Castigar con la espada. La disciplina en la época de los tercios

 Escribí esto hace siete años sobre el empleo de las armas blancas o de asta para disciplinar a los soldados de infantería española:

El oficial podía castigar con la espada, la alabarda o la jineta al soldado en el momento de la falta, pero esto no era tanto una pena, como un correctivo, aunque pudiera causar la muerte. 

Esta mala justicia, no obstante, podía ser muy caprichosa. 

Diego Núñez Alba decía que los capitanes, alféreces y sargentos, acuchillaban, daban alabardazos, despeñaban por las murallas, mandaban ahorcar a sus soldados, en fin, los mataban o mancaban, con excusas de disciplina militar, cuando en realidad estaban resolviendo querellas personales, quizá, por ejemplo, porque «marchando le requebraste el amiga por el camino».

Oficial con su alabarda dirigiendo el reembarque de las piezas de artillería empleadas durante el asedio de La Goleta de Túnez en 1535. Jan Cornelisz Vermeyen, KHM Wien


Sancho de Londoño, en su Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar al mejor y antiguo estado, de 1568, indicaba:

«A los inobedientes en las órdenes y escuadrones, guardias y centinelas, deben castigar con las ginetas o bastones, o con las espadas, si la inobediencia o desorden requiere el castigo en fragancia, y si no prender para que por justicia se castiguen. Pero no han de matar, ni mancar de los miembros necesarios al manejo de las armas».

Por lo que se puede interpretar, parece que el capitán puede herir, pero no matar ni dañar seriamente al soldado, dejándolo manco o inútil para el servicio. 

Leyendo la ‘Historia y conquista de Túnez’ del licenciado Arcos, pude ver lo que sigue:

«Y estando alli los esquadrones: las viñas estavan tan cerca deste lugar que podria auer como un tiro de piedra: y los soldados con la gana que tenian de comer huvas y higos: començaron algunos dellos a salir pocos a pocos del esquadron. Y entrauanse en las viñas y trayan vuas y higos y todo lo que auia. Y desta manera salieron unos en pos de otros y fueron tantos los que salieron que casi no quedo la mitad de los soldados en los esquadrones. Como esto vido el capitan Lope de Xexas (que ya les auia mandado muchas vezes que ningun soldado saliese fuera delos esquadrones e que todos estuviesen quedos en pie): viendo que no lo auian querido hazer e que contino no cesauan de salir, echo mano a su espada y fuese en pos de los soldados que yuan fuera del esquadron amenazandolos que se boluiesen a sus esquadrones dandoles algunos de espaldarazos e fue corriendo tras dellos hasta tanto que todos se metieron huiendo del en los esquadrones y estuvieron quedos con mucho conçierto»

Por lo que parece, este capitán Lope de Xexas, que estaba a cargo del arcabucería de la retaguardia de la escolta que se hizo en Túnez para los forrajeros, siendo capitán de la infantería novel que se reclutó en España para la jornada, empleó su espada para aplicar un correctivo a esos soldados que se desmandaban del escuadrón para tomar frutas de las huertas.

Lo curioso del caso es que el capitán usa la espada, pero no la usa como arma de punta o de corte, sino, por lo que se entiende, poniéndola plana, y golpeando con ella en las espaldas de los soldados, dándoles «espaldarazos». De esta manera, se correjía a los soldados con un arma blanca, y por lo tanto, no había infamia al recibir los golpes dado que no procedían de una vara, de un bastón o de un palo - algo que hubiera supuesto una afrenta para el soldado y además, los capitanes no llevaban dichos elementos - y la espada se empleaba sin filo, y por lo tanto, sin herir a los soldados. Pero al mismo tiempo, el oficial tenía la espada en la mano, por si acaso algún soldado le ofrecía resistencia. 

Los oficiales debían ser en lo que toca a la buena disciplina militar, rigurosos, pero tampoco podían ser inclementes, porque ni era su propósito matar o herir a los soldados, ni tampoco se podían permitir acabar siendo «malquistos», porque en el fragor de una batalla, o en la confusión de un asalto, una pelota perdida de arcabuz les podía pasar las espaldas.

Para saber más:

La disciplina en los tercios a mediados del siglo XVI



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