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El saqueo de los mercaderes por parte de los los soldados españoles del ejército imperial durante la jornada de Túnez

Amén de los célebres sacos o saqueos protagonizados por la infantería española en el siglo XVI - el de Prato en 1512, el de Roma en 1527 o el de Amberes en 1576 - se produjeron otros más modestos. 

Hubo uno, además, que tuvo lugar en el propio campo del ejército imperial. 

A primeros de agosto de 1535, con el ejército imperial estando en Rada preparándose para embarcar de regreso a España o a Italia, se dieron órdenes en forma de bando pregonado en el campo imperial para que los vivanderos - llamados entonces mercaderes, tenderos y taberneros - así como las mujeres que seguían el ejército se embarcasen, de manera que quedase por seguridad la gente de guerra los últimos para la embarcación.

En esos días de estancia en Rada se produjo un episodio que otros cronistas resumieron con brevedad: el del saqueo de los «mercaderes» por parte de la infantería española del ejército imperial. 

Martín García Cerezeda, soldado viejo de la infantería de Sicilia, al que copia el cronista real Alonso de Santa Cruz, dice que la orden de saco la dio Carlos V contra un mercader en particular que vendía vino, y el castigo se salió de madre:

«a uno que estaba con una bota de vino por embarcar, se la mandó saquear a los soldados y marineros, y los demas que allí se hallaron meten a saco el vino, y como Su Majestad fuese algo desviado de allí, meten a saco todas las otras boticas que se hallaron no ser embarcadas».

Sin embargo, el licenciado Arcos se prodiga más en detalles y su versión parece más verosímil. Al fin y al cabo, el médico se embarcó con la infantería nueva en la armada de Málaga, conocía a los capitanes e incluso pudo dar en su relato nombres de los protagonistas:


«[...] se mando dar e se dio vando o pregon por todo el Real y en la Goleta que dentro de tres dias primeros siguie[n]tes todos los mercaderes y tauerneros que alli estavan y todas las mugeres se enbarcasen so pena dela vida: porque enbarcados estos se avia de enbarcar toda la gente de guerra. E luego algunas destas gentes se enbarcaron aunque fueron pocos.»


En esta escena de uno de los cartones de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez, podemos ver en primer plano a un par de personas - una mujer y un joven - guisando en sendos calderos, mientras que los soldados reciben la vianda en sus platos. A la derecha, sobre un barril,  varios soldados se sirven vino en unas vasijas. Al fondo vemos varias tiendas: la de la izquierda expone su mercancía - que no se puede apreciar - mientras la gente del ejército pasea delante de ella. Vemos, pues, una representación somera de la llamada «calle de las tiendas», donde mercaderes, tenderos y taberneros, ofrecían sus productos y servicios, convirtiéndose dicha calle en un espacio de encuentro y socialización.


«Los mercaderes estauan con todo esto ala orilla dela mar hecha vna gran calle de todas las tiendas donde vendian todas quantas cosas quisiesen pedir. Ansi Ropas como joias plata y oro labrado y todas cosas de comer y beuer: tan abundante mente como podian estar en vna ciudad. Y todos estos mercaderes aunque se dio aquel pregon por mandado desu Magestad y otros pregones que cada dia se dauan para que luego se enbarcasen: nolo avian querido hazer ni aun lo ponian por obra. 

E un dia pasando su Magestad por donde aquellos mercaderes estavan: aconpañado de muchos Caualleros que con el yuan: y uiendo alli todavia los mercaderes tan de Reposo: como sino les ovieran mandado quese enbarcasen: les dixo atodos yendo por la calle adelante. Vosotros porque no os enbarcais: Pues que ya os lo an mandado tantas vezes emos destar aqui detenidos tanto tienpo queno nos enbarquemos por v[uest]ra causa: yo os prometo que si mañana a esta ora no os aveis enbarcado que a vosotros os pese dello


Carlos V en Túnez. El emperador, cuya mandíbula prognática le delata, aparece aquí en este cartón con ropa de paseo: capa, sombrero emplumado, jubón y borceguíes para la monta, muy diferente de los otros cartones, donde aparece siempre armado con diversas armas defensivas para el combate.


«Hallaronse presentes a esto por aquella calle algunos soldados e oyeron aquellas palabras que su Magestad dixo: e tuvieron cuenta en ello: y dixeronlo vnos a otros diziendo quesi otro dia aquella ora no es tuviesen enbarcados quelos mandaria saquear. Demanera que supieron esto muchos soldados. Otro dia ala ora que su Magestad avia pasado por alli e les mando que se en barcasen: vinieron alli muchos soldados a comer y beuer y a pasearse por aquella calle de las tiendas: y dos o tres soldados de aquellos començaron a dezir a bozes: saco: saco: saco: e luego todos juntamente començaron a saquear no solamente a los tauerneros que les dauan de comer: mas aun a todos los otros tenderos les tomaron muchas ropas y sedas y dineros y otras mercaderias loque cada vno queria mas presto apañar. Fue tanto el alboroto que huvo e la grita e Rebuelta: que se penso que todo el canpo se Reboluia e se matauan unos a otros.


Una parte importante del botín obtenido en los saqueos de ciudades eran la ropa y los tejidos. De hecho, durante todo el siglo XVI se denominaba a la posesión en bienes muebles de los soldados, y aún de los civiles, con el término genérico «ropa» - aunque incluyera otras posesiones valiosas como la vajilla, denotando que la ropa era un bien valioso y preciado. Túnez era conocido por sus sedas, mejores y más caras que las que se labraban en Granada, así como por sus paños y sus telas de lino de Alejandría. Una parte significativa del botín obtenido en la plaza consistió en estos tejidos. Juan de Cuenca, vecino de Granada, escudero de una compañía de jinetes de Andalucía, tomó junto a cuatro compañeros el siguiente botín: «çinco líos de ropa y dos cofres y vna poca de seda en maço y çiertos pedaçuelos de brocado y vna taçuela de plata». Aunque como el propio Cuenca eran muchos los soldados que se embarcaban con el botín de regreso a casa, otros preferían vender - y en caso de esta abundancia repentina, malvender - lo tomado a quiénes, como los mercaderes, podían transformar o vender los tejidos, y pagar por ellos en dinero sonante inmediatamente. Este intercambio desigual y la ostentación de la abundancia, sumados al rencor que podía haberse producido entre los soldados menos afortunados en el saco de Túnez, pudo provocar la animadversión y codicia de dichos soldados.


A la sazon su Magestad se hallo algo desviado de alli: y acudio luego a gran priesa al mas correr desu cauallo con mucha gente que le seguia e junto conel venia el Marques del Vasto y el alcalde de corte que se dezia Mercado: que todos con el enperador se hallaron. E llegados alli el Marques del Vasto dixo a bozes ahorquenlos. E la gente de pie y otros que yuan con el enperador y con el al[ca]ld[e] Mercado tomaron luego a muchos de aquellos soldados para los ahorcar. E los primeros que ahorcaron de presto fueron dos: el uno dellos ahorcaron de vna entena de vna galeota que estaua a la lengua del agua: y este se dezia Rios soldado viejo y era de la conpañia del capitan Varaez y muy buen soldado. El otro era natural de Caçalla que se dezia Bartolome de Real y a este pusieron en vna horca y era soldado delos nueuos. E su Magestad desque los vido ahorcados le peso mucho e mando que no ahorcasen mas: porque en la verdad el Enperador era muy enemigo deque Castigasen alos soldados de aquella manera y si el los viera antes quelos ahorcaran no lo consintiera en ninguna manera e mando luego que se hiziese informacion de todo loque avian saqueado los soldados: e que todo se numerase entre todos los mercaderes que tanto avia Reçebido de daño cada uno. E que todo sele pagase luego loque a cada uno le avian tomado los soldados con juramento. Fue numerado segun los mercaderes dezian e jurauan que les faltauan a todos mas de diez mill ducados. E su Magestad mando que les diesen ocho mill ducados: e que lo demas perdiesen los mercaderes en pena deno auer hecho libremente loque su Magestad les mando que era en barcarse

De esta escena podemos sacar varios datos interesantes sobre la organización de los ejércitos de la época y la disciplina militar:

1. Los ejércitos tenían lo que se denominaba «seguidores»: estos seguidores podían ser mujeres - como las que se ordena embarcar - mozos o criados de los soldados, y un sinfín de personas de oficios diversos que se ganaban la vida en los ejércitos, como podían ser zapateros, boneteros, espaderos, u otros como «tenderos», «mercaderes» y «taberneros».

2. Los tenderos y mercaderes vendían sus productos a los soldados y demás seguidores del campo - desde prendas de ropa, a velas de sebo o jabón -  y los taberneros, en palabras del licenciado Arcos, daban de comer a los soldados. Aunque los soldados durante esta campaña recibieron bastimentos que les fueron descontados de su sueldo - con una orden similar y un “menú” parecido al de las armadas - y bien los guisaban ellos, sus criados o sus mujeres, parece que también acudían a estos taberneros para que les dieran de comer y de beber. 

3. En el campo o «real» - hoy hablaríamos de campamento - se reservaba una calle para estos mercaderes, tenderos y taberneros: la «calle de las tiendas». En el relato de Arcos queda claro que amén de ir a comer y a beber, los soldados paseaban por esa calle, convirtiéndose pues dicha calle en un espacio de socialización.

4. Aunque los soldados dispusieron de tres días para saquear Túnez, parte de las riquezas habían sido sacadas con anterioridad, y buena parte del botín consistió en cautivos que serían, en muchos casos, malvendidos en el mismo Túnez a personas que los revenderían a su vez en España o Italia. Los mercaderes, por su parte, también estuvieron en disposición de comprar a los soldados mucha ropa, paños de lino y seda tomada en la ciudad. Muchos de los soldados procedían a malvender este botín a quien tuviera dinero para pagarlo y voluntad para comerciarlo, prefiriendo el dinero sonante a productos. En este caso, los mercaderes eran los grandes beneficiados: no arriesgaban sus vidas en la guerra, pero se podían lucrar del botín conseguido por los soldados. Además, debió de haber muchos soldados, sobretodo, de los «noveles», porque quedaron en un principio fuera de Túnez mientras que la infantería vieja asaltaba la plaza, que no conseguirían botín ni cautivo alguno.

5. Como era habitual, las órdenes reales, proclamadas en forma de bando pregonado, no se cumplían a rajatabla. Este incumplimiento provocó la indignación de Carlos V y la consiguiente amenaza: «yo os prometo que si mañana a esta ora no os aveis enbarcado que a vosotros os pese dello». Dicha amenaza fue cogida al vuelo por unos soldados españoles que la tomaron como base para protagonizar el saco al día siguiente.

6. El saqueo lo inician dos o tres soldados, pero parece evidente que ya se habían reunido allí muchos soldados con la intención de saquear a los mercaderes: tan solo hizo falta gritar a viva voz las palabras mágicas: «¡Saco! ¡Saco! ¡Saco!». El licenciado Arcos menciona que se pensó «que todo el canpo se Reboluia e se matauan unos a otros», indicando un temor real, y era que los soldados del ejército imperial, sobretodo, organizados en naciones, se enfrentarán unos a otros.

7. Al alboroto acuden rápidamente tres figuras principales: Carlos V, el marqués del Vasto, y el licenciado Mercado, alcalde de corte y encargado de la justicia militar de una parte del ejército.


Había diversos oficiales de justicia en el ejército: desde el capitán de campaña o barrachel del tercio, al alcalde de corte, pasando por los alguaciles de la armada, había oficiales de justicia particulares y generales. En este caso, el licenciado Mercado de Peñalosa, alcaide de corte, se ocupaba de la justicia sobre los españoles, así como sobre los criados de la casa del rey y los cortesanos. Los oficiales de justicia militar, como los civiles, se identificaban con una vara.


8. El alboroto parece aplacarse rápidamente ante la llegada de estos personajes, que parecen ejecutar la justicia con «la gente de pie y otros que yuan con el enperador», lo que parece una forma de referirse a las guardias alemana y española de Carlos V. Aunque no se menciona el número de participantes en el saqueo, no debieron de ser pocos, y es probable que amén de los alabardazos de las guardias alemanes, y de los golpes de partesana de las guardias españolas, la gente alborotada se viera intimidada por las figuras de autoridad con el propio emperador en persona, y tomaran conciencia de que se le había ido de las manos el negocio, o que lo que les habían dicho sus compañeros que la orden de saqueo era del propio emperador, quizá no era muy certero.

Las guardias a pie acompañaban al emperador y tenían como misión defender su persona, pero también podían intervenir como lo hacían los hombres del capitán de campaña o barrachel, o los hombres de los alguaciles, y actuar como policía militar. Aquí vemos a un guardia español con partesana y rodela, teniendo la rodela pintada las columnas de Hércules, emblema personal de Carlos V.


9. La justicia en este caso es sumarísima pero ejemplarizante: a la orden del marqués del Vasto de «¡ahorquenlos!», solo se ejecuta a dos soldados: uno viejo, aunque de una compañía nueva embarcada en Málaga, y otro soldado nuevo, lo cual indica que parte de los instigadores del saqueo eran de las compañías de «soldados noveles» que vinieron en la armada de Málaga.

10. El licenciado Arcos atribuye piedad al emperador, e indica que se podían haber ahorcado a más soldados sino hubiera sido porque Carlos V «era muy enemigo deque Castigasen alos soldados de aquella manera», pero otras fuentes nos muestran a un Carlos poco remiso al ahorcamiento, e incluso ordenádolo él mismo. Veamos lo que dice Cerezeda de la estancia de Carlos V en Sicilia, tras haber completado exitosamente la jornada de Túnez, como aplica la justicia rigurosamente en dicho reino, aunque sea este caso ejemplo de justicia civil y no militar:

«Ansí se estuvo el Emperador en Palermo, haciendo muy entera justicia, como por ellos le fué pedida; y se hizo tanta cuanta ellos no la habian visto ni pedido: y estando desorejando, cortando manos y cabezas, ahorcando, descuartizando, abrasando por sodomitas, echando en galeras, restituyendo á cada uno en lo suyo, dándoles visorey, persona que amaba la justicia. Despues de haber hecho Su Majestad lo que convenia en el gobierno deste reino, y haber dado cargo de visorey á don Hernando de Gonzaga, da órden á su partida, que fué á los trece de Otubre, un miércoles, pasado el mediodia»

Lo que sí parece evidente, es que el castigo que se prefería debía serl ejemplarizante, y proceder a ejecutar tan solo a, como se solía decir entonces, “los mas culpados”. 

11. A los mercaderes, tenderos y taberneros se les indemniza, pero el emperador les aplica un descuento que implica una sanción por su desobediencia a la hora de embarcarse. 

12. De los 8.400 escudos en que se tasaron los daños sufridos por los mercaderes, se hicieron dos descuentos en las pagas de los soldados: a la infantería vieja de Italia se les descontaron a cada soldado 4 tarines - apenas un tercio de escudo - mientras que a la infantería nueva 1 escudo completo. Este reparto desigual de la sanción mostraría que los que más participaron en el saco fueron los soldados nuevos, quizá por el hecho de verse o sentirse menos agraciados en el precedente saqueo de Túnez.

13. Vemos que la sanción es general, pagando justos por pecadores. En Málaga se embarcaron 8.400 hombres, la infantería vieja que vino de Italia eran unos 3.600 hombres, a los que se sumaron tres compañías de Mallorca y Menorca. En total, unos doce mil hombres, que, evidentemente, no pudieron participar en el saco en su totalidad, pero dado que era en ocasiones complicado ejecutar la justicia individualmente, se resolvió el caso solidariamente con un castigo general.


Apuntar además, como curiosidad, pero también como evidencia de como se trasladaban estos eventos a la posterioridad, el resumen del caso que hizo el cronista real Prudencio de Sandoval, cronista del reinado de Carlos V:

«De Luda se pasó 1.º de agosto a la torre del Agua, donde parte de los soldados tudescos y italianos saquearon los tenderos del real, diciendo que no habían habido nada en Túnez, como los españoles, mas fueron castigados, y el Emperador mandó repartir doce mil ducados, en que se apreció el daño que los mercaderes recibieron».

El cronista, malinterpretando o quizá tergiversando las fuentes que tenía al alcance - cuanto menos, disponía de la crónica de Alonso de Santa Cruz, donde los protagonistas del saco son soldados españoles - hace a los protagonistas del saco a los lansquenetes alemanes y a los soldados italianos.

En todo caso, sí que cabe destacar un apunte del obispo Sandoval: y es que los saqueadores alegan «que no habían habido nada en Túnez», poniendo como excusa el no haberse beneficiado del saco de la ciudad norteafricana.


Para saber más:

1) Túnez 1535. Carlos V contra Barbarroja, Desperta Ferro Historia Moderna, nº74. Febrero 2025

2) Ajusticamiento de un soldado durante la jornada de Túnez en 1535

3) La disciplina en los Tercios a mediados del siglo XVI. Ordenanza para el ejército sobre Metz [1552] Ordenanza para el ejército de Italia [1555]


Bibliografía:

Historia y Conquista de Tunez, por el licenciado Arcos

Tratado de las campañas y otros acontecimientos de los ejércitos del Emperador Carlos V en Italia, Francia, Austria,... (1876) - García Cerezeda, Martín , v2.

Los soldados que conquistaron Túnez para el emperador Carlos V: las tropas de la Armada de Málaga, Rafael Gutiérrez Cruz. Baética: Estudios de Historia Moderna y Contemporánea, nº43, 2023


Imágenes:

Cartones de la serie «La conquista de Túnez», por Jan Cornelisz Vermeyen. KHM Wien.


Ajusticiamiento de un soldado durante la jornada de Túnez en 1535

En una escena de uno de los detallados cartones que Jan Cornelisz Vermeyen, testigo presencial de los hechos que detalla, pintó sobre la jornada de Túnez en 1535, podemos ver el ajusticiamiento de un hombre del ejército imperial.




Dos alabarderos encabezan la comitiva seguidos por un soldado en mangas de camisa que guía la bestia que arrastra al hombre que ha de ser ajusticiado.




El hombre está atado de pies y manos, y es conducido a la horca arrastrado por un dromedario - la nota pintoresca de la escena - que le tira por una cuerda anudada a los tobillos. Es harto probable que en otras latitudes se hiciera lo propio empleando un caballo o una mula. 

En la "Historia y conquista de Tunez" del licenciado Arcos, médico embarcado con la infantería española nueva en la armada de Málaga, se puede leer el siguiente pasaje acerca de la ejecución de un moro que había traicionado a Luis de Presenda, embajador de Carlos V:

«Al qual aRastraron a cola de vn camello por todo el campo y lo hizieron quartos e los colgaron con su cabeça en vna horca»

El arrastrar al reo era algo normal, y podemos entender que ejemplarizante para el resto de miembros y seguidores del ejército.




El hombre se halla en mangas de camisa; podemos ver perfectamente lo que llamaban la «blancor» del lino, y lleva la cabeza descubierta. Evidentemente, no lleva ni cinto, ni talabarte, ni puñal ni espada. Las ropas que vistiera originalmente pudieran ser como las del galano soldado del cartón nº7 de la misma serie, que se cubre con bonete emplumando y arma una partesana de hierro corto y dorado:




El condenado no es un mozalbete, porque se le pueden ver perfectamente las barbas, así que no puede ser un mozo o criado, sino un soldado o marinero, siendo lo más probable que fuera soldado, porque los marineros de la armada recibieron órdenes reiteradas de no desembarcar, aunque algunos lo hicieron. 


Por las calzas, con un corte bastante ajustado al muslo natural, parece que no se trata de un soldado alemán, sino italiano, o lo más probable, español, dada la mayor proporción de soldados de esa nación en el ejército imperial sobre Túnez.


Un clérigo regular, puede que un fraile fransciscano, le amonesta cruz en mano, quizá oyendo su última confesión o encomendándole para que la realice antes de ser ahorcado. 

La religión no era un asunto baladí en esta época. Aunque se condenara la carne, el espíritu se podía salvar y los ajusticiados recibían asistencia espiritual hasta el último momento, de manera que el reo pudiera confesarse y hallar medio con que salvar su alma. 



Tras el fraile, hay tres hombres a caballo con varas de justicia. Aunque había varios cargos en el ejército y la armada que podían llevar varas de justicia, como los alguaciles de las armadas, o los alcaides de corte, es más que probable que alguno de estos hombres fuera un «barrachel» o «capitán de campaña», un oficial encargado de la justicia y policía militar, y que también asistiría a las ejecuciones, pues de él dependía el verdugo.

También es probable que una de esas tres figuras fuera uno de los alguaciles del ejército. En Túnez había un alguacil Salinas, que sabemos asistió a una de las particulares ejecuciones que trataremos aparte. 



Para el ejétcito de Italia, según se establece en la ordenanza de Génova de 1536, había «dos barrachelos de campaña» encargados de la «ejecución de la nuestra justicia y castigo de los delictos» dependientes del capitán general, así como alguaciles que dependían de los maestres de campo.


En 1529, Chistoph Weiditz, un dibujante alemán, viajó por España realizando dibujos costumbristas que recogió en su Trachtenbuch. En la lámina 63 aparece un alguacil español del reino de Valencia: Ein spanischer Polizist - Spazierritt der Bürger zu Valencia. Aunque este alguacil aquí retratado era lo que se denominaba «justicia ordinaria» y tenía un carácter civil, parece evidente que las justicias militares empleaban los mismos distintivos: la inconfundible «vara de justicia» que identificaba al portador como brazo ejecutor de la justicia real, en este caso, aplicada al ámbito militar.



Para la jornada de Túnez, Carlos V señaló a dos jueces y alcaides de corte, Mercado de Peñalosa y Bernardo de Sanches Ariete «para las cosas de justicia», ocupándose el doctor Ariete de aplicar la justicia a los súbitos de los reinos de Nápoles, Sicilia e islas de la corona de Aragón, asi como a los italianos, mientras que el licenciado Mercado se ocupaba de la justicia sobre los españoles, así como sobre los criados de la casa del rey y los cortesanos. 


La infantería alemana, asimismo, disponía de su propia estructura judicial; cabe tener en cuenta que para cada nación se debían resolver las causas en su propio idioma, y si era fácil que el doctor Ariete hablara italiano, es más difícil hallar doctores españoles en leyes que hablaran alemán. Además, era preferible que cada nación fuera juzgada por un natural, para que sus compañeros no se agraviasen en exceso si la justicia era demasiado severa.


Tras los oficiales de justicia a caballo, van otros soldados a pie con armas de asta corta - se vislumbra una alabarda - y, al menos uno de ellos, con una rodela embrazada.  

  

Junto a la estructura de la horca, al hombre llevado a rastras le aguardan unos soldados armados con alabardas y partesanas de hierros largos. 




Tratándose de una ajusticiamiento en la horca, podemos aventurar que el soldado no era hidalgo ni noble, pues la horca - salvo excepciones ominosas - no se podía aplicar a nobles, caballeros e hijosdalgo, que debían ser decapitados. 


Había numerosas causas por las que un soldado o marinero podía incurrir en pena de vida. Las ordenanzas militares se pregonaban en los cuatro idiomas del ejército, casa y corte - español, italiano, alemán y francés - y se hacían copias para que dispusieran de ellas los oficiales encargados de la justicia, así como los coroneles y maestres de campo. Además, se pregonaban órdenes específicas, o se hacía recordartorio de ellas, de manera que nadie pudiera alegar desconocimiento. 


En uno de esos pregones particulares, según recoge Prudencio de Sandoval, «mandó el Emperador pregonar que ninguno fuese osado, so pena de la vida, de quemar casa, ni pajar, ni talar árboles ni panes, porque muchos se habían ya desmandado sin respeto de Su Majestad a lo hacer, y robado las aldeas vecinas».

Aunque la orden pudiera parecer rigurosa, la buena disciplina exigía que los hombres no se «desmandasen» a su voluntad, pues no solo se ponían en peligro ellos, sino que podían generar el desorden total al poner a sus compañeros en la tesitura de acudir a socorrerlos si eran, como fue el caso en repetidas ocasiones, emboscados por los enemigos.



Agradecimientos: a  Emilio Sola, del Archivo de la Frontera, que me compartió amablemente el nombramiento de Bernardo Ariete como alcaide de corte del ejército y armada de la jornada de Túnez.  


Imágenes: Cartón nº7, titulado «Asedio de la Goleta», de la serie «La conquista de Túnez en 1535» por Jan Cornelisz Vermeyen. KHM Wien. 


Par saber más sobre la justicia militar de la época:

La disciplina en los Tercios a mediados del siglo XVI. Ordenanza para el ejército sobre Metz [1552] Ordenanza para el ejército de Italia [1555]




De huertas, viñas, puercos, turcos y soldados desmandados. Dos desembarcos accidentados [Túnez 1535 y Gibraltar 1540]

El desembarco imperial en Túnez [1535]

Cuando el 16 de junio de 1535 las tropas de la armada imperial comenzaron a desembarcar en la costa tunecina, se publicó bando para que las tropas no se desmandasen, ni saltara nadie en tierra que no tuviera mandamiento para ello.

Podemos ver a los soldados del ejército imperial desembarcando en las playas de Túnez, cerca de Cabo Cartago, transportados a tierra por los bateles de las naos y los esquifes de las galeras. Esta escena condensaría varios días de desembarco. Sabemos que el día 16 de junio los únicos caballos que pisaron tierra fueron los de Carlos V, el marqués del Vasto y el del cuñado de Carlos, el infante Luis de Portugal. Detalle del cartón nº3 de la serie "La conquista de Túnez" por Jan Cornelisz Vermeyen titulado "Desembarco en la Goleta". KHM Wien.


Las desmandadas eran un peligro, porque soldados, marineros y mozos descuidados podían ser presa fácil para los enemigos, y los demás soldados, que se hallaban «bajo bandera» podían romper el orden con tal de socorrerlos.

La fortaleza de los ejércitos, en especial de la infantería, residía en el orden cerrado. Los soldados que se desmandaban del escuadrón podían poner en riesgo a sus compañeros, pues convirtiéndose en objetivos fáciles para la ágil caballería árabe, no solo se ponían ellos mismos en peligro, sino que podían empujar a sus camaradas de armas a socorrerlos, pudiéndose producir un desorden en los escuadrones.


Por ello se publicó bando que «so pena de vida» ninguno saliera «fuera de ordenanza».

Durante el desembarco, tanto Carlos V como el marqués del Vasto, corriendo a caballo entre los escuadrones, se tuvieron que emplear a fondo para que la gente no se desmandase a robar por las huertas.

Carlos V en Barcelona, asistiendo al alarde de los hombres de armas que se embarcaron para la jornada. El emperador actuó ya no como general de su ejército, sino como verdadero «capitán de campaña» acudiendo a todas partes procurando mantener el orden entre sus tropas. 


Aún así, como solía pasar, tras una tiempo embarcados con una dieta monótona basada en bizcocho, carnes saladas, tocino, legumbres y pescado en conserva, no fueron pocos los marineros, soldados y mozos que contra la orden se apartaron para buscar fruta fresca en las huertas.

Un testigo de vista dio cuenta de las bajas sufridas durante la jornada de desembarco: «y por los marineros y gente que se desmando creo que nos mataron mas gente ellos a nosotros que nosotros a ellos».

Aquello se prorrogó durante días. El 18 de junio «cada hora los alárabes venían con otros moros y cogían algunos marineros y soldados desmandados entre las huertas y olivares, que por coger fruta o hurtar algo, salían por allí».

El propio Carlos V, escribiendo a la emperatriz, su mujer, Isabel de Portugal, reconocía el día 30 que la mayoría de muertos eran «soldados de las galeras y gente inútil y de servicio que de ellas ha salido, y se desmandaban a tomar fruta y buscar agua».


El desembarco turco en Gibraltar [1540]

Cinco años más tarde, en septiembre de 1540, eran corsarios turcos con «algunos moros valençianos» quienes desembarcaban en las costas de Andalucía, produciéndose el asalto y saqueo de Gibraltar.

Álvaro de Bazán padre narró como el alcaide de Gibraltar salió de la plaza «con quinze de a caballo y prendio eftos tres y mato veinte». Los tres presos eran «tres moros que se tomaron enlas viñas que salieron muchos a coxer hubas».

Los tres moros capturados pudieron dar aviso de la composición de la armada corsaria: «tres galeras de a tres Remos, y dos galeotas de a vejnte y dos Remos y vna galeota de a vejnte y vno y dos de a vejnte / y seis fustas y dos vergantjnes». «Los nabjos venjan bjen en horden de todo syno de artjllerja que trayan muy poca las galeras y las galeotas casi njnguna». La armada «traya noveçientos cristianos al rremo. La jente que traya de cabo eran los mas turcos y algunos moros valençianos».


Galeras de la armada imperial frente a las costas de Túnez en 1535. Detalle del cartón nº3 de la serie "La conquista de Túnez" por Jan Cornelisz Vermeyen titulado "Desembarco en la Goleta". KHM Wien.


Por lo tanto, los desmandados no solo afectaban al orden de los ejércitos o de las armadas corsarias, también eran fuente de información para el enemigo, porque una vez capturados podían ser torturados, o simplemente coaccionados, para poder obtener de ellos valiosa información.

Por todo eso, no es sorprendente la reacción de Carlos V en Túnez: «Enojado se mostró este día el Emperador con los desmandados, diciéndoles palabras de ira, y, la espada desnuda, arremetió contra algunos, y sucedió que yendo así para herir a un soldado, el soldado huía, y como vió que el Emperador le alcanzaba, volvióse a él de rodillas, suplicándole mostrase en él su clemencia»

La querencia de turcos y moros por el saqueo para buscar comida es equiparable a la de españoles y otras naciones cristianas. Pero los primeros mostraron en Gibraltar remilgos a causa de los mandatos religiosos.

Pedro Barrantes Maldonado narra como «fueron á la playa de Mayorgas [...] y saltaron en tierra algunos turcos y fueron do estaban docientas y tantas botas llenas de vino [...] y era cada bota de veintiocho arrobas hasta treinta, y, desfondándolas, derramaron todo el vino, que eran más de seis mil arrobas».

En su obra a modo de diálogo, pone en voz del personaje «extranjero»: «Más valiera beberlo». A lo que respondía el autor: «Más, salvo que á ellos le es prohibido en su ley; y ansí quisieron ser el perro del hortelano».

Además de derramar el vino, los asaltantes mahometanos viendo «que estaban allí comiendo el borujo muchos puercos, mataron trecientos dellos á cuchilladas».

Barrantes ironizó sobre el indeseado resultado de la improductiva matanza: «Gozaron del mal olor dellos aquellos tres dias».

Poco después del combate contra los puercos, los turcos «derramáronse por entre las viñas á comer uvas, y salió la gente de caballo, que estaba en Gibraltar, y fueron contra ellos, y allí en las viñas mataron catorce ó quince dellos y prendieron tres».

Esta gente de caballo a cargo del alcaide de Gibraltar eran jinetes «con lanzas, adargas y corazas», panoplia que sorprendería al extranjero del diálogo de Barrantes, pues, según el personaje, este tipo de caballería así armada parecía «la resurrección de la conquista del reino de Granada».

Como fuera, el hambre animaba a muchos a perder la «buena orden de guerra», aún a riesgo de la propia vida, sin tener muy en cuenta ni los mandatos reales, ni la buena disciplina militar.

Fueran españoles o turcos, la tentación de la uva y la fruta fresca era irresistible para muchos. 




El capitán Alonso de Peralta y el visitador Godínez en la perdida de Bugía en 1555. Un caso de justicia real en el XVI

Primero día de abril 1556 que fue miércoles de la semana santa, fueron sentenciados a muerte en Valladolid don Alonso de Peralta, hijo de don Luis de Peeralta, y Luis Godínez y un letrado, por aver entregado a Bugia a los turcos. 

Suplicaron desto ellos y después en lunes 4 días de mayo, fue degollado en Valladolid el dicho Alonso de Peralta, mancebo de veinte y siete años.
Luis Godínez, porque lo mandaron ahorcar y quartear, apeló del género de la muerte, diziendo que era cauallero.

Era rico y marrano.

Año I DLVI. Nuevas de este año, por Florián de Ocampo, cronista de su majestad.



Nunca Dios tal quiera, porque ningún alcaide ni gente que con él esté, pueden ni deben entregar la fortaleza á los enemigos si no se la tomaren por fuerza, y sobre ello debe el alcaide perder la vida conforme á las leyes de España

Razonamiento de Felipe de Pamenes, contador del sueldo de Bujía en 1555


Bugía asediada

Artillería de campaña turca. Túnez, 1535. Kunst historisches museum de Viena.


Alonso Carrillo de Peralta era gobernador y capitán de Bugía, y alcaide del castillo mayor,  al mando de 150 hombres, reforzados con otros 100 que habían desembarcado el 14 de agosto de 1555 junto al visitador Luis de Godínez.

Alonso se hallaba en el castillo mayor, del que era alcaide, y su primo, Pedro de Peralta, hermano del marqués de Falces, era alcaide del castillo imperial, a cargo de 130 hombres.
Había en Bujía un tercer castillo, llamado el Castillejo, cuyo alcaide era Juan de Bilbao, a cargo de unos 45 hombres que fue reforzado con 20 procedentes del castillo Mayor. 

Había tropas de infantería, de las que eran capitanes los respectivos alcaides, y tropas de caballería, de las que era capitán Alonso de Peralta con su alférez Diego de Bárcenas que las gobernaba. Peralta tenía otro alférez para la gente de a pie, Tomás del Castillo, y había un capitán para la gente del campo y cuadrilleros, Alonso Sánchez Crespo.


En Bujía, además de estos oficiales de gente de guerra, había varios oficiales reales: el pagador Felipe de Pamenes, el teniente de veedor Ochoa de Çalaya y el teniente de pagador Bartalomé Lavado, que eran personas de autoridad en la plaza, aunque no tuvieran cargo de guerra. El pagador Domingo de Alcibar estaba indispuesto, y apenas se le entendía cuando hablaba, por lo que no jugó ningún papel en los hechos de septiembre de 1555.

En Bujía, además, había, al menos cuarenta mujeres y niños de familia española, aunque muy probablemente fueran muchos más, pues, por ejemplo, el contador Pamenes tenía mujer y cinco hijos.


En el galeón español y la carabela portuguesa que habían aportado el 14 de agosto, había, entre marineros y pasajeros que iban a Italia - entre ellos, unos cuantos soldados - unas 300 personas, que estaban en Bujía a primeros de septiembre.

Teniendo aviso el gobernador Peralta de la llegada del ejército y armada argelinos, al menos cinco días antes de su arribada, la tuvo por incierta, y consideró que no era necesario realizar ningún preparativo.

El día que aparecieron dos galeras enemigas en la boca del río, a vista de la plaza costera, Alonso de Peralta se hallaba preparando un juego de cañas, con "sus divisas y aparejos para salir al juego galanamente". Aún a pesar de ver estas galeras, y ver parte de la caballería del rey de Argel que se hallaban vigilando la plaza, los oficiales del rey, fundamentalmente el contador Felipe Pamenes, tuvieron que insistirle para que se pusiesen en defensa de una vez, habiendo perdido cinco días estando en Babia.

Bujía fue asediada a partir del día de nuestra señora de septiembre (día 8) de 1555  por un ejército formado por bereberes, árabes, renegados y turcos, con nueve piezas de artillería de asedio, entre ellas dos cañones reforzados que tiraban balas de hierro de hasta 63 libras,  desembarcadas desde una nao con un pontón, y varias galeras y galeotas, todo a mando del rey de Argel.

Tras resistir unos días, después de haber enviado una fragata a España pidiendo socorro, Alonso de Peralta dio a partido la plaza, o sea, capituló con los asediadores la entrega a cambio de que los defensores pudieran salir con las vidas:

Lo primero que les dé libertad y lugar para que puedan pasar en España á todos, chicos y grandes, mujeres y hijos libremente, con sus dineros y haciendas, y todo lo que tuvieren y tienen al presente, y con sus armas, sin que de ninguna persona por él, ni por ninguno de sus corsarios, les sea puesto impedimento alguno.


O eso es lo que quiso creer Alonso de Peralta, pues sus capítulos, redactados por él mismo, fueron llevados al rey de Argel por Ochoa de Çalaya, teniente de pagador y Juan de Milán, mercader italiano, que hablaba la "lengua turquesca". Estos, habiendo hablado Milán con el rey sin que Çalaya hubiera entendido nada, regresaron del campo argelino con los capítulos sellados, que fueron la prueba en la plaza de que el rey había aceptado las condiciones ofrecidas por Peralta.

Según las mismas, los asediadores no entrarían en Bujía hasta pasados tres días,  dando tiempo a que los cercados se embarcasen con dinero, hacienda y armas, en navíos, con bastimentos y agua para volver a España con salvoconducto.

Eso es lo que decía el documento español.

Antes de esa rendición, habían sucedido varios episodios de importancia.



El asedio de Bugía en septiembre de 1555

1) El llamado castillo imperial estaba tan mal construido, "y desto tienen la culpa los maestros y caleros que vinieron de Secilia", que el parapeto de 18 pies de grueso se desmoronó tras solo dos días de disparos de la artillería turca, que hizo, según testigos, 663 tiros. Aunque pudieran parecer muchos, se supone que debería haber aguantado unos 15 dias, y los turcos se sorprendieron "víendo cómo las paredes

se caían cada ladrillo por sí". Quedando la plaza del castillo al descubierto, un mensaje confuso enviado desde el castillo mayor empujó a los soldados a desamparar el castillo imperial de madrugada para refugiarse en el primero sin órdenes de su capitán. Aunque Pedro de Peralta parecía querer mantener su juramento de morir defendiendo la plaza, los siguió viéndose solo. El castillo imperial quedó así en manos de los turcos, tomando la artillería y municiones que habían quedado allí, y teniendo otro emplazamiento para tirar con artillería al castillo Mayor. 


2) El Castillejo, otro castillo defensivo, fue tomado al asalto, y su alcaide y 43 hombres supervivientes, fueron llevados como cautivos a Argel.


3) El 22 de septiembre, se comenzó a batir el castillo Mayor, la única defensa que le quedaba a la plaza. El 23, los turcos habían podido emplazar sus cuatro cañones a cien pasos del castillo, moviéndolas en mitad de la noche.


4) El gobernador Alonso de Peralta, para ese momento, trabajando día y noche sin descanso en las obras de defensa del castillo mayor, parece que sufrió una crisis nerviosa y se sumió en un estado depresivo: "vino en estado de llorar como niño" y según se decía "vino el Capitán á perder parte del juicio en tal manera que no tenía constancia ni firmeza en ninguna cosa".


5) El resto de oficiales del rey, el capitán del campo, el alférez de caballería, y el alférez de la infantería de Bujía, ciertos escuderos y el teniente de veedor, eran de la opinión que era mejor rendirse, así como un cuadrillero del campo y muchos cabos de escuadra de la gente de a pie.

El contador Pamenes, el visitador Godínez, el teniente de veedor Çalaya eran partidarios de mantener la defensa, pero no eran oficiales de gente de guerra, sino del sueldo o judiciales, aunque Ochoa de Çalaya, en última instancia, mudó el parecer.


6) Pedro de Peralta quería resarcirse de la perdida del castillo imperial haciendo alguna facción de guerra  y Alonso de Peralta, aunque "estaba medio desvanecido de la cabeza y no tenía constancia en ninguna cosa y con el juicio algo trastornado", quería proseguir con la defensa, pero se trataba de un hombre muy influenciable, "flaco de cabeza".


7) El contador Diego de Pamenes, cuyo oficio era de sueldo, y no tenía mando militar, pero sí mucho empuje personal, y acudía a la defensa de la plaza,  propuso un plan para salir a clavar la artillería enemiga, que debía mantenerse en secreto de aquellos oficiales, cabos de escuadra y escuderos "medrosos y cortados", pero hallándose en la fragua con el herrero junto a Alonso de Peralta preparando los clavos, fueron descubiertos por estos, y presionado, el gobernador Peralta ordenó que no se hiciera dicha facción.


8) El rey de Argel mandó una carta avisando a los del castillo mayor que el socorro de España que habían demandado no vendrían, porque ellos habían capturado la fragata en la cual iban las cartas, entregándolas como prueba de que lo que decía era cierto. 


9) Habiendo entre la tripulación del galeón muchos vizcaínos aptos para pelear - los marineros, aún de naves particulares, debían, necesariamente saber combatir - y aún varios soldados que viajaban de España a Italia, Alonso de Peralta se negó a que participasen en la defensa, por consejo de Lavado.


10) Uno de los soldados de la plaza, un trompeta llamado Juan Rodríguez, se salió del castillo para hacerse turco, y aconsejó a los asediadores que tirasen contra la torre de las Cabezas, pues allí había dos piezas que guardaban el lienzo del castillo que batían los turcos. Esto hicieron, y las dos piezas quedaron inutilizadas para los defensores.


11) El día de San Cosme y San Damián, 27 de septiembre, el alcaide del castillo imperial, Pedro de Peralta murió en las murallas, de un tiro de artillería que, al parecer, hizo un renegado francés que le disparó desde el castillo imperial, que había estado a su gobierno. También cayeron 42 soldados y fueron heridos 65 en un "bravo asalto que se le dio" al castillo mayor.


12) Con todo esto, los medrosos convencieron a Alonso de Peralta se votase por la rendición de la plaza, y, excepto Godínez, que se negó a votar y Pamenes, que se opuso con virulencia, fue acordado darse a los turcos en votación hecha por los oficiales del rey, de guerra y del sueldo.


13) Pamenes protestó y lanzó graves acusaciones contra los que así votaban. Se pusieron las cosas tan tensas, que Alonso de Peralta advirtió al "escandalizador y alborotador" contador Pamenes que se guardase de seguir por esa vía, pues habían ofrecido 40 ducados para que lo matasen a escopetazos, e hizo que lo tuvieran preso en su posada mientras se llevaron los capítulos del partido al rey Argel. Pamenes recibió orden de quedar en su casa, con orden de Peralta de "que si salís, os han de dar dos ó tres arcabuzazos".


En esto Ochoa de Çalaya y Juan de Milán regresaron con los capítulos redactados por Alonso de Peralta y sellados por un oficial del rey de Argel.


La rendición de Bugía el día de San Miguel


La toma de Bujía se hizo no según lo capitulado, sino a gusto del rey. No se aguardó a los tres días, sino que de inmediato se entró en la plaza.

Aunque los residentes fueron embarcándose en una nao que el rey de Argel les prestó y llenaron la nao hasta los topes, muchos fueron desvalijados, incluyendo al propio capitán y gobernador que le arrebataron un cofre con dinero de entre las manos.

En lo capitulado, podrían salir los cristianos con armas, pero el rey mandó desarmarlos.

En la dicha nao se embarcaba toda la gente, cuando el rey de Argel mandó pedir 200 hombres para retirar los cadáveres. Alonso de Peralta los concedió. No se volverían a ver en la nao.

Estando unos españoles llenando botas de agua para la nao, pasó un jeque que tomó a uno de ellos. Era Tomás del Castillo, alférez, que había votado a favor de la rendición. No se le volvió a ver.

Otra gente del rey llegó a la nao, y tomaron por la fuerza a la hija del contador Pamenes, de 13 o 14 años de edad, la hija de Ochoa de Çalaya, de 12 o 13 años, y un muchachito de 9 o 10, que fueron llevados a las tiendas del rey.

Al cuarto día de hallarse embarcados, vino gente del rey. Apartaron al gobernador Peralta, a Godínez y a otros oficiales junto a sus mujeres y los embarcaron en otra nave, la carabela portuguesa donde se hallaba Juan de Milán, el mercader platico en lengua turquesca que había llevado los capítulos de rendición al rey de Argel.

Al resto, los separaron: los hombres los echaron a las galeras, y a las mujeres y niños se los llevaron a las tiendas del rey:

"que allí se vido aquella mañana apartar las mujeres de sus maridos y los hijos de las madres y padres, con gran lloro que hacia, que era gran lástima de verlo".

Después serían llevado a Argel: los hombres a los llamados baños, donde estaba la prisión de los cautivos, y las mujeres y niños como esclavos de la casa del rey, si bien éste regaló muchas a varios jeques.

En la carabela portuguesa se embarcaron cien hombres, viejos y heridos, y con estos, catorce personas escogidas por Alonso de Peralta, oficiales reales y sus mujeres, que viajaron a España, entre los que no estaba el crítico contador Pamenes. Muchos de estos heridos, se murieron en la travesía a su tierra natal.

Aunque pudiera parecer que el rey de Argel traicionó lo capitulado, fue voy populi que Juan de Milán, cuando fue a llevar los capítulos al campamento real, y hablando en lengua turquesca con el rey, viendo que éste se negaba a lo que se le pedía, acordó que de Bujía se salvasen 120 personas. 20 que Alonso de Peralta escogería, y 100, que escogería el rey. El rey, claro, escogió a heridos y ancianos, por tener menos valor como esclavos o cautivos.



Los condenados

Vinose don Alonso de Peralta a Medina del Campo, y Luyz Godínez a Valladolid, harto tristes. Acusoseles luego ante los alcaldes del crimen de corte, diziendo que se auian rendido con facilidad, salvando solas sus personas.
Historia pontifical y católica, de Gonzalo de Illescas.


si yo pensara que esto había de ser, antes muriera defendiendo á Bugía que no entregarla á los turcos

Parecer del gobernador y capitán de Bujia, Alonso de Peralta, cuando se marchaba en la carabela.

Luis Godínez de Alcaraz era un "visitador". Alguien que el rey, en este caso, la gobernadora Juana en su nombre, enviaba para tomar visita al gobernador, o sea, evaluar el estado de la plaza y juzgar las labores de gobierno del capitán de Bujía. En teoría, en una residencia, llegado el caso, se podía incluso llegar a deponer a la persona, pero sería necesario ver con qué instrucciones fue Luis de Godínez a Bujía, aunque se mencionan sus funciones de juez de residencia.

Godínez había ido acompañado por un letrado, el licenciado Belorado, un escribano, un alguacil y varios criados. Lo normal era hacer averiguaciones sobre el gobierno de Peralta, y para ello, entre otros procedimientos, se interrogaba testigos y se tomaba nota.

El visitador tenía ciertas prerrogativas como juez, teniendo su vara de justicia.

Durante el asedio del castillo mayor, Godínez iba pregonando a los soldados que acudieran a las murallas del castillo mayor a defenderlas,  "porque acaecía muchas veces que los soldados se iban á comer y amasar á sus posadas y dejaban la muralla sola", advirtiendo de penas contra quién lo incumpliera, pero quejándose los soldados a Peralta de ello, el gobernador mandó a Godínez que no se entrometiera en ninguna cosa tocante a la guerra, y éste se retrajo. 

La visita de Godínez, paradójicamente, había sido motivada por quejas de los soldados de la plaza contra Alonso de Peralta.

El letrado que fue condenado, parece que debía ser el licenciado Belorado, que acompañaba a Godínez como su alcalde mayor, otro cargo judicial sin mando en la guerra. Es posible que se les acusara de no haber depuesto a Peralta, o no haberle forzado a mantener la defensa hasta el fin.

Don Pedro de Peralta murió en la defensa del castillo mayor, y si algo se le pudo reprochar por haber abandonado el imperial en seguimiento de sus hombres, parece que la muerte le evitó el proceso.

La rendición, considerada como ignominiosa, supuso un mazazo para la moral del reino. Cuando Peralta y Godínez regresaron, se les hizo un proceso a ambos.

Aunque se dijo que Peralta rindió la plaza contra el parecer de Godínez, este último no ejerció su autoridad, o no fue capaz de imponer su criterio, y probablemente por ello fue condenado, pero no tenía gobierno en cosas de guerra.

Peralta, siendo caballero, tenía el privilegio de ser ejecutado como tal, y por tanto, decapitado. Godínez, fue condenado a la horca - pena infamante - y a ser hecho cuartos, o sea, descuartizado su cadáver como escarnio y afrenta.

Godínez protestó, según Florián de Ocampo, no por la condena a muerte, sino por el método. Deseaba ser decapitado como caballero que era, pero Ocampo dice de él que era 1) rico - cosa que un caballero no puede ser, a no ser que haya ganado su hacienda en servicio del rey, pues de otra manera, haciendo negocios, no podía ser rico y caballero a la vez  -y 2) marrano, indicando que no podía ser hidalgo siendo de ascendencia judía.

A pesar de todo esto, el visitador apeló y pidió disculpas y se le moderó la pena.  Mientras el proceso para depurar sus responsabilidades seguía "el Godínez tuvo por cárcel la casa del corregidor de Valladolid, y sin haberse declarado su proceso murió de enfermedad en noviembre de 1557".

Según un bien informado Gonzalo de Illescas - su hermano había sido escribano del proceso - la sentencia se pronunció después de su muerte, " y fue dado por libre, sin que su fama ni sus bienes, padeciesen pena ninguna".

Y es que, aún después de muerto, a uno lo podían condenar e incluso ejecutar en efigie.




La ventana del Landgrave. Proceso, tormento y ajusticiamiento del soldado Juan de Padilla en 1552. Ejemplo de justicia militar del XVI

El duque [de Alba] partidos ellos [Mauricio de Sajonia y marqués de Brandemburgo] hizo meter en una camara [de la posada del duque] a Landgrave y encomendo su guarda a don Juan de Guevara capitan del tercio de Lombardia con todos los soldados de su bandera. El landgrave se allo tan turbado, triste y lleno de congoxa que en toda la noche tuvo rreposo ni sosiego ni hazia sino como frenetico y furioso levantarse de la cama, andar de una parte a otra y de rrato en rrato acudir a las ventanas con fin segun creyan de ver si podia por ellas descolgarse

Hechos del 19 de junio de 1547 narrados por Bernabé del Busto, capellán y cronista de su majestad



"Die Spanichsen Kriegs Leyt". Soldados españoles en 1547. Códice de trajes. Biblioteca Nacional de España. Arcabucero y coselete, como los 137 soldados que formaban la compañía a cargo de Antón de Esquivel en 1551-1552


La guerra de la liga de Esmalcalda [1546-1547] tuvo como resultado, entre otras consecuencias, la prisión del landgrave de Hesse, Felipe I el Magnánimo, uno de los príncipes protestantes que había encabezado los ejércitos de la liga. Siendo su custodia asunto de estado de primer orden, se trasladó al prisionero a los Países Bajos, primero a Audenarde, y después a Malinas, a medio camino entre Amberes y Bruselas, ciudad que en el plano militar se distinguía por ser sede del más importante arsenal, además de ser sede de la principal fundición de artillería del país.

La custodia del landgrave quedó en 1547 en manos de una compañía de infantería española que había participado en la guerra, a cargo del capitán Juan de Guevara, que le trasladó de Alemania a los Países Bajos. La misma pasó luego a Sancho de Mardones, y por último, desde octubre de 1551, quedó a cargo de Antón de Esquivel:

Esta en Malinas preso Philippo Lanrfgraue de Heffen , que le truxeron alli dela villa y fuerça de Aldenarda, que es vna delas veynte y quatro Castellanías y Iurisdiciones, que ay en Flandes Germanica , donde le auia tenido en guarda don Juan de Gueuara, y le tuuo en Malinas , y despues dé Sancho de Mardones quales sacó de alli la Imperial Magestad para Maestres de Campo,y le tiene agora Antón de Esquiuel, que es de los principales Caualleros de la Ciudad de Siuilla, con ciento y treynta y siete soldados Españoles Cosseletes y Arcabuzeros.

El Felicissimo viaje del Muy Alto y Muy Poderoso Principe Don Phelippe ... Joan Cristòfor Calvet d'Estrella [1552]


En dicha compañía del capitán Guevara había en 1547 un soldado llamado Padilla, caballero e hidalgo, que hizo una copia manuscrita del  Comentario de la Guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo emperador romano, rey de España, en el año de 1546 y 1547 de Luis de Ávila y Zúñiga, bien por encargo, como escribano, o más probablemente, para congraciarse con el cortesano

En 1552, un soldado Padilla, del cual no se dice fuera hidalgo o caballero, fue ajusticiado por sus compañeros, pasado por las picas por traidor a su rey.

Veamos su historia


Se puede leer "este libro es del señor padilla soldado de la compañía del señor don Juan de Guevara". Y debajo del abecedario: "cauallero padilla hidalgo". El libro en cuestión es una copia del Comentario de la Guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo emperador romano, rey de España, en el año de 1546 y 1547 escrita por Luis de Ávila y Zúñiga. Teniendo en cuenta que fue la compañía de Juan de Guevara la que custodió al Landgrave de Alemania a los Países Bajos, parece probable que fuera el mismo Padilla que fue ajusticiado. Aunque Padilla tampoco es un apellido infrecuente, desde luego no es García. En todo caso, había muchos casos de parientes que servían en una misma compañía. Por lo tanto, no es seguro que fuera el mismo que hizo una copia manuscrita de la obra de Luis de Ávila y Zúñiga, obra que se llevó a la imprenta por primera vez en Venecia en 1548. Cuando encontré el manuscrito en el catálogo en línea de la Biblioteca Nacional de Francia me surgieron varias preguntas. Tras cotejarlo con el 'original' publicado, me asaltó la duda de porque alguien copiaría un libro a mano. Deduje luego que quizá era copia del manuscrito que se había de dar a la imprenta tiempo después, pues los escritores se hacían copias a mano, entregando algunas para la revisión por colegas o patrocinadores, y otras para los impresores, guardando el original. Paulo Jovio, el célebre historiador italiano, enviaba copias manuscritas de sus obras a sus protagonistas: por ejemplo, al propio Emperador, el cual le encargó a Luis de Ávila que le enmendase la parte referida a la campaña de Túnez, para mayor gloria de Carlos. 


Estar a cargo de un prisionero de la categoría de Felipe de Hesse suponía servir a Su Majestad en negocio de gran importancia. Tanto era así que Guevara en 1548, y Mardones, en 1551, habían sido nombrados maestres de campo tras su servicio guardando al landgrave, recompensa que aguardaba también Esquivel, y esperanza de la que hacía befa el prisionero; "por una manera de scarnio dize a los soldados que ya soy maestre de campo".

Fuese por la esperanza de promoción, o por vocación de servicio, Esquivel guardaba con celo al Landgrave, teniéndolo siempre en su cámara, con una sola ventana que daba a la calle, que se abría a las diez de la mañana y se cerraba a las cuatro de la tarde.

Disponía la habitación donde estaba encerrado el Landgrave de otra ventana, por la cual Esquivel podía vigilar a Felipe sin que este lo percibiera. Tenía además el príncipe protestante "dos centinelas tan pegados que no tiene lugar de resollar sin que todo lo vean y entienda".

Esta dura vigilancia de Esquivel, "trayéndolo más estrecho que los otros capitanes", provenía, amén del celo del sevillano, de un suceso tenido lugar en diciembre de 1550. Esto fue, un complot para la fuga del Landgrave en que hubo implicados decenas de personas, pues el Landgrave era prisionero, sí, pero siendo príncipe del Imperio, había vivido su prisión rodeado de sirvientes que permitían al Landgrave comunicarse con el exterior. El Landgrave, además, había dispuesto de dinero "para comer o dar limosna o otras cosas que compraba" y con aquel dinero, andaba "sobornando todos los más de los soldados, metiéndoles dineros en las manos". Esquivel acabó o creyó acabar con aquella práctica, pues aunque se permitió a Felipe mantener cierto caudal, "en su misma cámara y en una arca", el capitán español tenía la llave "para que no pueda sacar un real sin mi licençia".

Pero no era la prisión del Landgrave tan estrecha como Esquivel pudiera preciarse en su correspondencia. Felipe seguía haciéndose visitar por diversas gentes, entre ellas, un sastre que con la excusa de hacerle ropa nueva, introdujo 3000 florines en su cámara y además enviaba cartas suyas. El sastre fue descubierto, pero cabe creer que Felipe dispuso de otras cantidades, por lo que se verá.


Felipe de Hesse, llamado el magnánimo, en un retrato anónimo del XVI. En el momento de los hechos que aquí se relatan contaba con 47 años, siendo 4 años más joven que su némesis, el emperador Carlos 

El 25 de enero de 1552 Esquivel informaba de como había tenido aviso de que un soldado español de calzas rojas había hablado con un zapatero de Amberes para enviar una carta a la tierra del Landgrave. Este zapatero le puso en contacto con un correo, el cual recibió un florín por el porte de la misiva. Sospechando el zapatero y el correo de la historia del soldado español, que aseguraba venir de Londres donde había recibido la carta de un artillero que había servido a Felipe, acudieron al margrave de la ciudad para informarle del suceso, entregándole la carta. La carta, una vez abierta, se comprobó que no era de ningún artillero alemán exiliado en Inglaterra, sino del propio Felipe de Hesse dirigida a su hijo.

El zapatero dio las señas del soldado, y, aunque esto no fue suficiente para identificarlo, sospechando Esquivel de uno de los centinelas, el soldado Juan de Padilla, lo hizo prender, llevándolo a su cámara, donde el zapatero, vestido "con una ropa de noche y un sombrero, cubierta la cara con un tafetán" para no ser reconocido, identificó al soldado como el de las calzas rojas que le había contactado días atrás.

Metido en prisión el traidor, Esquivel le hizo dar tormento. 

Aquí nos detenemos un momento. 

Aunque la decisión de someterlo a tormento parece proceder del propio capitán, éste declaró haberlo hecho por consejo de "dos consilleres y un letrado" por los cuales se hizo asesorar por "no fiarme de mi parecer por no ser letrado" y con presencia de dos burgomaestres de la villa de Malinas. O sea, que aún perteneciendo el soldado al estamento militar, el capitán Esquivel prefirió que las autoridades civiles interviniesen, quizá porque el caso era de extrema importancia y prefería tener testigos versados en leyes en caso de que se complicara el asunto.

El caso es que "tras averle dado rezio tormento", el pobre Padilla confesó que el Landgrave le había ofrecido la suma 200 o 300 escudos para irse a España y para que enviase la carta.

Posteriormente, al ser interrogado por el capitán en presencia de su alférez y un soldado de la compañía, Felipe reconoció haberle dado a Padilla 30 florines de 23 placas cada uno.

Teniendo en cuenta que un escudo equivalía a 36 placas, y que el sueldo de un arcabucero o de un coselete de infantería española era de 4 escudos, Padilla vendió su servicio al Landgrave por poco más de 19 escudos, o sea, el sueldo de cinco meses.

Esquivel, "castigó" al Landgrave cerrando la ventana de su cámara por todo el día, y poniéndole un mozo gallego que, lejos de querer agradar al noble protestante y congraciarse con él, le decía en español y con cierta insolencia: "áblame claro, si queréis que os entienda"

Escribiendo Esquivel a Nicolás Perrenot de Granvela, monseñor de Arras, el principal ministro de Carlos V en los Países Bajos, le indicó, el 31 de enero:

"Hanse corrido tanto los soldados que me ruegan que les de el que tengo preso para pasarle por las picas".

Tratándose de un asunto de cabal importancia, Granvela lo consultó, como no podía ser de otra manera, con la gobernadora de los Países Bajos, María de Hungría, y con el hermano de ésta, el propio Emperador.

Éste, desde Innsbruck, el 7 de febrero de 1551 respondió sobre ello en lengua francesa:

habiendo dicho soldado confesado el caso [...] habiendo los otros soldados de la dicha guarda pedido al dicho capitán les sea entregado para castigarlo y hacerlo pasar por las picas, lo cual, el dicho capitán no ha querido acordar sin previamente advertir y entender mi voluntad. Y habiendo considerado el hecho, yo encuentro bien, que el dicho castigo se haga de esa suerte. Entonces, se podrá ordenar al dicho capitán de entregar aquel delincuente en manos de los dichos soldados para hacerlo pasar por las picas con orden expresa que se haga en la calle donde se aloja el dicho Landgrave, y que se le abra la ventana de su cámara, permitiéndole ver el espectáculo, si verlo quiere.

Aunque la carta parece que fue redactada por el secretario Eraso, o uno de sus escribanos francófonos, es difícil albergar dudas de que el Emperador, que tenía una notoria animosidad hacia Felipe, fue quien incluyó la clausula de la ventana.

Esquivel aprovechó el proceso para lucirse acudiendo a la corte en Bruselas, e informar personalmente a la Reina María y pedir que el caso fuera visto por el Consejo Real, pero el presidente del mismo le respondió "que estas heran cosas de soldados que yo [Esquivel] las devía de entender". 

O sea, que las más altas autoridades civiles no quisieron inmiscuirse en un caso de jurisdicción militar, aunque la reina seguía el caso personalmente, como no podía ser de otra manera.

Así que Esquivel, habiendo recibido órdenes de la reina, del Emperador por vía del secretario Eraso y del secretario de la Torre, y por el propio presidente del Consejo que días atrás se había querido exonerar y, punto importante "en conformidad y voluntad de todos los desta compañía" sobre el modo en que se había de ejecutar al soldado, esto es: "pasarle por las picas", procedió a cumplir la sentencia ese mismo febrero, apenas nueve días después que el Emperador diera su visto bueno sobre la ejecución, y apostillase la propuesta de los soldados. Los cuales plazos demuestran que el caso tuvo notoria importancia, pues los correos se despacharon con suma presteza [de Bruselas a Innsbruck hay cerca de 800 kms]. 

El día 20, desde Malinas, Esquivel escribió:

Martes a 16 deste por la mañana se le notificó la sentencia, y a las dos del día lo truxo mi sargento con 20 arcabuzeros y pífano y atambores a la misma calle delante de las ventanas de Langrave, las quales se abrieron para hazer que viese lo que pasaba, y allí lo pasaron por las picas los soldados, y con tanto impito que no pudiera reçevir muerte más presta; púsose luego en una horca junto al mismo lugar que murió a donde lo podía muy bien ber Langrave pero no hazía sino llorar diziendo que no le pesara tanto si le viniera nueva que uno de sus hijos sigundo hera muerto. Allí estuvo ahorcado hasta la noche que lo llevaron a enterrar. La sentencia y relación della envio a Heraso para que lo sepa Su Mgd.

Antón de Esquivel a Granvela, Malinas, 20 de febrero de 1552. Extracto del relato de los hechos. 

Vemos que al soldado Juan de Padilla, después de ser ajusticiado severa y rápidamente por sus compañeros armados de picas, se le manda ahorcar, para escarnio, pues la horca era una pena infamante, reservada a los más bajos criminales. Así pues, a la muerte, hasta cierto punto honrosa, del ser pasado por las picas, le sumamos la infamia de la horca, para deshonrar al traidor que ha servido a un enemigo del señor natural. 

Cinco meses más tarde de la ejecución, y habiendo huido. o retirado, el Emperador de Innsbruck acosado por las tropas lideradas por Mauricio de Sajonia, Carlos se avino, para congraciarse con los protestantes, a satisfacer una de sus principales demandas: liberar a Felipe de Hesse

Antón de Esquivel, que había prometido a Felipe "dalle de puñaladas y hechalle por la ventana abajo" en caso de que vinieran a sacarlo por la fuerza, tuvo que, a regañadientes, plegarse a la autoridad real el 3 de septiembre de 1552, recordando al final de su servicio como carcelero del eminente preso que sus predecesores en el puesto habían "salido de aquí como maestres de campo", pues, como sucedía en la época, reclamar recompensas por los servicios prestados era lo normal y esperable de los buenos y leales servidores. Los que deservían a su señor, no podían esperar otra cosa que la horca y la infamia, salvo si, como en el caso del Landgrave, tenían a media Alemania a su favor. 



NOTAS

Sobre el 19 de junio de 1547, una versión resumida, con una ligera diferencia:

A eso de las 4, S. M. en su solio Imperial, acompañado de muchos Príncipes y Señores, el Landgrave, arrodillado, manos juntas y la cabeza en tierra, por su Canciller se puso en manos de S. M. y a su voluntad. El Consejero Seldt respondió que, en consideración a las súplicas de los Electores, le indultaba de la pena de muerte y de la prisión perpetua, conforme a los artículos del tratado. Hecho esto, el Landgrave fue entregado al Duque de Alba, el cual le llevó al Castillo de Halle, le dió de comer, como también a los Príncipes electores, y después fue puesto en una Cámara bajo la guardia de D. Juan de Guevara y dos banderas de Españoles.

Estancias y viajes del Emperador Carlos V



FUENTES:

Carlos V, Una nueva vida del emperador. Geoffrey Parker

El secuestro que ordenó Carlos V: Introducción, documentos inéditos y notas. Júlia Benavent BenaventM. José Bertomeu Masiá

Cartas de Antón de Esquivel al Cardenal Granvela, Biblioteca Nacional de España MSS/20210/57/1-13

Correspondenz des Kaisers Karl V: aus dem königlichen Archiv und der Bibliothèque de Bourgogne zu Brüssel mitgetheilt, Band 3

Bibliothèque nationale de France. Département des manuscrits. Espagnol 188

El Felicissimo viaje del Muy Alto y Muy Poderoso Principe Don Phelippe ... Joan Cristòfor Calvet d'Estrella [1552]