Del título de maestre de campo en la década de 1520. Diego García de Paredes, capitán, coronel y maestre de campo en Navarra, año de 1523

En 1523 Diego García de Paredes era capitán, coronel y maestre de campo.

El 23 de mayo de 1523, Álvaro de Noguerol, pagador de las guardas de su majestad, recibía 700.000 maravedíes para «pagar la gente de ynfanteria de que fue coronel Diego Garcia de Paredes, que vino de Navarra». Además de coronel, como era habitual, García de Paredes era capitán de una de las capitanías de infantería de su coronelía. En 1521 Paredes había sido capitán de una de las siete compañías de “infantería nueva” en Navarra. 

Pero además de sus títulos de capitán y coronel, Diego García de Paredes sería «maestre de campo» en 1523. Uno podría pensar que dado que fueron los maestres de campo los que sustituyeron a los coroneles y los tercios a las coronelías, quizá tanto coronel y maestre de campo eran en aquel momento denominaciones ambivalentes que se usaban alternativamente dependiendo del contexto. 

Pero lo cierto es que entonces el título de «maestre de campo» no era equiparable al de coronel, en tanto que el maestre de campo no tenía atribuciones de mando sobre una unidad, aunque pudiera ser, como el caso que nos ocupa, que la persona que ejercía tal cargo tuviera mando sobre tropas porque fuese además capitán de infantería o coronel.

capitán de infantería española liderando sus tropas durante la jornada de Túnez, Jan Cornelisz Vermeyen, KHMWien



El 9 de octubre de 1523, estando Carlos V en Logroño - ciudad donde comió antes de pasar a Los Arcos, donde pernoctó - el rey de España ordenaba que «por que en el dicho exército ay necesidad de algunos Maestros de Campo [...] vos ayan y tengan por uno de nuestros Maestres de Campo del dicho exército». La cédula era clara: Paredes era uno de los maestres de campo del ejército que habría de confrontar a los franceses en la frontera navarra.

Para ejercer su cargo, el capitán general debía poner al servicio de Paredes «diez de cavallo ginetes, de las capitanías de nuestras guardas, y dos alguaziles de los del dicho nuestro exército». Entre las prerrogativas de los maestres de campo estaba la de alojar al ejército, tanto en campaña, como en las marchas, tanto en aposentos de tropas en pueblos y villas, como formando lo que se llamaba un «campo» - también llamado «real» - o sea, lo que hoy llamaríamos campamento. De esta última acepción es probable que le venga el nombre.

El día anterior al nombramiento como maestre de campo, Carlos V ordenaba a los «Capitanes y gente de nuestra infantería que vais a nuestro exército» que obedecieran a Paredes «nuestro maestro de Campo, para que os aposente en el Burguete conforme a su oficio». Las tropas debían llegar hasta Burguete y cumplir la orden de «que os aposentéis allí por medio del dicho Diego García nuestro maestro de Campo».

Anteriormente al nombramiento de Paredes había otros dos maestres de campo del ejército de Navarra: Martín de Chaves, y el comendador Alonso de Santa Cruz. Este último estaba a cargo de una capitanía de infantería con título de capitán compuesta por unos 200 hombres que se hallaba en Pamplona en agosto de 1521, y era mencionado como «maestre del campo».

Por su parte, Martín de Chaves sirvió en el ejército como maestre de campo durante las tomas de Maya y Santisteban de Lerín, según consta en la libranza de su salario el 14 de febrero de 1523. hHabía percibido por el desempeño de su oficio un salario de 50.000 maravedíes al año, igual salario que gozaban los capitanes de infantería. No consta que Chaves fuera capitán en ese momento o que tuviera otro cargo amén del de maestre de campo, aunque había sido capitán de infantería nueva en 1516.

Martín de Chaves fue entre 1521 y 1523 «maestro de canpo del Ex[er]cito deste Reyno de navarra». Entre 1521 y 1522 tenía a cargo «diez honbres de ynfanteria q[ue] traya en su guarda para mejor poder husar su cargo». Esos diez hombres debían «de entrar en el numero delos doss mill ynfantes q ay de numero en la ynfanteria vieja e nueva», pero aún teniendo plaza de infantes, no servían en ninguna compañía, sino que acompañaban como guardia al maestro de campo del ejército. 

En 1523, en cambio, Paredes debía contar con diez jinetes y dos alguaciles, y parece imprescindible para el ejercicio de su cargo que fueran a caballo, quizá porque en el momento en que se le otorgó el cargo el ejército tenía un carácter expedicionario. En cambio, cuando se otorgó el oficio a Chaves, el ejército tenía un carácter marcadamente defensivo: de hecho, un ejército franco-navarro llegó a asediar Logroño en junio de 1521.

Para mejor ver el desempeño en plano defensivo del oficio del maestre de campo, podemos ver el extracto de un memorial de la guardia que se había de tener en la ciudad de Pamplona fechado en octubre de 1521:

«el maestro del campo tenga cargo de saver cada noche como sale la guarda de los sobresalientes a la plaça y que tenga cargo de sacarla · la qual ha de salir vn poco antes q anochezca y no se a de quitar de la plaça hasta que sea el dia claro · v salga el sol si lo vbyere». 

Los sobresalientes eran tropas de refuerzo que debían acudir a los rebatos que se dieran en los diferentes cuarteles - divisiones de la ciudad de Pamplona - por parte del enemigo. En el memorial se indicaba que las sobresalientes eran cuatro capitanías de hombres de armas - incluyendo la del virrey - reforzadas por cinco capitanías de infantería vieja, incluyendo la del coronel Gutierre Quixada, encargadas de «hazer cuerpo con los sobresalientes». De estas nueve capitanías se harían tres partes y a cada una de ellas se les debía dar «vna persona prinçipal que tenga cargo y cuydado de estar en la plaça en medio de la civdad la noche que le cupiere la guarda».

Por la lectura del documento, se ve que el maestre del campo no estaba a cargo de la gente que debía acudir a hacer guardia nocturna en la plaza de Pamplona, sino que simplemente debía cuidarse de que, efectivamente, las tropas cumplían con la misión encomendada, no permitiendo que abandonasen sus puestos antes de que fuera el día claro. 

Lo curioso del caso es que en el primer borrador ese cometido de «saver cada noche como sale la guarda», lo ejercía un sargento, y que avanzado el siglo XVI esta función de supervisar las guardias las haría - según podemos leer en la “Milicia, discurso y regla militar” de Martín de Eguiluz - el sargento mayor del tercio. 

Vemos pues que no hay que dejarse confundir con los nombres, pues lo que sería un maestro de campo en la Italia de 1530 - un oficial al mando de un conjunto de compañías de infantería española agrupadas con el nombre de tercio - era en la España de 1520 otra cosa bien diferente, con una mezcla de atribuciones de lo que serían furrieles mayores y sargentos mayores de los tercios.



Bibliografía

Documentación histórica de Diego García de Paredes, Miguel Muñoz de San Pedro, 1949

"Para la buena guarda e defensyón deste reyno de Navarra", Tomás Sáenz de Haro, 2021

Milicia, discurso, y regla militar, del alferez Martin de Eguiluz Vizcayno, 1592, Cap.VI. Que trata del oficio de Sargento mayor en presidio,como se retire su tercio del exercito. f.41.





La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva

Los procesos de creación de las compañías de infantería española son conocidos. El caso canónico nos situaría en España: un capitán «ordinario» residente en la corte recibe su conducta que le autoriza reclutar una compañía de 300 hombres en algún partido de la geografía española. 

El capitán, con la ayuda de sus oficiales, «hinche» su conducta con soldados «bisoños» en el partido asignado y la «rehinche» durante el camino al puerto. Allí se embarcan rumbo a los ejércitos de Italia o Flandes, o a algún presidio de Berbería o de las islas del Mediterráneo. 

Pero también hay que destacar casos curiosos que son difíciles de concebir teniendo como referente unas fuerzas armadas actuales altamente reguladas y burocratizadas, con procesos establecidos en sinfín de normas impresas. 

Este es el caso de la compañía de Luis de Alcocer, creada en 1535 con ocasión de la jornada en Túnez encabezada por Carlos V contra Barbarroja.

Esta compañía se creó no con reclutas de la Mancha, Jaén o Barcelona, sino con «soldados viejos» que sin licencia se fueron a servir a la guerra por su cuenta y riesgo y contra la voluntad de sus capitanes. 


Conviene replantearse la imagen del soldado de la Edad Moderna como un hombre cuya única motivación era la paga. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras. Los hombres de la época actuaban movidos por una multitud de factores, no siempre de carácter material. Imagen: Soldados de infantería española, pica seca con gorra y pica al hombro, y arcabucero con celada, gola de launas y arcabuz, típicos soldados de la jornada de Túnez. Cartón nº8 de la serie La conquista de Túnez por Jan Cornelisz Vermeyen. KHMWien. 



Póngamonos en situación:

Carlos V ordena la leva de 8.400 hombres en España que debían embarcarse en Málaga, y manda que en los reinos de Sicilia y Nápoles se embarquen 4000 hombres de las compañías de infantería que residen en dichos territorios para acudir a la jornada en tierras norteafricanas.

La infantería de Lombardía quedó excluida de esta convocatoria: al ser territorio de frontera con Francia se pensó que el ducado de Milán no podía quedar desguarnecido, así que los soldados viejos del Milanesado debían permanecer alojados en las tierras del norte de Italia, entre otras cosas porque «no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar» [1].

Evidentemente, la empresa era un secreto a voces: Andrea Doria organizaba su armada en Génova para pasar a Barcelona a recoger a Carlos V y su corte, y en el puerto de La Spezia debían embarcarse 7000 lansquenetes alemanes para servir en la empresa de Berbería.

También en La Spezia se embarcarían coronelías de infantes italianos, como la del genovés Agustín Espínola. Teniendo noticia de tales preparativos, algunos soldados de infantería española de Lombardía sintieron que se perdían una gran jornada, así que se pusieron de acuerdo para irse a la guerra sin licencia.

El obispo Alonso de Sanabria recoge la historia como parece que fue vozpópuli:

«con estas seis compañías [de Nápoles] vinieron quatrocientos españoles de Lombardia / y entre ellos auia algunos q auian sido hombres de cargos. Antonio de Leyua principe de Ascola los persiguio fasta napoles. No llevauan paga al emperador ni tenian q Restituir mas de solo querer venirse sin liçencia del general. De estos quatroçientos hizieron capitan a Alcoçer / arbolo vandera en Cerdeña»

Prudencio de Sandoval, que copia a Sanabria en lo que a la jornada de Túnez se refiere en el libro XXII de su historia de Carlos V, escribe sobre estos hombres: «De estos cuatrocientos escogidos españoles hicieron capitán a Alcocer, un valiente español; arboló bandera en Cerdeña».

Sin duda eran gente escogida, pero nadie los escogió. Todo indica que estos soldados marcharon con la armada de Italia a Túnez buscando lo que se llamaba entonces «guerra viva» escapando del «amolentamiento» de los presidios del ducado de Milán durante un año en que no hubo guerra ni perspectiva de ella.

El relato de Sanabria hace que estos cuatrocientos españoles de Lombardía se embarquen con las compañías de infantería española de Nápoles, y además, los hace llegar al Reino huyendo de Antonio de Leyva, por entonces capitán general del ejército imperial en Lombardía.


Antonio de Leyva llevado en andas - padecía gota - durante la entrada o cabalgata del emperador Carlos V durante su coronación en Bolonia en 1529. Según informaron al emperador, cuando a don Antonio le venía «el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio». Un general siempre de mal humor podía llegar a ser «malquisto» por sus soldados, pero Leyva se preció siempre de empeñar su plata para poder pagarles el sueldo, cosa que granjearía a cambio una cierta lealtad. Grabado coloreado. 


Pero veamos qué sucedió entre Leyva y estos cuatrocientos que se fueron «sin liçencia del general». 

Para eso tenemos un resumen de una carta enviada por Andalot, caballerizo de Carlos V informando a su señor en lo tocante a la organización de la armada para la empresa de Túnez [2] 

«Andalot dize q delos españoles q estan en Lombardia se entresalieron hasta CCCCº Infantes buenos soldados para yrse a embarcar enel armada y q el hablo a Antonio de Leyua como se yuan aquellos y le respondio q pues no q[ue]rian quedar con la otra gente el holgaua q hiziesen lo q quisiesen. Por q aunq por entonces los quisiera detener sy despues tuuieran la misma voluntad de yrse tambien se le fueran y q sise offrecia necessidad de mas gente dela q le quedaua en lugar de aquellos embiaria por alemanes a Tirol y con esto se baxaron a la marina sin capitan ni perssona de cabo / y q el marques del Gasto con quien tuuieron su Intelligencia tuuo manera como los embarcassen en una delas naos del armada y que aun q no se les assento sueldo ninguno para su paga no les faltaron algunos bastimentos para su viuir. y assy los dexo embarcados aunq despues oyo dezir q por q no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar q[ue]rian alos españoles mudar los o repartir los en otras naos o desembarcarlos para q quedassen /»

Vemos pues que estos 400 españoles se marchan del ejército de Lombardía sin licencia, pero que cuestionado su general Antonio de Leyva por el caballerizo Andalot, éste responde que «holgaua q hiziesen lo q quisiesen», porque aunque los retuviera entonces después acabarían yéndose si esa era su voluntad.

El futuro tercio de Lombardía - entonces no tenía esa denominación, sino que se empleaban otras fórmulas para la agrupación, como la infantería ordinaria del estado de Milán, o la infantería que reside en Lombardía - lo integraban por entonces apenas 1.700 hombres en 5 compañías [3], por lo que la pérdida de esos 400 no era baladí, pero vemos que Leyva dice no preocuparle esta marcha sin licencia de tal cantidad de soldados. 

De hecho, en el plano organizativo Antonio de Leyva asume que los va a sustituir fácilmente con alemanes del Tirol. En el plano económico se les debían al menos dos pagas a la infantería española; si se marchaban sería un ahorro para las apretadas cuentas del ejército [4].


Ahora veamos el papel jugado por el marqués del Vasto, que fue capitán general en la jornada de Túnez en la parte terrestre.

Una de las más célebres pinturas que representa a Alfonso de Ávalos o Dávalos, marqués del Vasto, es la «Alocución del marqués del Vasto a sus soldados». En ella, el marqués es retratado junto a su hijo, el cual hubiera estado dispuesto a entregar como rehén a las tropas españolas amotinadas durante el infausto motín de 1538. La relación entre el alto mando y los soldados no siempre estaba en la «Intelligencia», y eran habituales y reiterados los conflictos. Para saber más acerca de este episodio, véase el libro de Idan Sherer, Italia mi ventura. El soldado español en las Guerras de Italia, editado por Desperta Ferro en 2024, al que haremos referencia más adelante.


El marqués del Vasto no sólo no rechaza a estos soldados, de hecho tiene «Intelligencia» con ellos para que se embarquen en el armada, ocupando un lugar en las naos de transporte de tropas donde debían recibir bastimentos embarcados en ellas y destinados a tropas de otras naciones - alemanes e italianos -.

Esto, como comenta Andalot, suponía competir con los alemanes por el espacio en las naos y por los bastimentos que se calculaban a tanto por hombre: «no auia lugar para CCC o CCCCº alemanes q faltauan por embarcar». Competidores de los tudescos por el espacio y los bastimentos, las fuentes documentales, sin embargo, indican que los 400 españoles se embarcan, aunque se reitera que no se les otorga paga alguna. A esto volveremos más adelante.

El 15 de mayo de 1535 se daba a la vela en La Spezia la armada que debía recoger hombres y bastimentos en Nápoles y Sicilia. Gómez Suárez de Figueroa informaba que iban 39 galeras y 50 naves en que iban embarcados la infantería alemana e italiana y «parte de la española», oficializando su participación en la jornada.

Resulta evidente que aunque los soldados iban por su cuenta «sin capitan ni perssona de cabo» esto tan solo pudo producirse  con la aquiesciencia pasiva de Leyva que les dejaba «q hiziesen lo q quisiesen» y la implicación personal de Del Vasto que tuvo «Intelligencia» con ellos. Nadie juzgó a esos hombres por abandonar sus puestos: Leyva no los persiguió y Del Vasto los admitió en la armada. 

Según explica Sanabria, Luis de Alcocer arboló bandera en Cerdeña y se convirtió en capitán de estos cuatrocientos hombres. 

Según Cerezeda esa compañía se formó en La Goleta. 

Según refiere en carta de 7 de octubre de 1535, Francisco Duarte, contador del sueldo y por entonces comisario de la infantería española, al acabar la campaña tunecina «la conpanya de Luys de Alcoçer q es de treziºs ynfantes muy buenos por conducta del marques del gasto [... ] han servido y siruen con las otras vanderas de napoles y no han rescibido mas de sola una paga en dinero y el bastimento q han comido en estos seys meses».

Por Duarte vemos que es el marques del Gasto quién otorga la «conducta», oficializando la formación de la compañía, aunque esta se produjo bien en Cerdeña - habiéndose reunido la armada de Italia con la de Málaga y la de Barcelona, en la cual venía Carlos V - o en la Goleta, ya durante la campaña.

Atendiendo a lo expresado por Duarte, vemos que esos hombres solo recibieron una paga durante la empresa en Berbería y sirvieron básicamente a cambio de los bastimentos que comieron por espacio de seis meses. No se puede apreciar interés pecuniario alguno por ir a Túnez y participar en la jornada, y todo indica que su interés personal se basaba en buscar «guerra viva» plausiblemente, por motivos variados, algunos de orden material y otros de carácter inmaterial. La guerra podía ser una oportunidad para el atesoramiento de riquezas - bienes muebles como tejidos o cautivos capturados como botín, como fue el caso del saqueo de Túnez - la promoción social, o la satisfacción de deseos inmateriales, entre los que debemos incluir la sed de aventuras.

Se puede argumentar también que la vida en Lombardía era cara y que la paga llegaba de manera irregular y los soldados tenían que soportar la carestía sumada la falta de emolumentos, pero también hay que decir que esos soldados vivían y comían a crédito. De hecho, en julio del 34, después de pasar muestra a los 1000 soldados de la infantería española de Lombardía, Antonio de Leyva informa de lo siguiente a Carlos V [AGS,GYM,LEG,6.28]:

«por q le yuan quexas del estado de Monferrato delos soldados hizo hauer informacion en las tierras donde hauian estado alojados y se hallo mucho menos delo que publicauan / saluo enlo del comer que por que les faltauan las pagas se deuia algo en algunas partes y que aquello se tasso como lo quisieron y el les prometio de pagargelo dentro de vn mes quando se les diese otra paga / que el gouernador y los del estado estan muy quexosos pero que no teniendo otra parte donde los tener no se puede hazer mas»

De hecho, las compañías de Lombardía que continuaron sirviendo en Lombardía y en Génova, aunque con retrasos, intermitencias y con pérdida de alguna paga - a la cual renunciaron a cambio de un pronto pago del resto - fueron recibiendo sus sueldos, con lo cual vemos que los soldados que marcharon a Túnez, en lo que se refirere a los emolumentos, no solo no mejoraron su suerte, sino que la empeoraron respecto a los que permanecieron en Lombardía.

Esto nos ofrece una imagen muy alejada del clásico pobre soldado que va a la guerra por necesidad. Aquí vemos a unos soldados buscando poder combatir, siendo la alternativa permanecer en los presidios de Lombardía en un año en el que no hubo guerra abierta con Francia.

Y no era el primero. 

En febrero de 1534, Antonio de Leyva escribía :

«por aca no ay otro movimiento ninguno de guerra todo esta pacifico y quieto ni se haze gente ni se compreende q aya aparato ninguno ny cosa de hecho»

Carta de Antonio de Leyva a Carlos V, 2 de febrero de 1534 [AGS,GYM,LEG,6.4]


Aunque por el momento no se puede sostener documentalmente que parte de los soldados que estaban en Lombardía escogieran marchar a Túnez por considerar la empresa más estimulante que su estancia en el norte de Italia, esta hipótesis se puede incorporar aquí y plantearla como posible factor, sino determinante, sí al menos importante a la hora de que los 400 decidideran dejar sus banderas y embarcarse en La Spezia.
 

«A la guerra me lleva mi necesidad; si tuviera dineros, no fuera, en verdad». Miguel de Cervantes, escritor y poeta, pero también soldado, expresó en boca de uno de los personajes del Quijote un retrato que aún real, era parcial. Si bien el sueldo era una de las principales motivaciones para servir en el ejército - sino la primera - no era la única para permanecer en servicio después de muchos años y haberse convertido el bisoño en soldado viejo. Las posibilidades de regresar a casa, con licencia o sin ella, despedidos y con transporte pagado eran recurrentes, por lo que en la permanencia en el ejército debían pesar otras razones, más allás de las puramente materiales.


También se puede argumentar que los soldados tuvieran por «malquisto» a su general. En una deliciosa carta de Carlos V y la no menos ocurrente respuesta de Leyva, podemos ver algunos elementos de esa supuesta tensión:

De Carlos V a Antonio de Leyva:

«Os aviso de lo que por aqui me informan [...]: dicen me que quando os uiene el accidente de v[uest]ra gota soys tan inpaciente que ni los soldados osan estar en v[uest]ra presencia ni los criados en v[uest]ro seruicio. Yo lo tendre por muy particular que mandeys con amor, sufrays con paciencia y trateys con afabilidad por que es mayor ganacia el ser amado, que si la Artileria se gasta y es menester bronce para repararla»

Respuesta de Leyva a Carlos V:

«La poca cuenta que he tenido de mi persona salud y uida y la mucha que tengo deste cargo con que  V. Magd. me ha cargado ha sido parte que he cobrado la insufrible gota y se me ha agotado mi hazienda, no me pesa delo uno ni de lo otro por el daño q se me sigue sino por no tener con que emplearme enel seruicio de V.Magd. Lo que se decir es que ni mis criados me dexan por insufrible ni mis soldados por mal acondicionado sino los unos como no los pago no me quieren seruir y los otros como [no] les doy sueldo rehusan de me acompañar, en toda Italia no ay nadie que lo atribuya a la gota y mala condicion de Antonio de Leyua sino a la poca moneda que de España pasa. Verdad es que la Artilleria esta gastada pero no me atreuere a reparalla hasta tener pagados los tiradores della y quando mas no hubiere hare que el bronce se conuierta en pan pues desto ay tan poco»


Pero todo indica que Leyva hacía todo lo que estaba en su mano para que las tropas recibieran su paga, incluso recurrir a los empréstitos personales sobre su hacienda personal - el origen de ella sería tema a desarrollar aparte - y además, tenía cierta manga ancha con las exacciones de los soldados a los pobladores, con lo cual los soldados podían, cuanto menos, comer. 

Respecto a marcha sin licencia de estos cuatrocientos hombres, cabe tener en cuenta que lo que hoy sería un caso de desobediencia grave, entonces podía ser visto con otros ojos: dónde hoy algunos pueden llegar a ver a un hatajo de indisciplinados, entonces podían llegar a ver a un grupo de hombres audaces que querían servir a su señor en una campaña. 

Tras Túnez, la compañía de Luis de Alcocer marchó al reino de Nápoles, incorporándose al tercio que se formaría en 1536. En 1536 pasó a la jornada en Provenza sirviendo de nuevo a las órdenes de Carlos V donde estaría reducida a tan solo 127 hombres

Si hacemos caso a Cerezeda - aunque en más de un caso yerra cuando habla de tropas que no eran de su agrupación - Luis de Alcocer hizo otra compañía en 1538, por lo que no es evidente la continuidad de dicha compañía agrupada bajo dicho capitán hasta su participación en la defensa de Castelnuovo en 1539.

Pero en otra relación - en este caso, un documento de AGS,GYM transcrito por Laiglesia fechado en Castelnuovo a 18 de noviembre de 1538 - se indica que la compañía de Alcocer se embarcó en la armada de Levante en el verano de 1538 y quedó para la guarda de Castelnuovo:

«y á las tres conpañias que aqui quedan, de las quatro que vinieron de Lonbardia, que son de Luis de Alcoçer, y Francisco de Silva, y Juan Vizcaíno, se les quedara deviendo en fin deste año un mes y medio de su sueldo, porque estos se enbarcaron en Genova en principios de agosto» 


En todo caso de la génesis de la compañía de Luis de Alcocer podemos extraer conclusiones muy interesantes:

1. La disciplina militar en la temprana Edad Moderna no era, ni mucho menos, prusiana. Los soldados tenían bastante margen de acción a la hora de tomar decisiones que afectaban a su “carrera” militar y a sus condiciones de servicio. Muchos autores - Geoffrey Parker o Idan Sherer, por ejemplo - se han ocupado por extenso de episodios en los cuales los soldados se organizaban para forzar al alto mando a mejorar dichas condiciones: los célebres motines de la infantería española, tanto en Italia durante la primera mitad del XVI [Sherer] como en Flandes para la segunda mitad del XVI y primeras décadas del XVII [Parker]. Pero conviene tener en cuenta otras decisiones unilaterales de los soldados para tener un retrato más completo que la que nos ofrece el soldado amotinado. Este es el caso de soldados que marchaban sin licencia y «salían de sus banderas», pero no para desertar y marchar a sus casas o como protesta por la falta de pagas, sino porque podían considerar que una campaña les ofrecía unas oportunidades - opciones de saqueo, promoción, aventuras - que sus actuales condiciones de servicio no le podían proporcionar. Aunque sin duda muchos soldados huían de la guerra, otros "huían" de la relativa paz de la guarnición. 

2. El alto mando no tenía demasiada capacidad - y en algunos casos, como parece ser el de Leyva en 1535, ni tan siquiera la intención - de perseguir a hombres por lo que podían considerar poco más que una falta leve. Los motines solían acabar en una negociación y acuerdo entre las partes, y tan solo se podía aplicar un castigo a «los mal culpados» - habitualmente, los «electos» y cancilleres que lideraban dichos motines - resultando la supresión o concialiación de los «alborotos» en una gran inversión de tiempo, energía y recursos humanos. Acometer ese esfuerzo para perseguir a soldados que, al fin y al cabo, lo único que buscaban era servir a su rey de manera más activa, podía ser visto como un derroche.

3. Los soldados tenían capacidad de forzar, o al menos, de influir en las decisiones del alto mando. En este caso, los soldados acuerdan con Del Vasto su embarque en la armada y además logran ser agrupados en una misma compañía bajo el mando de Luis de Alcocer una vez llegados a Cerdeña. Aunque la decisión de ponerlos a todos bajo una capitanía nos pueda parecer consecuente al proceder estos soldados de Lombardía, lo cierto es que había muchas alternativas, como la de repartir a estos cuatrocientos hombres en las disminuidas compañías de infatería española de Nápoles o de Sicilia. Por lo tanto, se les da la oportunidad de servir a todos juntos, lo que parece más bien un premio a su audacia que un castigo a su falta, pues agrupar a soldados que habían sido, a priori, «inobedientes» era justamente lo contrario a la lógica que se seguía en la represión del motín, en la cual desbandar a los amotinados era un objetivo primordial.

4. Conviene replantearse la imagen del pobre soldado del XVI que no tiene donde caerse muerto y que va la guerra porque carece de otra alternativa. Sin duda, cómo saben quiénes han estudiado el reclutamiento de tropas en la época, el dinero era una motivación básica, acaso la más importante, a la hora de decidirse a servir enrolándose en una compañía de nuevo cuño. Pero pasados unos años de servicio, esta motivación para buena parte de los soldados era tan solo una de ellas, y quizá no ya la más importante. Los que tan solo acudían por necesidad al oficio de las armas se marchaban en dos o tres años a sus casas con licencia o sin ella, hastiados de la vida militar. Por contra, los que quedaban demostraban haber hallado en la vida militar no sólo un modus vivendi en su acepción de modo de ganarse la vida en un sentido materal, sino en su acepción más literal, de “modo de vivir” con todo lo que ello implicaba. Aunque la vida militar fuera extremadamente dura - pensemos en el final de los días para parte de estos hombres que nos sirven de base para esta disertación, asediados por el turco en una plaza en los Balcanes sin posibilidad de victoria - para muchos hombres era su vida, la vida que ellos habían elegido, y a la que, por cierto, podían renunciar, como hicieron muchos «soldados viejos» de Nápoles o Sicilia, los cuales acabada la jornada de Túnez regresaron a sus casas en España, siendo reemplazados por «soldados noveles» de la armada de Málaga. 

5. Aunque en principio siempre se minusvaloró al bisoño, y esto en buena medida era así por no ser «pláticos» o «fogueados en la guerra», es muy probable que entre los noveles hubiera mayor proporción de soldados por necesidad y carentes de vocación. Con el paso del tiempo, la gente para la cual la vida militar era insoportable renunciaría a servir, y quedarían tan solo los «soldados viejos», que no eran únicamente veteranos, sino hombres - como razonó por extenso Idan Sherer - con verdadera vocación. Con esto en mente, se pueden explicar lo que supusieron verdaderas pruebas de resistencia “más allá del deber” como la de Castelnuovo en 1539 y también podemos entender porque 400 hombres dejaron sus guarniciones en Lombardía para ir a la guerra, no obteniendo en este cambio ninguna ventaja material aparente.

6. Los eventos de indisciplina militar llevados a cabo por una parte significativa de las tropas son importantes para poder tener un retrato más completo de los hombres que combatían en los ejércitos de la época, pues al fin y al cabo, evidencian de modo bastante claro su sentir respecto a las condiciones de servicio, que se hacían en no pocas ocasiones insoportables. Se ha hecho mucho hincapié en los motines por su alcance, su significación y por el gran número de tropas implicadas, pero si se pretender tener un retrato más completo de dichas tropas también hay que recuperar y estudiar eventos menores y particulares como el que nos ocupa. De forma análoga a la expresión de un sentimiento de aversión contra oficiales «malquistos» o corruptos, la rabia por la falta de paga o el temor ante destinos infaustos, los soldados también expresaban sus preferencias de servicio "saliéndose de las banderas", pero en este caso no era para alterarse, sino para disfrutar de un destino más acorde a sus expectativas. 


Para saber más



Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535]

A través de la correspondencia de Antonio de Leyva con Carlos V del año 1534 [AGS,GYM,LEG,6] y de la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa, embajador en Génova del año 1535 [AGS,EST,1368] podemos realizar una reconstrucción parcial de la organización de la infantería en el estado de Milán para la época previa a la jornada de Túnez.

El 21 de julio de 1534 se toma muestra a la infantería española que residía en el ducado de Milán, resultando que había 1000 hombres, 500 de ellos arcabuceros, y 500 coseletes. Curiosamente, se hallaron en la reseña cuarenta «hombres de diuersas naciones», o sea, soldados que servían en la infantería española pero que no eran naturales de ningún reino de España. Estos soldados extranjeros los mandó despedir Antonio de Leyva, y con el sueldo que les pagaba decidió reclutar 30 caballos; suponemos que caballos ligeros, dado el bajo sueldo.

A los 1000 españoles que pasan muestra se les denomina «ordinarios», evidenciando que eran las tropas que se había decidido sostener en este territorio en una época de relativa paz, o al menos, no de guerra abierta con el principal rival, Francisco I de Francia, con quién se sostenía una tensa calma desde 1529. Cuando se toma la muestra, se les da una paga de tres que les deben.

A estos 1000 españoles se les sumaron cerca de 200 hombres «casados y honbres de bien», que habían acudido para servir al marqués de Saluzzo, a los cuales Antonio de Leyva toma en su servicio y los reparte en las compañías ordinarias, de manera que no «hagan masa» y sirvan a este señor:

«de por aqui de Italia se llegaron despañoles casados y honbres de bien c[erc]a de dozientos honbres y por q el marques de Salucio los [venía] sobornando y so[n]sacando por q no viniesse a hazer massa los repartimos entrestas comp[añí]as»

Antonio de Leyva indica que de estos doscientos hombres casi todos eran arcabuceros, por lo que decidió quitar una parte de arcabuceros y les dio picas, armas no «menos provechosas» que el arcabuz. 

Por último, recibe en el servicio cerca de 500 hombres que habían participado en la defensa de Corón frente al turco. Esto suma unos 1700 hombres.

Todas estas tropas están organizadas en cinco compañías. Para el verano de 1535 conocemos los nombres de cuatro capitanes más, dos de los cuales retienen el título de maestre de campo:

  1. don Jerónimo de Mendoza, maestre de campo y capitán de una de las compañías
  2. don Pedro de Acuña
  3. don Juan de Vargas, maestre de campo y capitán [a 15 de septiembre son 300 hombres que cuestan 1.164 escudos]
  4. Hurtado de Mendoza

Los nombres de estos capitanes los conocemos por la correspondencia del embajador en Génova, pues se fueron rotando durante el verano - a partir de mayo - para guardar esta ciudad estando Andrea Doria ausente por participar en la jornada de Túnez, con la excusa de piratas berberiscos, pero también para evitar «novedades», o sea, para impedir revueltas y alteraciones, bien fueran populares o señoriales. 

En mayo de 1535, cerca de 400 hombres de la infantería española deciden por su cuenta participar en la jornada de Túnez [Véase el artículo La creación de la compañía de Luis de Alcocer. Soldados sin licencia en busca de guerra viva]. Por lo que debieron quedar repartidos entre Lombardía y Génova unos 1300 hombres para el verano de ese año.


Notas

[1] A este respecto hubo disparidad de pareceres. Del Gasto y Andrea Doria consideraron que la infantería de Lombardía sí que podía acudir a «tan Sancta» jornada. Finalmente, de las cinco banderas, dos quedaron acantonadas para la defensa de Génova y las otras tres quedaron en el ducado de Milán, aunque se fueron relevando en la guarda de la capital de la Señoría.

«Al principe de Melfi [Andrea Doria] y al marques del Gasto les parece q seria bien que la Infanteria q esta en lonbardia fuese en este Jornada por ser buena gente y platica y pues no puede venir otra despaña para quedar ensu lugar se podria tomar vn medio q quedase con Antonio de Leyua mill alemanes y las dos vanderas que dize ultimamente dela gente que vino de Coron / y que las otras tres vanderas q tiene a cargo el maestro de campo don Jeronimo de Mendoça fuesen enel armada / no se si Antonio de Leyua lo haura por bien haujendo de quedar aca pues en todas partes paresçe q seran menester /».

Carta de Gómez Suárez de Figueroa, fechada en Génova a diez de marzo de 1535. Archivo General de Simancas, EST,LEG,1368,23-26, 

[2] Fuente: AGS, EST, Leg.1368,36

[3] Cifra estimada al alza a partir de la cantidad consignada para su paga, según aparece en la correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa. En todo caso, ver apartado Las compañías de infantería española en Lombardía [1534-1535].

En 1534 Antonio de Leyva informa que tenía 1000 españoles ordinarios en Lombardía y que había incorporado a parte de la infantería que vino de Corón, que en correspondencia de Gómez Suárez de Figueroa se cifraba en unos 500 hombres [AGS,GYM,LEG,6.2]. 

Es probable que la cifra real de hombres rondará más los 1.400 o 1.500, calculando a una media de 3,88 escudos por soldado, y teniendo en cuenta la carta mencionada en el párrafo anterior. Además, 5 compañías de unos 300 hombres es una cifra más razonable.

[4] Para el tema de la paga, asunto siempre importante en la correspondencia de estado, vénase varias referencias del Archivo General de Simancas, 

AGS, EST,LEG,1368,50, 1535-05-04

Se les pagan dos pagas atrasadas y se les deben dos más que suman 10.700 escudos = a 3 escudos salen 1.783 hombres; a 3,88 escudos salen 1379 hombres. A  Génova se envían las compañías de don Jerónimo de Mendoza y de don Pedro de Acuña, las cuales ha de sufragar Génova con la excusa de Barbarroja. Dicen que vinieron 500 hombres de la empresa de Corón, y que cada vienen más.

AGS, EST,LEG,1368,48, 1535-05-10

Habla de las 5 banderas que están en Lombardía, y se les deben hasta 15 de mayo dos pagas. Jerónimo de Mendoza tiene concertado que perdonen una paga. 

AGS, EST,LEG,1368,57, 1535-05-22

La mitad de la paga de la gente de Lombardía suma 2.675 escudos [la cuarta parte de 10.700]

AGS, EST,LEG,1368,59-60, 1535-06-07

Idem. Pagan una tercera paga. La infantería perdona la cuarta que se le debía. 

AGS, EST,LEG,1368,74, 1535-07-22

5.350 escudos tomados en Sicilia para pagar las 5 banderas de infantería española de la paga de 15 de mayo a 15 de junio. 

AGS, EST,LEG,1368,85, 1535-08-04

1.955 escudos para pagar las dos compañías que están en Génova [651 hombres a 3 escudos] , que son las del maestre de campo Juan de Vargas y la de Hurtado de Mendoza. No halla dinero para las tres banderas que están en Lombardía. 

AGS, EST,LEG,1368,89-90, 1535-09-04

En Génova queda la compañía de Juan de Vargas [en carta de XVIII de septiembre dice que son 300 infantes = y cobran 1.164 escudos según carta de 1 de octubre; 3,88 escudos / infante]. Deudas a las diferentes compañías. 

El saqueo de los mercaderes por parte de los los soldados españoles del ejército imperial durante la jornada de Túnez

Amén de los célebres sacos o saqueos protagonizados por la infantería española en el siglo XVI - el de Prato en 1512, el de Roma en 1527 o el de Amberes en 1576 - se produjeron otros más modestos. 

Hubo uno, además, que tuvo lugar en el propio campo del ejército imperial. 

A primeros de agosto de 1535, con el ejército imperial estando en Rada preparándose para embarcar de regreso a España o a Italia, se dieron órdenes en forma de bando pregonado en el campo imperial para que los vivanderos - llamados entonces mercaderes, tenderos y taberneros - así como las mujeres que seguían el ejército se embarcasen, de manera que quedase por seguridad la gente de guerra los últimos para la embarcación.

En esos días de estancia en Rada se produjo un episodio que otros cronistas resumieron con brevedad: el del saqueo de los «mercaderes» por parte de la infantería española del ejército imperial. 

Martín García Cerezeda, soldado viejo de la infantería de Sicilia, al que copia el cronista real Alonso de Santa Cruz, dice que la orden de saco la dio Carlos V contra un mercader en particular que vendía vino, y el castigo se salió de madre:

«a uno que estaba con una bota de vino por embarcar, se la mandó saquear a los soldados y marineros, y los demas que allí se hallaron meten a saco el vino, y como Su Majestad fuese algo desviado de allí, meten a saco todas las otras boticas que se hallaron no ser embarcadas».

Sin embargo, el licenciado Arcos se prodiga más en detalles y su versión parece más verosímil. Al fin y al cabo, el médico se embarcó con la infantería nueva en la armada de Málaga, conocía a los capitanes e incluso pudo dar en su relato nombres de los protagonistas:


«[...] se mando dar e se dio vando o pregon por todo el Real y en la Goleta que dentro de tres dias primeros siguie[n]tes todos los mercaderes y tauerneros que alli estavan y todas las mugeres se enbarcasen so pena dela vida: porque enbarcados estos se avia de enbarcar toda la gente de guerra. E luego algunas destas gentes se enbarcaron aunque fueron pocos.»


En esta escena de uno de los cartones de Jan Cornelisz Vermeyen sobre la conquista de Túnez, podemos ver en primer plano a un par de personas - una mujer y un joven - guisando en sendos calderos, mientras que los soldados reciben la vianda en sus platos. A la derecha, sobre un barril,  varios soldados se sirven vino en unas vasijas. Al fondo vemos varias tiendas: la de la izquierda expone su mercancía - que no se puede apreciar - mientras la gente del ejército pasea delante de ella. Vemos, pues, una representación somera de la llamada «calle de las tiendas», donde mercaderes, tenderos y taberneros, ofrecían sus productos y servicios, convirtiéndose dicha calle en un espacio de encuentro y socialización.


«Los mercaderes estauan con todo esto ala orilla dela mar hecha vna gran calle de todas las tiendas donde vendian todas quantas cosas quisiesen pedir. Ansi Ropas como joias plata y oro labrado y todas cosas de comer y beuer: tan abundante mente como podian estar en vna ciudad. Y todos estos mercaderes aunque se dio aquel pregon por mandado desu Magestad y otros pregones que cada dia se dauan para que luego se enbarcasen: nolo avian querido hazer ni aun lo ponian por obra. 

E un dia pasando su Magestad por donde aquellos mercaderes estavan: aconpañado de muchos Caualleros que con el yuan: y uiendo alli todavia los mercaderes tan de Reposo: como sino les ovieran mandado quese enbarcasen: les dixo atodos yendo por la calle adelante. Vosotros porque no os enbarcais: Pues que ya os lo an mandado tantas vezes emos destar aqui detenidos tanto tienpo queno nos enbarquemos por v[uest]ra causa: yo os prometo que si mañana a esta ora no os aveis enbarcado que a vosotros os pese dello


Carlos V en Túnez. El emperador, cuya mandíbula prognática le delata, aparece aquí en este cartón con ropa de paseo: capa, sombrero emplumado, jubón y borceguíes para la monta, muy diferente de los otros cartones, donde aparece siempre armado con diversas armas defensivas para el combate.


«Hallaronse presentes a esto por aquella calle algunos soldados e oyeron aquellas palabras que su Magestad dixo: e tuvieron cuenta en ello: y dixeronlo vnos a otros diziendo quesi otro dia aquella ora no es tuviesen enbarcados quelos mandaria saquear. Demanera que supieron esto muchos soldados. Otro dia ala ora que su Magestad avia pasado por alli e les mando que se en barcasen: vinieron alli muchos soldados a comer y beuer y a pasearse por aquella calle de las tiendas: y dos o tres soldados de aquellos començaron a dezir a bozes: saco: saco: saco: e luego todos juntamente començaron a saquear no solamente a los tauerneros que les dauan de comer: mas aun a todos los otros tenderos les tomaron muchas ropas y sedas y dineros y otras mercaderias loque cada vno queria mas presto apañar. Fue tanto el alboroto que huvo e la grita e Rebuelta: que se penso que todo el canpo se Reboluia e se matauan unos a otros.


Una parte importante del botín obtenido en los saqueos de ciudades eran la ropa y los tejidos. De hecho, durante todo el siglo XVI se denominaba a la posesión en bienes muebles de los soldados, y aún de los civiles, con el término genérico «ropa» - aunque incluyera otras posesiones valiosas como la vajilla, denotando que la ropa era un bien valioso y preciado. Túnez era conocido por sus sedas, mejores y más caras que las que se labraban en Granada, así como por sus paños y sus telas de lino de Alejandría. Una parte significativa del botín obtenido en la plaza consistió en estos tejidos. Juan de Cuenca, vecino de Granada, escudero de una compañía de jinetes de Andalucía, tomó junto a cuatro compañeros el siguiente botín: «çinco líos de ropa y dos cofres y vna poca de seda en maço y çiertos pedaçuelos de brocado y vna taçuela de plata». Aunque como el propio Cuenca eran muchos los soldados que se embarcaban con el botín de regreso a casa, otros preferían vender - y en caso de esta abundancia repentina, malvender - lo tomado a quiénes, como los mercaderes, podían transformar o vender los tejidos, y pagar por ellos en dinero sonante inmediatamente. Este intercambio desigual y la ostentación de la abundancia, sumados al rencor que podía haberse producido entre los soldados menos afortunados en el saco de Túnez, pudo provocar la animadversión y codicia de dichos soldados.


A la sazon su Magestad se hallo algo desviado de alli: y acudio luego a gran priesa al mas correr desu cauallo con mucha gente que le seguia e junto conel venia el Marques del Vasto y el alcalde de corte que se dezia Mercado: que todos con el enperador se hallaron. E llegados alli el Marques del Vasto dixo a bozes ahorquenlos. E la gente de pie y otros que yuan con el enperador y con el al[ca]ld[e] Mercado tomaron luego a muchos de aquellos soldados para los ahorcar. E los primeros que ahorcaron de presto fueron dos: el uno dellos ahorcaron de vna entena de vna galeota que estaua a la lengua del agua: y este se dezia Rios soldado viejo y era de la conpañia del capitan Varaez y muy buen soldado. El otro era natural de Caçalla que se dezia Bartolome de Real y a este pusieron en vna horca y era soldado delos nueuos. E su Magestad desque los vido ahorcados le peso mucho e mando que no ahorcasen mas: porque en la verdad el Enperador era muy enemigo deque Castigasen alos soldados de aquella manera y si el los viera antes quelos ahorcaran no lo consintiera en ninguna manera e mando luego que se hiziese informacion de todo loque avian saqueado los soldados: e que todo se numerase entre todos los mercaderes que tanto avia Reçebido de daño cada uno. E que todo sele pagase luego loque a cada uno le avian tomado los soldados con juramento. Fue numerado segun los mercaderes dezian e jurauan que les faltauan a todos mas de diez mill ducados. E su Magestad mando que les diesen ocho mill ducados: e que lo demas perdiesen los mercaderes en pena deno auer hecho libremente loque su Magestad les mando que era en barcarse

De esta escena podemos sacar varios datos interesantes sobre la organización de los ejércitos de la época y la disciplina militar:

1. Los ejércitos tenían lo que se denominaba «seguidores»: estos seguidores podían ser mujeres - como las que se ordena embarcar - mozos o criados de los soldados, y un sinfín de personas de oficios diversos que se ganaban la vida en los ejércitos, como podían ser zapateros, boneteros, espaderos, u otros como «tenderos», «mercaderes» y «taberneros».

2. Los tenderos y mercaderes vendían sus productos a los soldados y demás seguidores del campo - desde prendas de ropa, a velas de sebo o jabón -  y los taberneros, en palabras del licenciado Arcos, daban de comer a los soldados. Aunque los soldados durante esta campaña recibieron bastimentos que les fueron descontados de su sueldo - con una orden similar y un “menú” parecido al de las armadas - y bien los guisaban ellos, sus criados o sus mujeres, parece que también acudían a estos taberneros para que les dieran de comer y de beber. 

3. En el campo o «real» - hoy hablaríamos de campamento - se reservaba una calle para estos mercaderes, tenderos y taberneros: la «calle de las tiendas». En el relato de Arcos queda claro que amén de ir a comer y a beber, los soldados paseaban por esa calle, convirtiéndose pues dicha calle en un espacio de socialización.

4. Aunque los soldados dispusieron de tres días para saquear Túnez, parte de las riquezas habían sido sacadas con anterioridad, y buena parte del botín consistió en cautivos que serían, en muchos casos, malvendidos en el mismo Túnez a personas que los revenderían a su vez en España o Italia. Los mercaderes, por su parte, también estuvieron en disposición de comprar a los soldados mucha ropa, paños de lino y seda tomada en la ciudad. Muchos de los soldados procedían a malvender este botín a quien tuviera dinero para pagarlo y voluntad para comerciarlo, prefiriendo el dinero sonante a productos. En este caso, los mercaderes eran los grandes beneficiados: no arriesgaban sus vidas en la guerra, pero se podían lucrar del botín conseguido por los soldados. Además, debió de haber muchos soldados, sobretodo, de los «noveles», porque quedaron en un principio fuera de Túnez mientras que la infantería vieja asaltaba la plaza, que no conseguirían botín ni cautivo alguno.

5. Como era habitual, las órdenes reales, proclamadas en forma de bando pregonado, no se cumplían a rajatabla. Este incumplimiento provocó la indignación de Carlos V y la consiguiente amenaza: «yo os prometo que si mañana a esta ora no os aveis enbarcado que a vosotros os pese dello». Dicha amenaza fue cogida al vuelo por unos soldados españoles que la tomaron como base para protagonizar el saco al día siguiente.

6. El saqueo lo inician dos o tres soldados, pero parece evidente que ya se habían reunido allí muchos soldados con la intención de saquear a los mercaderes: tan solo hizo falta gritar a viva voz las palabras mágicas: «¡Saco! ¡Saco! ¡Saco!». El licenciado Arcos menciona que se pensó «que todo el canpo se Reboluia e se matauan unos a otros», indicando un temor real, y era que los soldados del ejército imperial, sobretodo, organizados en naciones, se enfrentarán unos a otros.

7. Al alboroto acuden rápidamente tres figuras principales: Carlos V, el marqués del Vasto, y el licenciado Mercado, alcalde de corte y encargado de la justicia militar de una parte del ejército.


Había diversos oficiales de justicia en el ejército: desde el capitán de campaña o barrachel del tercio, al alcalde de corte, pasando por los alguaciles de la armada, había oficiales de justicia particulares y generales. En este caso, el licenciado Mercado de Peñalosa, alcaide de corte, se ocupaba de la justicia sobre los españoles, así como sobre los criados de la casa del rey y los cortesanos. Los oficiales de justicia militar, como los civiles, se identificaban con una vara.


8. El alboroto parece aplacarse rápidamente ante la llegada de estos personajes, que parecen ejecutar la justicia con «la gente de pie y otros que yuan con el enperador», lo que parece una forma de referirse a las guardias alemana y española de Carlos V. Aunque no se menciona el número de participantes en el saqueo, no debieron de ser pocos, y es probable que amén de los alabardazos de las guardias alemanes, y de los golpes de partesana de las guardias españolas, la gente alborotada se viera intimidada por las figuras de autoridad con el propio emperador en persona, y tomaran conciencia de que se le había ido de las manos el negocio, o que lo que les habían dicho sus compañeros que la orden de saqueo era del propio emperador, quizá no era muy certero.

Las guardias a pie acompañaban al emperador y tenían como misión defender su persona, pero también podían intervenir como lo hacían los hombres del capitán de campaña o barrachel, o los hombres de los alguaciles, y actuar como policía militar. Aquí vemos a un guardia español con partesana y rodela, teniendo la rodela pintada las columnas de Hércules, emblema personal de Carlos V.


9. La justicia en este caso es sumarísima pero ejemplarizante: a la orden del marqués del Vasto de «¡ahorquenlos!», solo se ejecuta a dos soldados: uno viejo, aunque de una compañía nueva embarcada en Málaga, y otro soldado nuevo, lo cual indica que parte de los instigadores del saqueo eran de las compañías de «soldados noveles» que vinieron en la armada de Málaga.

10. El licenciado Arcos atribuye piedad al emperador, e indica que se podían haber ahorcado a más soldados sino hubiera sido porque Carlos V «era muy enemigo deque Castigasen alos soldados de aquella manera», pero otras fuentes nos muestran a un Carlos poco remiso al ahorcamiento, e incluso ordenádolo él mismo. Veamos lo que dice Cerezeda de la estancia de Carlos V en Sicilia, tras haber completado exitosamente la jornada de Túnez, como aplica la justicia rigurosamente en dicho reino, aunque sea este caso ejemplo de justicia civil y no militar:

«Ansí se estuvo el Emperador en Palermo, haciendo muy entera justicia, como por ellos le fué pedida; y se hizo tanta cuanta ellos no la habian visto ni pedido: y estando desorejando, cortando manos y cabezas, ahorcando, descuartizando, abrasando por sodomitas, echando en galeras, restituyendo á cada uno en lo suyo, dándoles visorey, persona que amaba la justicia. Despues de haber hecho Su Majestad lo que convenia en el gobierno deste reino, y haber dado cargo de visorey á don Hernando de Gonzaga, da órden á su partida, que fué á los trece de Otubre, un miércoles, pasado el mediodia»

Lo que sí parece evidente, es que el castigo que se prefería debía serl ejemplarizante, y proceder a ejecutar tan solo a, como se solía decir entonces, “los mas culpados”. 

11. A los mercaderes, tenderos y taberneros se les indemniza, pero el emperador les aplica un descuento que implica una sanción por su desobediencia a la hora de embarcarse. 

12. De los 8.400 escudos en que se tasaron los daños sufridos por los mercaderes, se hicieron dos descuentos en las pagas de los soldados: a la infantería vieja de Italia se les descontaron a cada soldado 4 tarines - apenas un tercio de escudo - mientras que a la infantería nueva 1 escudo completo. Este reparto desigual de la sanción mostraría que los que más participaron en el saco fueron los soldados nuevos, quizá por el hecho de verse o sentirse menos agraciados en el precedente saqueo de Túnez.

13. Vemos que la sanción es general, pagando justos por pecadores. En Málaga se embarcaron 8.400 hombres, la infantería vieja que vino de Italia eran unos 3.600 hombres, a los que se sumaron tres compañías de Mallorca y Menorca. En total, unos doce mil hombres, que, evidentemente, no pudieron participar en el saco en su totalidad, pero dado que era en ocasiones complicado ejecutar la justicia individualmente, se resolvió el caso solidariamente con un castigo general.


Apuntar además, como curiosidad, pero también como evidencia de como se trasladaban estos eventos a la posterioridad, el resumen del caso que hizo el cronista real Prudencio de Sandoval, cronista del reinado de Carlos V:

«De Luda se pasó 1.º de agosto a la torre del Agua, donde parte de los soldados tudescos y italianos saquearon los tenderos del real, diciendo que no habían habido nada en Túnez, como los españoles, mas fueron castigados, y el Emperador mandó repartir doce mil ducados, en que se apreció el daño que los mercaderes recibieron».

El cronista, malinterpretando o quizá tergiversando las fuentes que tenía al alcance - cuanto menos, disponía de la crónica de Alonso de Santa Cruz, donde los protagonistas del saco son soldados españoles - hace a los protagonistas del saco a los lansquenetes alemanes y a los soldados italianos.

En todo caso, sí que cabe destacar un apunte del obispo Sandoval: y es que los saqueadores alegan «que no habían habido nada en Túnez», poniendo como excusa el no haberse beneficiado del saco de la ciudad norteafricana.


Para saber más:

1) Túnez 1535. Carlos V contra Barbarroja, Desperta Ferro Historia Moderna, nº74. Febrero 2025

2) Ajusticamiento de un soldado durante la jornada de Túnez en 1535

3) La disciplina en los Tercios a mediados del siglo XVI. Ordenanza para el ejército sobre Metz [1552] Ordenanza para el ejército de Italia [1555]


Bibliografía:

Historia y Conquista de Tunez, por el licenciado Arcos

Tratado de las campañas y otros acontecimientos de los ejércitos del Emperador Carlos V en Italia, Francia, Austria,... (1876) - García Cerezeda, Martín , v2.

Los soldados que conquistaron Túnez para el emperador Carlos V: las tropas de la Armada de Málaga, Rafael Gutiérrez Cruz. Baética: Estudios de Historia Moderna y Contemporánea, nº43, 2023


Imágenes:

Cartones de la serie «La conquista de Túnez», por Jan Cornelisz Vermeyen. KHM Wien.


Combate singular de jinetes andaluces y árabes durante la jornada de Túnez [1535]

Este jinete norteafricano con la rodela embrazada en la zurda - recordemos el espejo en que están los cartones - lleva una lanza en la diestra, y demuestra su habilidad en la monta plegándose sobre su caballo para ofrecer el mínimo blanco a los arcabuceros imperiales. Nótese lo flexionadas que están las piernas y lo corto de los estribos. Cartón de Jan Cornelisz Vermeyen, KHMWien


«Eran tan diestros los alárabes y moros ºen el pelear á caballo, y tenían á los nuestros tan conocida ventaja en el saberse menear, y en sufrir el calor y los otros trabajos de aquella calurosísima tierra, que se conocía bien que viniendo a batalla campal se habia de tener harto trabajo en la Vitoria»

Jornada de Túnez por Gonzalo de Illescas


En los primeros días de la jornada de Túnez se vivieron encuentros singulares entre las tropas de Carlos V y las de Barbarroja. Uno de esos encuentros enfrentó a jinetes de Andalucía con jinetes árabes o moros.

Hallándose uno de los escuadrones de soldados españoles noveles cerca de la torre Cadarvella a cargo del maestre de campo Álvaro de Grado, vinieron moros y turcos a escaramuzar. Aunque los infantes tenían órdenes de no dejar el escuadrón, unos 300 arcabuceros abandonaron el amparo de la formación de picas para adelantarse a escaramuzar con los jinetes. Estos arcabuceros estaban en una ladera «muy en orden» sin que ninguno peligrase, pero hubo seis de ellos que «se metieron tanto en los moros con la codiçia que lleuauan por la ladera arriba» que se llegaron a ver casi cercados, arremetiendo contra ellos moros a caballo.

Estos seis hombres intentaron regresar corriendo al escuadrón ladera abajo, pero dos de ellos quedaron atrasados, siendo perseguidos por dos moros a caballo. 

Viendo esta escena, dos jinetes de Andalucía de la compañía del duque de Medina Sidonia acudieron en su socorro.

Escuadrón de jinetes andaluces durante la jornada de Túnez. Los hombres siguen el estandarte en que aparece el patrón Santiago. Cartón de Jan Cornelisz Vermeyen, KHMWien




Aquí vale la pena copiar a la letra el testimonio del licenciado Arcos, médico que se había embarcado en el armada de Málaga junto a la infantería nueva y los jinetes andaluces:

«Arremetieron los dos ginetes de presto por el recuesto arriba con sus lanças en ristradas a encontrarse con los moros y defender a los dos soldados que no los matasen y matar a los moros si pudiesen. 

Vista por los moros la determinacion delos ginetes y la furia que lleuauan para los encontrar, cada uno dellos bolvio las riendas a su cauallo el vno a la mano yzquierda y el otro ala mano derecha. 

Y esto fue al tienpo que se auian de encontrar. 

E los dos ginetes pasaron por ellos sin poder encontrar con ellos, mas el ginete que yua ala mano derecha Reboluio de presto sobre el un moro e lo tomo cuesta abaxo que yua bueltas las riendas huiendo: e diole por el lado yzquierdo vna lançada quelo paso de vna parte a otra: y el moro caio luego del cauallo en tierra muerto: e luego algu[n]os soldados arremetieron de presto e tomaron el cauallo e despojaron al moro. 

El otro ginete que yua ala mano yzquierda aRemetio sobre el moro que yua a su mano: mas el moro se dio tanta priesa y tan buena maña que se escapo del ginete sin que ningun daño le hiziese: por quel cauallo del christiano no se Reboluio tan presto sobre el moro como el del otro su compañero: y ansi no lo pudo alcançar por que no lo oso seguir por causa que aquella vanda por dondel moro yua huiendo estauan muchos moros que lo defendieran».

Esta escena nos aporta varios datos sobre las tropas de caballería ligera a la jineta:

1. El autor indica que los jinetes andaluces eran del duque de Medina Sidonia. Efectivamente, en Málaga se habían embarcado 101 jinetes de la compañía de dicho duque, que tenía su señorío en tierras de la actual provincia de Cádiz, aunque también tenía otros títulos en la actual provincia de Huelva.


Vemos a tres jinetes andaluces, el de la izquierda lleva las manos desnudas, pero los dos de la derecha llevan guanteletes de launas protegiéndole las manos, la zurda - el cartón está en espejo - gobernando las riendas, y la diestra asiendo la lanza, llamada lanza jineta.


2. El licenciado Arcos comenta que los jinetes andaluces cargaron ladera arriba, por un «recuesto», y aún así iban con «furia», o sea, con velocidad, para «encontrar», o sea, para darles un «encuentro» de lanza a los jinetes moros, y efectivamente, los alcanzan con rápidez. Se puede argumentar que los caballos andaluces estaban descansados - Arcos los sitúa inicialmente parados al lado del escuadrón de infanería - pero también que eran caballos ágiles y suficientemente fuertes para la carrera.


3. El autor indica que los jinetes «enristran» sus lanzas para el «encuentro». La terminología empleada por Arcos no es precisa, aunque sí comprensible: para enristrar hace falta un ristre, una pieza de apoyo volante atornillada al peto del arnés, y los jinetes no llevaban arnés ni ristre, pero se entiende que la lanza estaba en una posición análoga a la de la lanza de armas de la caballería pesada; esto es, con el brazo doblado y el asta de la lanza en el costado derecho bajo la axila, sosteniendo la lanza en una posición más o menos paralela al terreno. Las representaciones que tenemos de los jinetes de la conquista de Orán en 1509 [pintados por Juan de Borgoña hacia 1514] nos representan a los jinetes castellanos con adarga y lanza de mano en la misma posición que combatían los árabes: con la lanza sostenida con el brazo elevado sobre el hombro, pero cargar con esta posición de enristre que declara Arcos era posible, del mismo modo que lo hicieron caballeros medievales en el siglo XII armados con cotas de malla y sin ristre, o lanceros de las guerras napoleónicas vestidos con casacas. 
  • Jinete andaluz durante la jornada de Túnez. Nótese la adarga llevada al brazo, aunque sin embrazar, o sea, sin tenerla en posición defensiva. Aunque no se aprecian otras armas defensivas que la celada emplumada, se podía llevar la coraza bajo la ropa.
4. Los dos jinetes moros esquivan el encuentro «revolviéndose», pasando de largo los jinetes andaluces que cargaban contra ellos, pero al menos uno de los jinetes andaluces es capaz a su vez de «revolver» sobre su trayectoria, y perseguir a su presa a la que alcanza ladera abajo. Vemos una monta muy ágil en las sillas a la jineta de arzones bajos y estribos cortos, en la cual el caballo es capaz de girar completamente casi ipso facto. Un caballo «corsier» o «destrero» que hubiera ido al galope no hubiera sido capaz de ello, ni el hombre de armas montado en silla de arzones altos y estribos largos hubiera sido capaz de gobernar a su montura para que se «revolviera».

5. El jinete moro que es encontrado por el andaluz, «recibe vna lançada quelo paso de vna parte a otra». Amén de que el andaluz tenía la ventaja de ir tras el moro cuesta abajo, buena parte de los jinetes berberiscos solían acudir al combate sin armas defensivas - aunque algún autor refiere la popularidad del «jaco de malla», llevado en secreto bajo la ropa -  por lo cual, la profundidad de la lanzada, aunque impresionante, tampoco es increíble. Cabe tener en cuenta, por comparar, que en otro combate, el marqués de Mondéjar, capitán general de los jinetes de Andalucía, recibió una lanzada que le pasó las corazas un jeme [la distancia entre las puntas del pulgar y el índice]. Aunque en el caso de Mondéjar, la lanza, una lanza corta y no una lanza jineta, fue arrojada, es evidente que si el moro hubiera llevado una coraza o un jaco de malla, aunque quizá no hubiera salvado la vida como la salvó el marqués, no hubiera sido pasado de una parte a otra. 


Este otro jinete norteafricano lleva lanza y adarga, con la adarga protege el costado izquierdo y la diestra maneja la lanza. El caballo es gobernado con los pies, para lo cual, el estribo ha de ser corto para picar los flancos del animal y dirigirlo a voluntad. Evidentemente, tal destreza, tanto de jinete como de caballo, no se adquiere en un día.

6. El armamento del jinete andaluz consistía en esta época de “corazas, mangas de malla, morriones o casquetes, gorjales, faldas y lanzas con sus adargas”. Estaban, por lo tanto, bien protegidos, tanto en torso, como en brazos, como en cuello y cabeza, quedando únicamente sin defender piernas, manos y rostro, aunque en los cartones de Vermeyen podemos ver guanteletes defendiendo las manos de dicho jinetes. Es en esta profusión de armas defensivas en lo que se distingue el jinete andaluz cristiano del norteafricano, pero también en la lanza: no se menciona el uso de lanza arrojadiza por parte de los jinetes andaluces, que parecen combatir siempre con una lanza jineta, apropiada para «encontrar» con ella, pero no para arrojar.


Este jinete moro o alárabe, alancea a dos manos un arcabucero español durante la llamada "batalla en los pozos de Túnez". fechada el 19 de julio de 1535. La lanza era muy larga y flexible: los españoles las llamaban «bimbrantes», y tenían dos hierros teniendo la posibilidad el que la llevaba de herir al perseguidor si la sabía jugar bien.

7. El segundo jinete moro logra huir y ponerse a salvo, porque, según el licenciado Arcos, el caballo del jinete andaluz «no se Reboluio tan presto sobre el moro como el del otro su compañero». Aquí se atribuye la falta al caballo, aunque bien pudiera ser cosa del jinete, pero en todo caso, queda claro que la monta a la jineta debía ser suficientemente ágil como para «revolverse» y cambiar el sentido de la marcha casi de inmediato, porque tanto los jinetes moros como el compañero andaluz que cazó a su oponente, lo pudieron hacer. 


Bibliografía: 

“Historia y conquista de Túnez” por el licenciado Arcos. CAP. XXVIII, f50r [p,53d]

Los soldados que conquistaron Túnez para el emperador Carlos V: las tropas de la Armada de Málaga, Rafael Gutiérrez Cruz. Baética: Estudios de Historia Moderna y Contemporánea, nº43, 2023

Imágenes:

Cartones de la serie “La Conquista de Túnez”, por Jan Cornelisz Vermeyen. KHM,Wien