Después de Dios, la primera obligación. Un estudio sobre la aplicación de las ordenanzas militares bajo el reinado de Carlos II

6 DE NOVIEMBRE DE 1661-6 DE NOVIEMBRE DE 2010: 349º ANIVERSARIO DE CARLOS II
Esta entrada está motivada por el 349 aniversario del nacimiento del último rey de la casa de Austria en España, en seguimiento de la iniciativa puesta en marcha por el compañero del foro Reinado de Carlos II.

La aplicación de las ordenanzas militares
Marcos de Isaba en el XVI nos dejó un vibrante testimonio de los vicios - no pueden calificarse de otro modo - del por otra parte brillante ejército español de la época. Su "Cuerpo enfermo de la milicia española", no obstante, en comparación con la obra que cimienta este artículo, tiene un valor menos significativo; la denuncia de malas prácticas por parte de la oficialidad, altos cargos y administración del ejército, se produce en el contexto del juicio personal: es únicamente su criterio - acertado creo yo - el que se impone para determinar lo que se hace mal, y son una serie de propuestas fruto de su reflexión las que se proponen como remedio "de todos los males".
Francisco Ventura de la Sala y Abarca, teniente de maestro de campo general, caballero de la orden de Santiago, natural de Jaca, de las montañas del reino de Aragón, nos propone un ejercicio de mayor calado: el análisis de la observancia de las Ordenanzas Militares de 1632, vigentes en el momento de escribir su obra, en 1681.
No estamos tanto hablando de criterios personales los que se sacan a colación, sino del "estricto" cumplimiento o no, de dichas Ordenanzas, artículo a artículo, que se habían promulgado con un espíritu reformador, enfocado a evitar dichas malas prácticas. El propio prefacio de las Ordenanzas nos refiere así su motivación, por "mano" del rey:



Por cuanto la disciplina militar de mis ejércitos ha decaído en todas partes de manera que se hallan sin el grado de estimación que por lo pasado tuvieron [...] y por convenir tanto a mi servicio restaurar lo que se ha relajado con los abusos que se han ido introduciendo [...]

"Después de Dios, la primera obligación", título eufemístico que nos refiere al servicio al rey, nos informa que a pesar de la buena intención, el espíritu reformador de dichas ordenanzas, sin haber quedado completamente aparcado - el autor, "alto" cargo del ejército es ejemplo de que esto no era así - estaba muy lejos de haber conseguido lo propuesto: muchas de las malas prácticas denunciadas que se intentaban corregir, sino todas, proseguían casi cincuenta años después de la promulgación de la norma.
La norma pues, no se aplicaba. Al menos, no universalmente.

El caso de los maestres de campo. Nepotismo frente a profesionalidad.
Fue objeto de la vasta obra de Ventura de la Sala el glosar los 80 artículos de las Ordenanzas, y excede el propósito de esta entrada el analizarla punto a punto - lo que sería poco más que "resumir" dicho trabajo - pero a modo de necesario ejemplo, realizaré tal trabajo con el primer artículo, fundamental sin duda, pues trata del oficio de Maestre de Campo - primer oficial del Tercio - el cual pone en la picota uno de los mayores problemas de esta milicia: el nepotismo y el consiguiente freno a carreras de soldados virtuosos.

Tratando sobre las "calidades con que se han de consultar los Maestros de Campo", el artículo de la Ordenanza seguía un principio generalista antes que concreto: que sean de "mucha práctica y experiencia", que se "hayan probado bien, y tenido buenos sucesos", que no sean "viejos ni enfermos" ni "tan mozos que no tengan prudencia y experiencia", y luego entraba en detalle: "que hayan servido por lo menos, ocho años de capitanes de infantería o de caballos". Sumados a los diez años de servicio que eran necesarios para alcanzar - según la misma ordenanza - el grado de capitán, tenemos una experiencia de casi veinte años en la milicia antes de adquirir el gobierno de un Tercio.
Nos detenemos aquí, porque merece atención la claúsula que acompaña este punto: "y a las personas ilustres, baste haber servido en la guerra ocho años efectivos y ser o haber sido capitanes", entendiéndose por ilustre ser descendiente en cuarto grado [tataranieto] de nobles titulados por línea paterna .
Esto de por sí daba pie a una desigualdad por motivo de cuna, que era norma común en una sociedad estamental y que parece no ser motivo de grandes quejas, pues las diferencias sociales por motivo de nacimiento eran asumidas generalmente.
El problema no era tanto esta distinción entre nobles - o descendientes de nobles - y resto de súbditos, sino que el requisito de experiencia con demasiada frecuencia no se acreditaba: valía tan sólo el nombre y las relaciones con la dirección del ejército - copada por nobles, y por tanto, con cierta tendencias endogámicas - para adquirir una patente de maestre de campo.
Este agravio generaba recelos y resquemores entre "soldados de fortuna", personas que habiendo iniciado su carrera como simples soldados, sin más expediente que su buen ánimo, y siendo personas más capaces, veían usurpadas - o al menos, limitadas - sus legítimas esperanzas de alcanzar este cúlmen de su carrera, por unos competidores desleales: los tantas veces referidos "capitanes por cartas".

Respecto al cumplimiento de esta ordenanza, vale la pena plasmar el juicio del autor:


Es verdad que así lo manda el Rey [...] pero veo que en estos tiempos, no van las provistas de esta suerte, y que no solamente los Grandes Señores, y hijos de Grandes: pero Caballeros particulares salen a seruir con puestos de Maestro de Campo, sin ser de la edad, que pide la Ordenanza, sino más mozos
Como la ordenanza no fija una edad concreta, sino habla de "mozos", y el autor nos refiere que los puestos se concedían a oficiales "más mozos", entendemos que el término "más mozos" nos puede indicar que la persona provista de este cargo no tenía edad suficiente para sumar los años de experiencia requeridos.

El autor, por otro lado, nos ofrece un contrapunto de tiempos pasados, donde los nobles iban a servir a la guerra "cogiendo una pica", como soldados voluntarios [denominados "caballeros particulares"] o sentando plaza sencilla de soldado, y como esa costumbre se ha perdido en su tiempo, yendo a la guerra a gobernar sin haber servido, a mandar sin haber obedecido.

Nos ofrece varios ejemplos contemporáneos: el propio duque de Villahermosa, gobernador en Flandes, "lo conoció" de capitán de caballos, o sea, que entró en el ejército ya con ese cargo, y realizó una carrera fulminante - quizás demasiado - en el ejército. Pero también nos da ejemplos - al menos uno - de lo contrario: Alonso de Torrejón, fue nombrado maestre de campo del Tercio de Lisboa, después de veinte años como soldado [y oficial: "pasado por los puestos de la milicia"] once de capitán, y doce de sargento mayor, un total de cuarenta y tres años de carrera, todos en dicho tercio.

No se cumple en todo caso como debería el requisito de experiencia, y tampoco el de edad y "buena disposición" porque maestres de campo ancianos e impedidos siguen ocupando sus puestos por gozar del sueldo, sin poder padecer las cargas del trabajo. El autor propone una retirada digna a una castellanía.

No entraremos a analizar los inconvenientes de la falta de experiencia de estos mandos, simplemente dejaremos para la reflexión que amén de que el nepotismo fuera ordinario y consentido - más allá del natural y oficializado clasismo - con esta práctica se contravenía lo dispuesto en la propia ordenanza, siendo esto un síntoma claro de la propia debilidad institucional de la monarquía, que no estaba capacitada para aplicar los propios mecanismos desarrollados por ella misma - en este caso las ordenanzas - para hacer más eficiente una herramienta tan fundamental para su estrategia y supervivencia, como era su ejército, por causa de la endogamia en los altos cargos de la administración. La aristocracia pues, era un freno para la meritocracia, y para la mayor eficiencia en la administración pública.

A aquel principio que afirmaba

"Siendo arte la guerra
a cuya cumbre no se vuela
subese poco a poco
y con discurso de tiempo"

se le oponía la triste realidad: había personajes alados que llegaban a la cumbre por caminos por los que no podían transitar "simples soldados". Las malas prácticas en el ejército de Felipe IV, que se pretendieron corregir con la promulgación de las ordenanzas en 1632, seguían casi intactas en el reinado de su hijo, Carlos II, cincuenta años más tarde.
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