Capellanes de los tercios

De que los soldados del tercio de Solís vivan con toda religión se tendrá cuidado, y á un teatino que anda con ellos, que me dicen que es hombre de buena vida, he encargado 
que me advierta de lo que yo podré hacer para que se consiga el efecto que se pretende. 
Don Juan de Austria, Andarax, 15 de junio de 1570



La asistencia religiosa en Flandes quedaba ordenada con la existencia de un vicario general en el ejército, que además, se encargaba del hospital de Malinas. En cada tercio debería haber un capellán mayor y dos capellanes ordinarios. Además, en cada compañía un capellán, pero sabemos que las plazas no se cubrían, y en muchas ocasiones eran plazas muertas que iban a parar a manos de los capitanes. 

Francisco de Bobadilla apuntaba en 1585, que en sesenta banderas de infantería española había diez capellanes - cuatro clérigos y seis frailes - y que él, al conducir a 2.195 hombres desde Lombardía en 15 compañías, fue con diez capellanes - entre ellos, frailes dominicos, agustinos y franciscanos -. 
Como remedio para la desatención religiosas del soldado español en el ejército de Flandes proponía que hubiese, al menos, un clérigo por cada dos compañías. 


Según Sancho de Londoño [1568], los capellanes solían ser «idiotas y irregulares, como es de creer que lo son los mas de los que acuden a servir por tres escudos». 

El duque de Alba, refutaba, en carta a Felipe II, esa idea, calificándolos de "ydiotas y viciosos" y Francisco de Bobadilla apuntaba a que ganando tres escudos, debían los capitanes sentar a su mesa a los capellanes, esto es, debían darles de comer:

porque de otra manera no podrian bivir, principalmente en Flandes questa todo tan caro que para solo comer pan brot, ques mas negro que lo que aca se usa de centeno, y queso y cerveça, son menester dos reales cada día, y ansi a causa desta carestia los capitanes por evitarse de costas tienen poco cuydado de tener capellanes

El maestre de campo don Francisco de Bobadilla a García de Loaysa, confesor del rey, 9 de julio de 1586 
MSS/5785 Biblioteca Nacional de España


Pero no todos eran como el Padre Acosta, mancebo de 30 años, capellán que no conviene y que además jugaba, o el padre Salcedo, de 70 años, demasiado viejo para servir y malo para mandar: bueno, virtuoso, muy virtuoso y de buen ejemplo, de buena vida y ejemplo, son epitetos que aparecen en la relación de capellanes del tercio de Bobadilla. 

De estos capellanes sí que podía esperarse que acudiesen a las trincheras a confesar, como así hacían, que estuvieran con los soldados en el combate, para dar asistencia religiosa a los moribundos, o que incluso se pusieran al frente de las tropas para infundir ánimo a los suyos.


Hacia 1580, intentando mejorar su condición, se les dobló la paga, "teniendo consideración que con los tres no se podría sustentar de ordinario". Con este doblado sueldo, se esperaba que la calidad de los capellanes aumentase, pero muchos de ellos, aún gozando de sobrado estipendio, preferían quedarse "a dormir devajo de cubierta y mesa puesta do comer cada dia", que seguir al ejército en campaña durmiendo "al sereno y muchas vezes sobre el codo" y comiendo lo que hallasen en campaña.

Concluía Bobadilla que "de todos los que agora quedan en Flandes ningun predicador ay bueno y de buen exemplo pocos", y proponía que todos los capellanes fueran de una misma orden religiosa, la de los teatinos o clérigos regulares, pues estos tenían eficacia en doctrina, ejemplo en la vida, paciencia para confesar y aconsejar a los soldados y eran hábiles en ganar voluntades. Además, aconsejaba que en cada tercio hubiera doce capellanes, y que estos dependieran, no de los capitanes, sino de los maestres de campo. 

Los capellanes que sí acudían a campaña, tenían dificultades para dar la misa. Puesto que la eucaristía debía realizarse en lugar sagrado, y con excepciones, fuera de estos, pero al menos, en un lugar digno, muchos capellanes obviaban realizar la misa por no disponer de edificios adecuados, o al menos, de tiendas donde hacer el servicio religioso. Es probable que el hecho de que los protestantes celebrasen sus servicios religiosos al aire libre, generase cierta repugnancia a tener que hacer lo propio. 

La solución, que parecía sencilla, no se aplicaba:

"traher en los carros de municion una tienda en que estuviesen con que los soldados sabiendo a donde podrian acudir a oyr misa cada dia la oyrian los mas que por aver falta en esto no solo dias mas meses se pasan sin oyrla"
El maestre de campo don Francisco de Bobadilla a García de Loaysa, confesor del rey, 9 de julio de 1586 
MSS/5785 Biblioteca Nacional de España


Estos capellanes, además de asistir a la tropa en los asuntos divinos, también se ocupaban de redactar testamentos. En muchas ocasiones, ponían como condición ser beneficiarios. 


Aunque, como queda dicho, se establecía que debía haber un capellán por compañía, la calidad de los mismos era puesta en entredicho por las propias autoridades militares, como prueba la carta del secretario Zayas de 1571, valorándolos: 

Yo propuse algunos dias ha á Su Maj. d quesería muy conveniente enviar algunos buenos clérigos que residiesen en los tercios despañoles, y los predicasen y mostrasen á ser cristianos, y los castigasen cuando no lo fuesen, pues como se sabe no hay mas que un chirrichote en cada compañía, que de ordinario es mas ignorante y mas vicioso que los soldados, y este los confiesa y es su cura, que cierto allí habrían de ser otros por el ejemplo, y porque no se pueden aprovechar de los clérigos de la tierra por no entender la lengua [...] pues en efecto están allí siete ó ocho mil españoles sin cabeza ni superior eclesiástico, ni en las cosas de la fée tenga acerca dellos auctoridad ninguna, ni les diga mal haces, si quisieron prevaricar en ellas. 

Capellán liderando el asalto de un torreón en la plaza de Hulst, en 1596, enarbolando un estandarte con la imagen de Cristo crucificado. Tapiz 'Toma de la plaza de Hulst', de la serie de tapices Triunfos del Archiduque Alberto, Patrimonio Nacional. 



Recién puesto el pie en los Estados Bajos, ya realizaba Fray Lorenzo de Villavicencio estos "Advertimientos" a Felipe II, "para la restauración de la religión católica en los Estados de Flándes". 

Enviar la gente de guerra sin predicadores ni confesores es de grande inconviniente , porque no confesando ni oyendo sermones católicos, se hacen demonios, y luteranos y calvinistas, y teniendo los alemanes luteranos y los franceses calvinistas tanto celo de sustentar sus heréticas sectas, que con cada tercio de infantería ó de caballería envían sus predicadores y ministros que les prediquen sus herejías, y administren sus falsas supersticiones que ellos llaman sacramentos; indigna cosa es que la gente de guerra de V. M. no sea también proveída de predicadores y confesores, principalmente que aun después de la obligación divina que hay para hacer esto, es también cosa convinientísima para contener á la gente de guerra en la disciplina militar , y para que no haga tantas disoluciones ni insolencias como se entiende que hacen los Estados Bajos. 


En principio, advertía contra las prédicas heréticas en los regimientos de alemanes, pero advertía contra la propagación de las doctrinas heresiarcas entre los muy católicos soldados españoles, que careciendo de dirección espiritual rígida, podían ser seducidos por estas sectas: 

Y demás desto hay en ello un punto de gran movimiento y consideración, y es, que haciéndose herejes estos soldados ó muchos dellos por falta de doctrina, cuando se vuelven á sus tierras en España, pegan el mal tan contagioso, como es el de las herejías, á otros españoles, y encienden fuegos tan infernales como esta gente suele encender, 

En el Vestalig de alemanes altos, también se reglamentaba en tanto a la religión: 
3 ítem, que cada uno se guarde de blasfemar á Dios y á Nuestra Señora ni á sus Santos, so pena que serán castigados en la vida, sin remisión. 

Evidentemente, para ello, hacía faltan capellanes que conocieran y aplicasen la doctrina católica, verdaderos hijos de la Contrarreforma, y no incultos y viciosos como los que al parecer, eran atraídos por el mundo de la milicia: permitir que celebren, oigan de penitencia, y administren los sacramentos idiotas, e irregulares, como es de creer que lo son los más de los que acuden a servir por tres escudos. tal y como indicaba Sancho de Londoño en su "Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado". 

Aunque no todos los soldados fueran piadosos, y no pocos llevasen una vida desordenada, muchos buscaban la confesión y el perdón por sus pecados durante los días previos o la víspera de una batalla cierta, con la esperanza de no morir en pecado mortal, y la asistencia religiosa era una parte muy importante para las personas de toda condición en aquella época, y tan importante o más que la asistencia sanitaria, se consideraban los últimos sacramentos o extremaunción algo fundamental para el descanso del alma de todo católico, independientemente de la vida que hubiera llevado. 

En no pocas ocasiones, combatiendo contra musulmanes o protestantes, un religioso encabezaba las tropas:

Y hecho esto, se puso un altar en medio del esquadron, y se dixo una misa la qual todos oyeron muy deuotamente / y por hauer avido no sé que palabras algunos capitanes unos con otros se abraçaron todos y se perdonaron / Asimysmo todos los soldados las pendencias q tenian / y de una pica se hizo una cruz + la qual tomo un clerigo para yr delante del esquadron

Jerónimo Ortiz, comisario de la gente de Monestir a Francisco Duarte, 16 de noviembre de 1540 [AGS,E1373.182]

Evidentemente, también, aparte de esos capellanes viciosos, había hombres que, atraídos por sus valores, daban, no solo asistencia religiosa, sino ejemplo de valor. Detalle de la imagen anterior.

Y a veces lo hacía armado como un soldado más:

Y sintiéndolo reziamente mandó a los capitanes y alferezes que con sus vanderas passassen delante a hazer lo que les estava mandado, y él quedó con algunos de sus criados; y cómo las vanderas enparejaron donde don Hernando stava, tomando el mesmo apellido de Sanctiago y llevando por
guía estandarte y vandera aquellas sanctas, benditas, cathólicas y devotas insignias de la cruz con Jesú Cristo crucificado, que delante fray Miguel llevava y tras él frey Alonso vestido de una coraça y celada, y ceñida una spada y una rodela en el braço començaron a ir contra la batería nueva.

Historia de la guerra y presa de África, por Pedro de Salazar



En todo caso, no parece que la plaza de capellán, de uno por compañía, estuviera siempre ocupada, fuera por ignorantes y viciosos, o santos varones criados en el espíritu de la contrarreforma. 

Se prefería a sacerdotes antes que a frailes, pero parece que abundaban más estos, huidos de las estrictas normas de convivencia de los conventos:

Asi mimo conuiene,y es lo mas necesario, para la salud de las animas de los soldados de su compañia, que aya vn Capellan,y que sea clerigo y de buena vida, fama,y abil. 

No fea frayle de ninguna manera , sino traxere licencia de su Perlado, o Superior, porque el tal no puede seruir en dar buena dotrina, si por aus vicios esta fuera de la obediencia , y regla de su conuento, huido, hecho vagabundo, libre ,y sin obediencia, decubren grándes vellaquerias. Por tanto no asientan bien los abitos de frayles inobedientes, entre soldados, sino que sea Clerigo, por no tener beneficio, ni pitança, ni patrimonio en su tierra,con que se sustentar, asiste en la guerra, donde muy bien puede seruir a Dios, si es el que deue. 

Asi conuiene que sea sacerdore de buena dotrina y adminifracion , de que el soldado tiene mas necesidad, tener cabe si el tal Sacerdote, que ningun otro genero de gentes, por traer de ordinario la muerte al ojo y el anima entre los dientes en la guerra.

En ete caso, segun fueren los Maestros, eran los discipulos. El Capitan en cargo de su conciencia, deue procurar, sea virtiuoso y bueno el tal Sacerdote y si tal no fuere, mas vale no le tener, que leera mejor.

Milicia, discurso y regla militar, por Martín de Eguiluz [1595]



Había, desde luego, hombres piadosos, así como clérigos de armas tomar, pero también pendencieros de vida licenciosa:

El governador de Menorca don Francisco Girón de Rebolledo por sus cartas nos ha hecho saber q[ue] algunos clerigos de aq[ue]lla isla biven con mucha disolución y soltura no solamente siendo concubinarios públicos, pero andando de noche armados y desafiandose con los soldados q[ue] residen en guarda de aquella isla y haziendo otros desordenes excessos de mal enxemplo en mucha offença de dios n[uest]ro señor y escandalo de los pueblos y por no ser castigados ni corregidos por la ausencia de su perlado y negligencia de sus officiales y ministros, al dicho governador ha convenido algunas vezes poner las manos en ellos y por solo quitarles las armas y tomar presos algunos dellos y remitirlos a su juez o haver hecho otra cosa a buena intencion por tener en paz y sosiego aq[ue]lla isla el official ecle[siásti]co de mallorcas le a descomulgado, de manera q[ue] a muchos dias que esta sin oir misa ni poder libremente administrar justicia

Del rey al marqués de Aguilar, su embajador en Roma, Toledo 22 de febrero de 1539

Archivo de la Corona de Aragón, Cancillería, Registros 3900Bis


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