonso de Trillo, 3 de Granada, como «Pedro Bigarate», 2 de «Mallega» o «Malega», como «Joan de Leon», 1 de Jaén, 1 de «Caliz» y otro de «Xeres». 

Dos soldados andaluces prototipo: «Baltesar de Ojeda vº de Çevilla» y «Francº Talavera vº de Malega». Ambas ciudades grandes bien comunicadas por vía marítima o fluvial con salida al mar.  



Un soldado de Buitrón - escrito como «Bruyton» - y otro del Puerto de Santa María, completarían el cupo andaluz, que tiene una componente urbana claramente marcada, con muy pocas pequeñas poblaciones como vecindades de los soldados enrolados en la capitanía de Álvaro de Madrigal.




Soldados vascos

Entre los 16 vascos, encontramos los habituales «biscaynos», como «Pedro Biscayno vº de Garnica» - o sea, de Guernica - o «Pº de Alegria vº de Lorio» - Elorrio, o « Pedro de Ordunya vº de Ordu[n]ya». 

Junto a los 8 soldados de este señorío de Vizcaya sirven 4 guipúzcoanos como «M[ar]tin de Salinas vº de Mondregon» o «Lucas de Mondregon vº de Honyate» - Oñate -. 

4 alaveses - incluyendo a dos vecinos de «Victoria» - cierra este cupo vasco, como «Nicholas Otxoa de Salvatierra».

Este piquero, «Matxin de Monguia» era lisa y llanamente «biscayno». Munguía, desde luego, está en el señorío de Vizcaya. A veces la gente adoptaba el gentilicio de su población de origen como apellido; en ocasiones, el apellido, de carácter toponímico, coincidía con el de una localidad que podía ser o no solar de su familia en un pasado más o menos remoto.


Soldados extremeños y murcianos


Los cuatro extremeños son dos arcabuceros: «Miguell de Solana de Guadelupe» y «Joan de Aguillar vº de Trugillo», y ambos aparecen en la tercera plana de la muestra, y dos compañeros de «Valdexeres», probablemente, en Jérez de los Caballeros o la actual Salvaleón, donde hay varios topónimos con dicho nombre, soldados de infantería española que también tienen dicho oficio y que comparten la quinta plana de la muestra. 

Como en el caso de los soldados del Valle de Arań, o los de Ojos Negros, estos dos arcabuceros de «Valdexeres», Alonso Ruiz y «Maryn de Cuella[r]», aparecen listados muy próximos en la quinta plana de la muestra, con un «Martyn de Guinea vº de Durango» intercalado, lo que pudiera ser indicativo de una proximidad en lo personal, que de alguna manera, quedaba reflejada también de modo contable. Es probable que los paisanos que se enrolaban juntos hicieran instancia a sus capitanes para que les asignasen las mismas escuadras, para de ese modo, poder ser también compañeros de combate. Lo que sí está claro es que ambos eran arcabuceros y que compartían oficio, y por lo tanto, tendrían más oportunidades de luchar codo con codo que si hubieran sido uno piquero y el otro arcabucero. 



La ciudad de Murcia aportaba 3 soldados, como el piquero «Pedro de Eredia»:




Onomástica


Aunque el santoral es muy diverso, los nombres suelen ser muy poco variados: más de la mitad tenían nombres como Joan, Pedro, Francisco o Miguel, y de hecho, 1 de cada 4 soldados se llamaba Joan. 

A estos 4 nombres estrella se les sumaban en la lista de los 10 primeros nombres como Martyn, Diego, Anton, Alonso, Jayme o Antonio. 300 soldados de 398 tenían uno de estos primeros 10 nombres con más frecuencia. 

Onomástica de la compañía de Álvaro de Madrigral
FrecuenciaNombres
114Joan [en un caso aparece como Juan]
59Pedro / Pº [incluye 5 con el nombre de Pere]
28Francisco [siempre abreviado en Francº] / Francesch
25Miguell / Miquell / Migll
15Martyn / Mtin
15Diego
12Anton
12Alonso
11Jayme / Jaume
10Antonio / Anthonio / Antº
5Andres
5Berthlome / Bertomeu
5Luys / Luis
5Sabastian / Sabastia
4Ernando / Hernando
4Gregorio
4Xofol / Xpofol
3Domyngo
3Nycholas / Nicolau
3Gaspar
3Arnau
2Mateu
2Steven
2Simon / Simo
2Guilem / Guilen
2Lorens
2Salvador
2Bernat
2Agostin
2Lucas
2Pasqual
2Paulo
2Jordi
2Thomas / Tomas
2Angell / Angello


Aparte de los listados en la tabla anterior, les sumamos nombres que tenían una frecuencia igual a 1, o sea, nombres "únicos" en la compañía, como:

Leon, Andres, Joanot (mallorquín), Gabriel, Ynigo (navarro), Rayffell (catalán), Garcia, Matxin (vizcaíno), Rufino, Gracian (navarro), Benedito (siciliano), Unberto (flamenco), Rodrigo, Baltesar, Tristany (navarro), Sancho, Nofre (catalán), Gonsalo (de Logroño), Turibio (de Palencia), Garau (catalań), Latzero, (catalán), Jerman, Visens y Ramon  a los que añadimos el nombre del capitán: Alvaro. 

Además, había dos soldados listados con su apellido: un «Rodriguez Ximenez» vecino del Faro, y un «Masaguer de Solsona». 

Había otro soldado listado con el improbable nombres de Marques, que tal vez fuera también el apellido Marquez. 

Las posibilidades de ser bautizado con un nombre de apóstol, como Juan o Pedro, o de alguna variante de Santiago - como Diego o Jayme - eran bastante altas para la época. De estos 19 piqueros, hay 6 Juanes, 4 Pedros y 3 Diegos, junto a nombres comunes como Miguel y Francisco. Pero el santoral no se acababa en los nombres habituales. En la lista también hay un Gracián navarro, un Machín vicaíno, un Benedito siciliano y un Rufino de Alvarado. 


Fuentes:

Paga a la capitanía de Ávaro de Madrigal, en Memoriales. Cartas. Cédulas Reales. Años 1522 - 1538.,  legajo del Archivo General de Simancas, signatura AGS,GYM,LEG,11.48


Bibliografía

Italia mi ventura. El soldado español en las guerras de Italia, Desperta Ferro Ediciones, 2024, Idan Sherer

Los soldados que conquistaron Túnez para el emperador Carlos V. Las tropas de la Armada de Málaga, Rafael Gutiérrez Cruz

Els camins, els viatges i els transports, Enciclopèdia.cat