De la fábrica de arcabuces y mosquetes

La producción de armas de fuego manuales tiene un origen eminentemente artesano, el cual se va industrializando - en la medida que podemos considerar industriales los parámetros de producción de la época - y haciéndose público, a medida que la corona deja de descansar tanto en los asentistas - o contratistas - particulares para su proveimiento, optando por que las Reales Armerías pasen a asumir la mayor parte de la producción.

La conformación del cañón en bruto.
Método tradicional
El cañón se conformaba a partir de una plancha de hierro forjado [o hierro dulce]. No era acero, como el que se empleaba para la fábrica de armas blancas, ni hierro colado o de fundición, como el que se empleaba para la fábrica de piezas de artillería más gruesas. Se trataba de un metal con una baja cantidad de carbono, que podía ser trabajado en la forja a base de fragua y martillo.
Tenemos pues un metal de baja resistencia [relativamente frente al acero] pero de gran ductilidad, lo que permitía que fuese manipulado, como decimos, con métodos sencillos de herrería.

Esta plancha de acero era calentada en la fragua y conformada trabajándola a golpe de martillo, naciendo el tubo poco a poco, martillazo a martillazo, alrededor de moldes y barras de acero de distintos diámetros, que eran la base sobre la cual se trabajaba dicha plancha para ir dándole paulatinamente la redondez.

La ejecución última del cañón en bruto, implicaba la unión de la junta longitudinal por caldeo: poniendo el hierro al rojo, y martilleando sobre esta junta teniendo en su ánima una barra de acero, ambas lenguas llegaba a quedar unidas.

La existencia de esta junta a lo largo de todo el cañón, implicaba una debilidad del arma, por donde el arcabuz podía reventar - de hecho reventaban con demasiada frecuencia - teniendo efecto contrario al deseado en un arma: matar a quien estuviera a la culata del cañón en lugar del que estuviera a la boca.

Método "Sánchez de Mirueña"
Juan Sánchez de Mirueña fue un arcabucero que la casa del Cardenal Infante don Fernando hizo traer a Madrid desde Salamanca a principios de la década de 1620. A él se le atribuye un nuevo procedimiento constructivo basado en dos puntos, soslayando el primero la debilidad de la junta, y el segundo, la existencia de dicha junta.

El primer punto al cual nos referimos, es la unión por solape: no se pegaba un borde con otro, sino que se superponían y se trabajaban uno sobre el otro, teniendo por tanto la junta mayor superfície de unión.

El segundo punto, consistía en la ejecución del cañón por partes. Se conformaba el cañón en seis, siete o más segmentos, y estos segmentos se unian - igualmente por caldeo - pero con la posibilidad de que las juntas de cada uno de los distintos tramos que componían el cañón no quedasen alineadas. Aunque este punto supusiese que hubiera mayor cantidad de superfície en junta, lo cierto es que otorgaba mayor resistencia al conjunto, eliminando la débil junta en toda la longitud.

La aparición de este método, no parece implicar el absoluto descarte del método tradicional, así que es de suponer que ambas escuelas coexistirían.

El conformado del ánima
Con un método tan poco refinado como el expuesto, del ir dominando la plancha de hierro hasta darle la forma de tubo a base de fragua y martillo, la superfície interior del cañón acaba ofreciendo un aspecto muy irregular, lo cual incidía de manera directa en su uso: sin un diámetro uniforme, la bala ni siquiera podría llegar fácilmente a la culata, y si se resolviera esto dando mayor calibre al cañón, el trabajo realizado por la explosión de la pólvora actuaría en menor grado sobre la bala, "perdiéndose" los gases por el hueco existente.

El interior del cañón por tanto, debía ser refinado mediante un limado - en algún caso llamado también barrenado. Se ejecutaba con una lima cuadrada, que debía ser pasante: debía actuar en la totalidad del ánima, y no solo en parte. Se recomendaba que el limado se ejecutase de manera manual, pero de esta misma advertencia, entiendo que en ocasiones debía realizarse con métodos mecánicos: accionada la lima con alguna rueda. El trabajo de limado debía ejecutarse sin prisa, obteniendo una limadura de grano muy fino, evitando la aparición de rayaduras.

La comprobación del acabado superfícial interior se realizaba visualmente, tensando una cuerda en el interior del cañón - dividiéndolo en 16 partes y realizando otras tantas comprobaciones - y apreciando la diferencia entre esta cuerda tensada y la superfície real.

El conformado del exterior
Como ya dijimos al hablar del arcabuz, el espesor del cañón era variable en su longitud, siendo más grueso donde se producía la explosión, y más delgado en la boca. La relación entre estos dos diámetros extremos era de entre 2.5 y 3 a 1.

La sección podía ser circular, u ochavada [octogonal] obteniéndose la superfície deseada como en el caso del interior por limado, y como en este caso no era tan fundamental el acabado, se podía ejecutar con métodos mecánicos.

Aunque esto no lo he podido averiguar, o bien la plancha madre era de espesor uniforme, y era limada en su exterior una vez constituida en cañón para obtener la proporción de espesores indicada anteriormente, o ya era de espesor variable antes de conformar el tubo, aunque mi opinión es que el común sería el primer método.

Elementos auxiliares del cañón
Oído
Era necesario barrenar el cañón para obtener la comunicación entre la cazoleta [elemento de la llave] la cual era cebada con la pólvora de ignición, y la recámara del mismo cañón donde se alojaba la carga de pólvora. Este oído se barrenaba próximo a la culata - la parte posterior que cerraba el cañón - a un dedo más o menos de distancia.

Culata
La culata, la pieza que cerraba el cañón en su parte posterior, se conformaba a terraja, o sea ajustada a rosca. Una pieza a modo de "tapón" con una parte delgada del calibre del arma que entraba roscada en la parte posterior del cañón, y una tapa del diámetro exterior del cañón.

Mira y punto de mira.
La mira [en el extermo posterior] y el punto de mira [junto a la boca] eran piezas cuadradas que se unían al cañón por caldeo. El maestro armero debía tener en cuenta la diferencia de diámetros exteriores para alinear ambos elementos, de manera que en cabeza fueran "perfectamente" paralelos al eje del cañón.

Con estos elemenos quedaba conformado el cañón.

Elementos para obtener la pieza final
Era necesario montar este cañón sobre la caja - construida preferentemente de cerezo o nogal - que se dividía en mocho o coz [la parte que llevamos al hombro] y afuste [la parte sobre la que se apoya el cañón en sentido longitudinal].
Esta caja debía tener dos perforaciones: una para la llave - debiéndose ajustarse esta perfectamente, de manera que el oído del cañón y la cazoleta de la llave quedasen vecinos - y otra para el atacador o baqueta, que era el elemento que se empleaba para empujar la bala hasta la recámara y compactar la pólvora en esta.

El guardamonte, que fijado a la caja protegía el disparador de acciones involuntarias, es un invento que surgió con posterioridad a la invención de la llave de mecha.

Control de calidad
Los cañones debían probarse antes de ser entregados. Martínez de Espinar, hablando de arcabuces de caza, proponía una prueba con doble taco embreado ["taco primero" sobre la pólvora y "taco postrero" sobre la bala] pero puede que las calidades requeridas para el armamento de munición fueran menos exigentes - al fin y al cabo, arcabuces y mosquetes en la guerra se emplearon sin taco, y no fue hasta la adopción universal del cartucho de papel, cuando el propio sobrante de papel se llevaba hasta la recámara a modo de taco - y se probara el arcabuz sin taco, aunque eso sí, con mayor cantidad de pólvora que la empleada en su uso habitual.
En lugar de probarlo con una proporción pólvora-bala de 1:2, se probaría con una proporción 2:1 [cuatro veces más que la de uso] con pólvora suministrada especialmente para la prueba - no fuera caso que el asentista aportara pólvora "floja" - y ante la presencia de los oficiales del rey. Aunque cabe imaginar que tal vez el control no fuera tan exhaustivo, y tan sólo se probasen ante los oficiales un tanto por ciento, no obstante los armeros hubieran de realizar la prueba uno a uno.

Ánima lisa
Aunque desde el siglo XVI se conocía la técnica del rayado interior del cañón para aumentar la velocidad [alcance y potencia] del proyectil, tanto su sobrecoste, como sobretodo, sus problemas de uso práctico, hicieron que el común de armas de guerra en esta época fueran de ánima lisa, y no fue hasta el segundo cuarto del siglo XIX cuando se empezaron a emplear fusiles de ánima rayada en los ejércitos europeos.

Este problema de uso radicaba en que las estrías del interior del cañón acumulaban gran cantidad de restos de pólvora, y literalmente al segundo disparo quedaba el arma inutilizada, no entrando la bala cañón adentro sino a golpes de baqueta. Como lo que importaba era la cadencia de tiro, y la fiabilidad del arma [que efectivamente pudieran efectuar el disparo con ella] su aplicación para la milicia no tuvo sentido práctico.
En todo caso, los cañones de ánima lisa sí se aplicaron para arcabuces de caza, y esta aplicación creó una escuela de armeros que con el tiempo pudieron producir piezas para el uso en la guerra. Empleando doble taco de esparto embreado, un arcabuz rayado podía emplearse hasta seis disparos, antes de tener que emplear un rascador y limpiar a fondo, puesto que el taco arrastraba la suciedad - el hollín - hasta la recámara, pero como decimos, esa aplicación no fue militar.
Aunque se refiere algún caso de armas - de pequeño calibre - de gran alcance empleadas en defensa de plazas fuertes, pudieran ser armas de próceres particulares, que acudían a la defensa de los muros de su villa, o que las encomendaban a algún soldado que jugara con ellas.

Problemática
Advertíamos en el hilo del mosquete que en la fábrica de armas daríamos a conocer las incidencias que tenía la naturaleza de estas armas en su aplicación directa en la guerra.
No nos entretendremos ahora en la cadencia de fuego en relación con el sistema de alimentación de las armas de avancarga, o con su ignición, que trataremos cuando hablemos del manejo de arcabuces y mosquetes, sino que nos detendremos únicamente en los problemas derivados de la naturaleza del propio cañón.

Tanto a finales del XVI, como a mediados del XVII, los tratadistas militares advertían que los cañones de arcabuces y mosquetes - por igual - se calentaban de tal manera, que el plomo de las balas se derretía, y que se corría el riesgo de que la pólvora se inflamase espontáneamente, así que no podían ser empleados más de cinco disparos seguidos. Disparos seguidos, con los correspondientes intervalos para su recarga y puesta en servicio, que parece llegaba a los dos minutos.
Todo esto sin contar con que el riesgo de que reventasen - o que se deformasen, arqueándose literalmente sobre su eje - era muy superior en el caso de que el arma se sobrecalentara.

En la artillería se empleaban cueros empapados en vinagre o agua para refrescar las piezas, y lo propio se haría con arcabuces y mosquetes en plazas fuertes, donde había lugar para este procedimiento, pero a campo abierto, esperar era la mejor solución.

Este defecto venía dado por varios motivos:
1) Por material
Primero y fundamentalmente, por el empleo de un hierro forjado, que aunque tenía la ventaja de ser maleable y se podía trabajar a fragua y martillo, se había obtenido a bajas temperaturas, y por tanto, era más susceptible de calentarse, deformarse y quebrarse.
2) Por producción
El proceso de producción, como decíamos, implicaba la existencia de al menos una junta, que imponía una debilidad al arma por la cual era fácil que reventase, más estando caliente.

Amén de estos condicionantes, que incidían sobre la cadencia de fuego, habría que añadir otros que incidían sobre las dimensiones y potencia de las armas:
Los dos anteriormente indicados, hacían adoptar la solución al armero de dar más material al cañón para que fuera más resistente, haciéndolo asimismo más pesado y más difícil de manejar, lo cual tenía una incidencia directa sobre su manejo, y por lo tanto, sobre su cadencia de tiro.
El proceso de producción, implicaba asimismo la aparición de otros defectos:
1) El espesor de los cañones no era totalmente uniforme, no en sentido longitudinal [variabilidad que decíamos era hecha a propósito] sino sección a sección. O sea, en un mismo corte transversal, tendríamos una pared del cañón de espesor variable, siendo por tanto la resistencia del cañón la de su parte más delgada. Este defecto conocido se solventaba igualmente, dando más material al cañón, con lo que teníamos un arma más pesada de lo estrictamente necesario.
2) La irregularidad del interior del cañón, que aunque limado, no era ni mucho menos perfecta, hacía que se dotase al calibre del arma de un viento - una holgura - de manera que el calibre del arma fuera superior entre 18 y 24 partes al calibre de la bala [también en esto incidía la elaboración de la propia bala, que no era una esfera perfecta] para que dicha bala pudiera entrar "cómodamente" por el cañón, y no tener que ser introducida a golpes de baqueta.
Esta holgura, al no emplearse taco, incidía sobre la potencia del arma, pues los gases producidos por la explosión de la pólvora no incidían completamente sobre la bala, sino que se perdían parcialmente por el espacio existente entre la bala y el ánima del cañón.
Un arma - y su respectiva munición - con un calibre más ajustado, tendría más potencia de fuego.

Esto es básicamente lo que puedo decir de la técnica de producción de arcabuces y mosquetes.. Y sobre su manejo, como digo, trataremos en otra parte.
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