 |
Tres caballeros albaneses, con sus típicos bonetes altos, llamados capeletes, en el Códice de Trajes de 1547 [Biblioteca Nacional de España] |
Aunque
son fundamentalmente las crónicas - que no solo dan vivacidad y
realismo al relato, sino, sobre todo, continuidad - y la correspondencia, tanto de
soldados como de oficiales del rey, las fuentes que más información
proporcionan sobre hechos y campañas de los ejércitos de la época, también las fuentes contables
nos hablan de aspectos organizativos que quedan normalmente en segundo
plano, por lo que es imprescindible acudir a ellas para intentar trazar un boceto de la vida de aquellos hombres, que en todo caso,
quedará siempre incompleto.
A
veces, como es el caso, se encuentran pequeñas joyas como esta, que hacen
volar la imaginación y al mismo tiempo, nos aportan datos valiosos acerca de la organización económica de un ejército de mediados del XVI.
Redactada con lenguaje burocrático, esta pieza, alberga, sin embargo, escenas que podrían
ser sacadas de las novelas de Alejandro Dumas:
El
Rey
Don
Rodrigo de Mendoça, gentilhombre de nuestra boca y comendador de la
Moraleda [? roto] y Bernaldino de Romaní, nuestro criado, que por nuestro
mandado entendeys en rescevir las cuentas de los gastos de nuestro
exercito:
Quintin
Brunink nos ha hecho relacion que el año pasado de quinientos y
quarenta y tres viniendo un criado suyo que se llamaua Martin
VandeScuren de Cambresy a Valencianas · trayendo en su poder
dozientos y cinquenta y quatro escudos de Italia de cierto vino que
había vendido de la municion que estava a su cargo · tres albaneses
cauallos ligeros q estauan alojados en la dicha Cambresy saltearon y
mataron en el camino al dicho Martin VandeScuren y le quitaron y
robaron los dichos dozientos y cinquenta y quatro escudos / los
quales no se pudieron cobrar de los dichos albaneses / aunque se
hicieron todas las diligencias possibles y Luys Perez de Vargas hizo
justicia del uno dellos por hauer pasado los otros dos a Francia con
los dichos dineros / ny vosotros selos haueys querido pasar en cuenta
de su cargo / y nos suplico y pidio por merced q pues los dichos
dineros eran del vino que hizo vender de lo que estaua a su cargo y
fueron robados por nuestra gente q estaua en la dicha guarnicion y no
se perdieron por culpa ni negligencia suya mandasemos que se les
resceviesen en cuenta · o como la nuestra merced fuese / y Nos,
acatando lo sobre dicho y por q hauemos sido certificado ser assy
verdad havemoslo hauido por bien / por ende yo vos mando q rescivays
y paseys en cuenta al dicho Quintin Brunink los dichos dozientos y
cinquenta y quatro escudos de Italia y por cada uno de ellos treynta
y seis placas solamente por virtud desta nuestra gracia sin le pedir
otro ningun recabdo por q asy nescessario es yo le hago merced
dellos,
fecha
en Colonia. A nueve de mayo de 1545
Yo,
El Rey
Por
mandado de Su Magd
Francisco
de Erasso
Fuente:
AGS, CMC, 1ª Época, legajo 587, folio 50
Editado: expansión de abreviados
Aunque los hechos referidos no están fechados a día y mes, sabemos que a 8 de noviembre Carlos V dio orden de hibernar a su ejército y que el tercio de Vargas pasó a acantonarse en la provincia de Cambrai junto a tres mil alemanes. Por eso, asumimos que el robo se produciría en noviembre o diciembre de 1543.
El 24 de noviembre, el tercio de Vargas estaba en Cambresis para serle tomada la muestra y recibir la paga de octubre.
En
los ejércitos del XVI había multitud de oficios que a día de
hoy llamaríamos logísticos y de los cuales, entonces, no se encargaban
militares, sino oficiales del rey:
Tenedor de los bastimentos,
despensero del hospital, comisario de las barcas, aposentador o
municionero, eran oficios imprescindibles para el buen funcionamiento
del ejército.
A estos oficiales, en ocasiones, simples agentes privados contratados para una sola actividad, que necesitaban comprar bienes –
trigo, harina, ganado vivo, carne salada, vino, cerveza, etc – o contratar servicios –
molienda, panadería, carreteros, construcción de hornos... – se les daban unas libranzas en
moneda sonante o en especie, por las cuales debían responder 'al
maravedí', o mejor dicho, a la mínima unidad de moneda que se usase
en la zona. Cuando lo que se les entregaba no era dinero, sino productos de la munición del ejército imperial, los oficiales habían de responder por cada saco de harina, por cada bota de vino, por cada caja numerada y acerrojada de
pan cocido que se les entregaba hasta que era vendido, y a partir de aquel momento, por el dinero recaudado con la venta a los soldados de los productos, pan, vino o carne.
A
Quintin Brunink, del cual no se menciona oficio en la carta, se le había encomendado la venta del vino en el Cambressy [probablemente, Chasteau en Cambresis], esto es, en la
provincia de Cambrai.
El vino que gestionaba Brunink, 'de la munición de su majestad',
sería vendido a los soldados que se hallaban en esa provincia, unos
3000 lansquenetes alemanes y unos 2400 infantes españoles del tercio de Luis Pérez de Vargas, que era su maestre de campo.
En la provincia también había varias compañías de hombres de armas y
caballos ligeros, fundamentalmente italianos, pero también, como
hemos visto, albaneses.
Brunink
vendía el vino a los soldados de infantería y caballería. Lo hacía
con ganancia para el Rey: el vino se compraba al por mayor, y se
vendía a un precio superior al de adquisición. Lo que ganase,
descontados los gastos en su tenencia y distribución – su sueldo, el de sus ayudantes, los
carreteros y carros cuando se alquilaban, etc – debía entregarlo
a los oficiales del sueldo, que, por lo que parece, y para infortunio
de su criado Martin Van De Scuren, debían estar en Valenciennes, a
unos 30 kms de Chasteau en Cambresis [o Le Cateau Cambrésis].
A Valenciennes había de llevar Van De Scuren, [quizá
Van Der Scure] el dinero ganado en la venta de vino por su amo, al tiempo que presentaría los números de la venta del vino, y los oficiales del rey, a cambio, le darían un recibí y
anotarían en sus libros el 'alcance' de la cuenta de Brunink debidamente finiquitado. Este alcance era la diferencia entre lo ingresado y lo gastado, que era, por lo que vimos en este caso, de 254 escudos, una cifra baja para el rey, pero importante para un oficial menor, como había de ser Brunnink De no ser satisfecho dicho alcance por los oficiales del sueldo, el rey le podría reclamar dicha suma, considerada una deuda que no prescribía jamás, y que se podía adeudar por toda la vida de Brunink y la de sus herederos.
 |
Grupo de capeletes, caballos ligeros albaneses en 1535. 4º tapiz de la serie La conquista de Túnez.
|
Algún
avispado soldado albanés de la caballería ligera del ejército
imperial, o tuvo noticia del traslado de la moneda sonante, o
simplemente, conociendo al criado de Brunink, que quizá vendía él
mismo o asistía a la venta del vino en la plaza señalada para tal fin, barruntándose la carga que podía portar, se conchabó con sus camaradas, lo siguieron,
asaltaron, robaron y asesinaron.
Martin
VandeScuren, sin duda iría armado y si no se defendió dejando herido a sus asaltantes, sería
porque no tuvo ocasión, tomado por sorpresa y superado en número, armamento y habilidad en el oficio de las armas por parte de los tres albaneses.
Porqué uno de dichos asaltantes pudo ser apresado por Luis de Vargas mientras los otros dos
habían huido a Francia es cosa que no sabemos. Pero dada la baja
probabilidad en la época de descubrir el culpable de un crimen
cometido en un camino, a no ser que hubiera testigos, o que los asesinos tomaran ropa o algo que les relacionase con el difunto - quizá la misma bolsa en que VanDeScuren llevaba el dinero - es probable que
regresasen con el botín a la plaza donde se hallaba su compañía, a seguir con
su vida de soldados como si tal cosa, a la espera de la nueva campaña que llegaría con la primavera de 1544.
Quizá una indiscreción, - aquí comienzo a especular - como gastar más dinero de la cuenta, dio indicios a otros compañeros del delito, que lo
delataron. Los dos más avispados o prudentes se fugaron a Francia. Aquí intervino la justicia militar de la mano del maestre de campo Luis Pérez de Vargas y se
ajustició a uno de los culpables, lo más probable, siendo un robo con asesinato, es que el albanés fuera ahorcado. Por lo general, en la época, se daba tormento, esto es, se torturaba al sospechoso hasta que hubiera confesado su crimen, delatado a sus compinches y explicado todo lo que sabía.
Por lo que parece, no se
recuperó su parte del botín. ¿Le traicionaron sus compañeros
huyendo con su parte? El relato es incompleto, y la especulación
puede dar lugar a multitud de historias que por verosímiles, no dejan de ser una mera invención.
También cabe tener en cuenta, que los ladrones, en esta época, amén de avariciosos, podían ser descuidados:
Al principio deste gobierno robaron en una quinta valor de veinte ducados una cuadrilla de seis ó siete, que iban á vengarse de unos hombres que los habían maltratado. Hice mucha diligencia por saber quien eran
[...]
Dos dias después pareció una ropilla de un soldado de los que allí se hallaron, y habia mudado el traje, y por el rastro della pesqué dos, y otro dia los hice ahorcar, y no les habían tocado cuatro reales de parte.
Don Juan de Silva a Don Cristóbal de Mora. Julio de 1594
Como vemos en este ejemplo, los ladrones no solo les robaban el dinero sino la ropa, que acaban usando o guardando o vendiendo, cosa que pudo suceder en nuestro crimen, pues la ropa era una de las posesiones más valiosas que una persona, como en este caso, un criado, tenía.
Quistiones
¿Por
qué huir a Francia?
La caballería ligera albanesa, también conocidos como estradiotes o capeletes, eran soldados que iban con poca o ninguna armadura; a veces servían con solo cotas de malla y sin celada para protegerse la cabeza. Eran soldados cuyos cometidos eran explorar, hacer guardias y si acaso, hostigar a tropas de infantería o incluso 'picar' en la retaguardia de un escuadroncillo de caballos ligeros, para huir rápidamente. Aunque podían participar en las batallas, normalmente, dispuestos en retaguardia, no se esperaba de ellos que pudieran oponerse a soldados armados con arneses de tres cuartos – hasta la rodillas – como iban los caballos ligeros italianos o españoles.
Para la mayor parte de las personas extranjeras lo habitual era, no solo no adoptar las modas de vestimenta locales, sino hacer gala de las propias de su nación. Para los soldados, lo mismo: uno no adoptaba galas de labriego siendo soldado. Para dos soldados de caballería albaneses haber caminado por tierras del imperio vestidos con las ropas propias de un soldado albanés, era haber ido llamando la atención a cada paso. Y aunque la comunicación era lenta, y entre enviar y recibir mensajes, los albaneses podían haber llegado a su tierra sin que de ninguna ciudad libre o imperial se hubiera recibido en el ejército notificación de su paso, la probabilidad de que alguien les hubiera retenido, y pedido información e incluso documentación escrita de que habían sido licenciados por el ejército era alta, pues un oficial cualquiera de cualquier villa podía retenerlos. Evidentemente, un correo profesional podía hacer en sus jornadas 120 quilómetros a la posta, esto es, cambiando de montura en emplazamientos habilitados para ellos, pero es poco probable que se hiciera tal esfuerzo por un crimen tan bajo.
Marchando a Francia, los dos albaneses, además
de que podían escapar a la jurisdicción imperial, que
abarcaba, en teoría, todas las tierras al norte y este de Cambrai, se hallarían en tierras del
rey Francisco I, a la sazón enemigo del Emperador con el que se combatía en Luxemburgo y otras tierras de frontera. Los albaneses, que eran mercenarios, podrían
encontrar entre las huestes de Francisco I un capitán de su nación al que servir, o sino, en una compañía de
estradiotes griegos o incluso croatas, donde serían bienvenidos por sus habilidades militares equiparables a las de los croatas y griegos. Por otro lado, desertar para huir de la
justicia y pasarse al servicio enemigo era algo relativamente
habitual en la época, y los desertores solían ser bien acogidos porque eran ganancia para el propio ejército y merma para el contrario.
Es
probable que en Francia incluso les admitieran en otro servicio, en alguna compañía de
caballos ligeros italianos, si estaban convenientemente armados, o si se
armaban a la ligera, no como estradiotes, sino como celadas o lanzas, adquiriendo material - armaduras de tres cuartos, lanzas de ristre, celada, etc - con el dinero robado.
¿Por
qué no fue Van De Scuren escoltado a Valenciennes?
Con
una pequeña escolta, de 4 caballos ligeros – en la que no hubieran estado estos tres albaneses,
claro – Van De Scuren podía haber hecho el camino de ida y vuelta en dos
jornadas yendo al paso, y haber regresado a Cambresis con vida para seguir distribuyendo vino de la munición del rey sirviendo a su amo Brunnink.
Sin
embargo, vemos que muchos correos del rey - oficiales de cierto rango, pues los despachos reales eran algo de suma importancia - a los cuales se les
encargaba el transporte de importantes sumas de dinero, incluso de
varios miles de escudos, cantidades para pagar a varias compañías o incluso dar un
socorro a un tercio entero, se desplazaban por territorio amigo sin escoltas.
 |
Pequeñas escoltas de imponentes hombres de armas, parece que solo se reservaban para grandes cantidades de dinero, y eso, si se temía la presencia de enemigos. Hombres de armas españoles pasando revista en Barcelona, año de 1535 |
En otra apunte de este legajo, vemos, por ejemplo, que Jofre de Goycolea, correo real, fue escoltado por 12 hombres de armas de Mosieur de 'Beltangle', cuando llevaba 4000 escudos – 13,52 kgs de oro - a Metz, 'por recelo de franceses' el 11 y 12 de mayo de 1544.
Pero
ojo, a estos hombres de armas hubo que pagarles por sus jornadas.
Los
correos y otros muchos oficiales del rey no tenían un sueldo fijado al mes: se les pagaba a
tanto la jornada, o a tanto por la tarea encomendada.
Esta escolta de 12 hombres de armas incrementaría los gastos del transporte de dinero realizado por el correo, pero en el caso dicho parece
que fue Juan de Argarayn, comisario del ejército, quien decidió ordenar la
escolta. Por dos días de escolta, estos hombres de armas percibirían un escudo por cabeza, lo cual excedía
con mucho a su sueldo, de 12 florines al mes en caso de hombres de
armas alemanes [8 escudos y 1/3 al mes], sueldo que seguían gozando, y que sería librado por el pagador del ejército. O sea, que una escolta de 12 hombres de armas costaría 12 escudos, una suma nimia, para proteger 4000 escudos del rey y conducirlos en salvaguarda.
Si
a un correo del rey se le oponían ciertas dificultades burocráticas
para el transporte de dinero y sobrecostes, ¿qué problemas no se
encontraría un criado de un tenedor del vino? ¿Y quién pagaría la
escolta? Pues, probablemente, de haberla necesitado, su amo Quintin Brunink. Podemos pensar que o ni se pensó en la posibilidad, o se descartó por evitar los costes asociados a ella, que podían ser, como digo de apenas 4 escudos por dos jornadas pagando a 4 caballos ligeros.
En todo caso,
la mayoría de ejemplos de transporte de dinero de sumas medianas y
grandes se hacían sin escolta, o no consta que la hubiera.
¿Por
qué, teniendo una parte no menor del ejército imperial alojado en
Cambrai, no había oficiales del sueldo a los que entregarles la
suma en dicha plaza?
En la época los ejércitos tenían pocos oficiales militares, y muchos menos oficiales del sueldo u oficiales que hoy diríamos de logística, como eran los comisarios y furrieles. Las funciones administrativas las ejercían unas pocas personas asistidas por secretarios y escribanos, siendo las atribuciones de cada oficial bastante claras, aunque no tanto como a finales del siglo XVI con un ejército permanente, como se puede ver en Flandes [1].
El ejército de Flandes en 1543 disponía de un contador, Iñigo de Peralta, encargado de emitir y registrar las libranzas, un veedor, Sancho Bravo de Lagunas, que ratificaría las cuentas, y un pagador, Gonzalo de Molina, que haría efectivas las libranzas.
Después, esa estructura se podía replicar en cada arma: infantería, caballería y artillería. Y también cada tercio, por ejemplo, podía disponer de su contador. También podían designarse comisarios, que tendrían funciones tales como realizar las muestras. En el caso de la infantería española era Gutierre de Cetina, el célebre poeta.
Así pues, en Cambresis se encontraría el contador del tercio de Luis Pérez Vargas y en Cambrai los oficiales del sueldo de la coronelía alemana, pero, por lo que parece, ningún oficial que tuviera mano en los cargos del vino de munición. El resto de oficiales mayores del sueldo es probable que estuvieran cerca de la persona del capitán general, Fernando Gonzaga, o en su defecto, con el Emperador, y acaso ambos coincidieron en Valenciennes, en la provincia de Hainaut, donde sabemos que Carlos V estuvo entre el jueves 15 y el lunes 19 de noviembre.
Como fuese, esta estructura centralizada y algo rígida, hacía necesario el desplazamiento de correos y otros oficiales reales, transitando por caminos con cuantías de dinero no menores, hasta de varios quilos de oro, para poder pagar a las distintas unidades acantonadas en plazas diversas, o poder hacer pagos para adquirir mercancías básicas como el grano con que hacer el pan.
¿Por
qué los oficiales no quisieron admitir la cuenta de Quintin Brunink?
Como
vemos, tuvo que ser el rey Carlos quien le hizo la merced de dar por
perdido el dinero robado por los tres soldados albaneses. Los puntillosos Mendoza y Romaní no quisieron
hacerlo, incluso con el supuesto del asesinato de quien portaba los
doscientos cincuenta y cuatro escudos y el ajusticiamiento del albanés que confirmaría toda la historia.
Los oficiales del sueldo, pues, le apretaron las tuercas a Brunink negándole la admisión de la cuenta: o sea, que Brunink debía aportar el dinero que 'había perdido', aunque hubiera pruebas del robo violento por parte de tropas que servían al Emperador. Brunink, claro, protestó y reclamó, y hubo de ser el Emperador quien concediera la gracia de perdonarle la deuda, eso sí, año y medio más tarde.
Las
personas a las que el rey encomendaba su hacienda y posesiones debían
responder hasta las últimas consecuencias. Y evidentemente, cuando
más abajo se estuviera en el escalafón, más riesgos se corría de
que la exigencia se transformara en intransigencia, y viceversa, la
indulgencia podía pasar a ser manga ancha si el cargo y la persona que lo ejercía era de alta cuna o de reconocido prestigio:
El embajador veneciano
Alvise Mocenigo explicó que alguien le había hablado al Emperador
del latrocinio llevado a cabo por Juan Jacobo de Medici, marqués de Marignan, capitán general de la artillería en esta
campaña, en la cual se estimó gestionaba unos sesenta o setenta mil escudos al
mes. Interpelado, el Emperador respondió: 'Yo conozco bien la naturaleza
del marqués, y aún así, con aquel defecto, me place" [2].
¿Qué
suponían dos cientos cincuenta y cuatro escudos a repartir entre
tres albaneses?
Pues ochenta y cuatro escudos y un tercio por albanés [3].
Un
soldado de caballería ligera italiana ganaba en 1543 seis escudos y
medio al mes; quizá los caballos albaneses algo menos, pero no mucho menos, porque un soldado de infantería ganaba 3 no siendo arcabucero ni coselete, y el mantenimiento del caballo no era un coste menor. Los caballos que estaban a cargo del barrachel de campaña del tercio, por ejemplo, cobraban 5 escudos al mes, haciendo funciones de policía militar.
La cuestión es que los tres albaneses mataron al pobre VandeScuren por el sueldo de poco más de un año. Una
buena presa, tampoco para retirarse, pero más de lo que ahorrarían
durante toda una campaña, y desde luego, un buen botín en caso de haber tomado una ciudad por asalto, en una época en que amplios sectores de la población no tenían ahorros en metálico.
Según
se mire, un botín por el que no valía la pena matar, ni arriesgarse
a morir en la horca, o una pequeña fortuna.
Quizá,
simplemente, como dijo el duque de Alba, había hombres que habían
nacido para el remo – para ser condenados a galeras – o para la
horca.
Conclusión
Las estructuras administrativas de los ejércitos imperiales eran imperfectas e infradotadas, pero muy meticulosas en lo que a control económico se refiere. La razón más plausible de porque todos los oficiales mayores del sueldo y gran parte de los menores eran españoles, reside en la tradición administrativa heredada de los Reyes Católicos, cuyas armadas y ejércitos de ultramar - las campañas del Gran Capitán - sentaron las bases de una administración moderna. Moderna, respecto a la edad medieval, claro, y sin parangón en otras tierras imperiales, con experiencia en la organización de ejércitos multinacionales, como se pudo ver en las jornadas de Túnez [1535] y Argel [1541], o en la practica diaria de los ejércitos de Italia, fundamentalmente, del de Lombardía.
Aún así, sabemos perfectamente que se cometían fraudes y robos a la hacienda real, desde los capitanes de las compañías a los capitanes generales de las distintas armas, pasando, inevitablemente, por todos los oficiales del sueldo, cuya connivencia, interesada, era imprescindible para escamotear el dinero de las arcas reales.
Al final, cuando años más tarde el contador mayor de cuentas del reino ratificaba que las cuentas eran buenas, era porque los números cuadraban. Si las dos mil cuartas de trigo que se compraron en Nancy costaron, efectivamente, 1000 escudos o el comisario pagó 900 y se repartió la diferencia con el Bailyo de la ciudad, que le firmó un papel que sostenía que efectivamente habían costado 1000, es algo que nadie podía saber. Lo que contaba era el papel.
El papel, como se suele decir, lo aguanta todo. Y si no había papel que lo justificase, es que había malversación. En todo caso, no todo se decidía con la "celeridad" de este caso. Al contador Francisco de Pantoja se le otorgó otra merced real el 16 de agosto de 1564, dando por recibido y pasado en cuenta un alcance no liquidado de 67 escudos y 1/2 por la compra de ganado en el dicho ejército de Flandes ese mismo año de... 1543.
Por otra parte, poner tales cantidades de dinero ante la vista de un grupo de hombres, profesionales de la violencia, en muchas ocasiones, sin muchos escrúpulos, y ávidos del oro y la plata que era, para bastantes, la única motivación para servir, podía, efectivamente, espolear aquella violencia por la que se les contrataba, pero, en sentido adverso. Si estaba bien robar, asesinar y saquear al adversario, ¿quién decía que hacerlo con los propios estaba mal, quién marcaba el límite de lo bueno y lo malo?
Pues el rey, claro.
Vemos que el maestre de campo Luis Pérez de Vargas es, en Cambrai, la autoridad encargada de hacer las pesquisas y averiguaciones sobre la perdida del dinero, y el encargado de ejecutar la justicia.
Aunque sabemos que en el ejército de 1544, era Sebastian Schertel el preboste general o capitán de justicia con 136 caballos a su orden para imponer la ley y que había dos auditores generales, entre ellos, el español Juan Duarte, cuando el ejército se hallaba disperso, debían ser las estructuras particulares las que tomasen el mando.
Vargas disponía en su tercio de un barrachel, Juan Curi, que con 6 caballos ligeros hacía la función de policía militar. La caballería ligera debería contar con una estructura equivalente, y superior, pero con la dispersión de la hibernada, quizá se hallaba en otro lugar, junto a su capitán general Francisco de Este.
Como sea, parece claro que el albanés apresado no tuvo audiencia - lo que equivaldría a un juicio de hoy - ni se le reservaría otra cosa que justicia sumarísima.
Como sea, una breve noticia administrativa nos aporta mucha información y nos da pie a explicar aspectos menos divulgados de la vida militar.
Notas
[1] Véanse los trabajos de Alicia Esteban Estríngana, especialmente, Guerra y finanzas en los Países Bajos Católicos. De Farnesio a Spínola (1592-1630)].
[2] E questo S°r molto auaro, et ha fama di hauer robbato assai nel carico, che'l ha hauuto dell'artegliaria hauende hauuto gran commodita di farlo, perche la spesa di quella era di 60 in 70m. scudi al mese, et un tratto, che fu detto a Cesare, che'l robbaua, Sua Mta. rispose, lo conosco bene la natura del Marchese, ma esso mi piace anco con quel diffetto.
Relación de Alvise Mocenigo, embajado de Venecia ante el Emperador Carlos V, en 'Dos años en la vida del emperador Carlos V [1546-1547], por Vicente de Cadenas y Vicent
[3] Haciendo una equivalencia, que no está basada en ningún cálculo económico, más allá del sueldo de un mes, pero que a mí, me ha servido para hacerme una idea, equivaliendo un maravedí a un euro actual, 1 escudo de 350 mrs. serían 350€. Y por lo tanto, un soldado de infantería española o italiana, pica seca, ganando 3 escudos al mes, sería un mileurista: 1050 maravedíes al mes.
Así pues, los 84,5 escudos de la parte del botín podían suponer casi 30.000€.
A peso de oro, los 84,5 escudos eran 285,61 gramos del metal precioso a 3,38 gramos la pieza, oro de 22 quilates. A 45€/gramo, cotización de hoy en día, suponen 12.852,45€.